Periodismo joven que narra la guerra

Periodismo joven que narra la guerra

Koleia Bungard I Diario de Paz Colombia

Con tan solo 26 años, Norvey Echeverry ha publicado dos libros, uno de crónicas y otro de cuentos. En esta entrevista, conversamos sobre su profesión y sobre las crónicas de su primer libro, un ejercicio narrativo que amplía la mirada sobre el conflicto armado colombiano. 

El periodista Norvey Echeverry Orozco es autor de los libros El brillo de las balas (2020) y Apuntes de madrugada (2022). Nacido en 1997 en el Oriente antioqueño, este joven ha decidido dedicarse de lleno a la escritura y su temprano rigor le ha traído ya dos reconocimientos.

Con su propuesta de libro El brillo de las balas, Norvey ganó la Convocatoria de Estímulos 2020, Unidos por la Cultura, en la modalidad Antioquia de Memoria. Con Apuntes de madrugada recibió la Beca para la publicación de obras inéditas, escritas por menores de 28 años, del Programa Nacional de Estímulos 2022 del Ministerio de Cultura de Colombia. Ambos libros hacen parte del catálogo de la editorial independiente Sílaba Editores.

Para difundir su primer libro, conversé con el autor a finales de 2021. Me atrajo encontrar en estas crónicas una apuesta analítica, crítica, estética y madura, de manera que decidí ahondar en las razones que le llevaron a componerlas.

Un escritor precoz

Norvey terminó de escribir El brillo de las balas cuando tenía 20 años. Vivía en el municipio de La Ceja, Antioquia, y estudiaba comunicación social en la Universidad de Antioquia, sede Sonsón; el libro fue su trabajo de grado. Cuando en nuestra entrevista le pregunté de dónde surgió la idea de escribir las crónicas, me dijo:

“Yo en la universidad era muy precoz, me mantenía escribiendo, me encantaba escribir. Antes de la universidad mi mamá me había regalado una grabadora y mi papá me dio una cámara. Esa grabadora la empecé a usar con mis compañeros del colegio, porque era más bien tímido para salir a la calle y preguntarle a las personas, ¿a ustedes qué les pasó con la guerra? Como ya con ellos había construido confianza, entonces empecé a entrevistarlos”.

Agazapado entre los libros de la biblioteca del pueblo –en donde esquivaba el aburrimiento y el frío–, Norvey comenzó a transcribir unas trece entrevistas: trabajaba desde ya en un libro que había titulado La guerra de los inocentes, las memorias de sus amigos en relación al conflicto.

Este libro está compuesto por cuatro crónicas: «La guerra, Cristian y yo»; «El sonido de las balas»; «Un falso positivo fallido», y «¡Mi mamá no, mi mamá no!». Cada uno es una ventana a las heridas abiertas de la guerra en Colombia.

Pero el impulso paró pronto porque, dice:

“Me di cuenta de que la memoria era muy distorsionada. De ahí solo salvé la historia de Norbey (incluida en el libro El brillo de las balas), que mucha gente piensa que soy yo, pero no, es otro muchacho que se llama como yo, que tiene el mismo nombre y el mismo apellido”.

Escribir la guerra sin haberla vivido

En el prólogo a El brillo de las balas que hace el periodista y profesor César Alzate, él menciona que solo cuando Norvey empezó a estudiar comunicación social – periodismo en la Universidad de Antioquia, supo lo que era el conflicto armado, que antes no sabía que la violencia era un fenómeno que le ocurría a la gente en la vida real. Le pregunté a Norvey si fue la universidad la que lo puso en este camino de escribir sobre el conflicto armado y la violencia.

“En parte sí –dice–, porque yo entré a la universidad en 2016. En ese momento estaba el proceso de paz, y además había ido a un municipio que ha sido muy azotado por la guerra: Sonsón. Yo estaba entre Sonsón y Cauca, tenía planes de irme a Unicauca a estudiar porque allá estaba la carrera que yo quería. Digo que en parte sí porque creo que el que me llevó a esa relación con el conflicto armado fue un profesor del colegio. Yo tenía 14 años. Él siempre llevaba libros y nos leía. Tenía una hora de lectura en La Ceja (Antioquia), en la Institución Educativa La Paz. Un día él se apareció con un libro de Alonso Salazar: No nacimos pa’ semilla, y leyó un capítulo en una hora”. 

Ese capítulo transportó a Norvey a Medellín, a la realidad de otro niño que tenía la misma edad suya y que vendía confites en el norte del Valle de Aburrá. Quedó impactado y comenzó a interesarse por la violencia. 

Cuando llegó a la universidad notó que todos sus compañeros habían tenido que ver con el conflicto armado, todos, sin excepción: “a uno lo habían detenido los paramilitares una noche de domingo porque iba por ahí solo, a otro la escuela le amaneció baleada después de un fin de semana, a otra niña en su momento le tocó ver una balacera y se le quedaron grabados los muertos que vio cerca de su casa, y yo dije: ‘Yo he sido un privilegiado, porque a mí nunca me ha tocado esto’”. 

Norvey confiesa que todos estos casos le generaban tanta curiosidad que hasta le hacían sentir deseos de saber lo que significaba estar en un tiroteo, perder a un familiar o ser desplazado, “porque lo había escuchado mucho en la radio, en la televisión”.

No haber vivido directamente esos hechos no lo excluía, sin embargo, del estar inmerso en una sociedad en conflicto. Cuando terminó de escribir El brillo de las balas, Norvey reflexionó sobre su infancia en un texto y, entonces, se dio cuenta de que muchas de sus memorias de pequeño tenían sombras de la guerra: 

“Ahí recordé que muy cerca de mi casa, como a cuatro cuadras, se estaba llevando a cabo un proceso de desmovilización de los paramilitares, y yo siempre escuchaba hablar por ejemplo de un alias “Gordolindo”, y a veces en las noticias decían: “Gordolindo” y no sé quién más se fueron a los puños. Unos alias con unos nombres todos tiernos, y yo pensaba: ‘Ah, estos dos deben ser unos muñecos muy famosos”, era muy inocente’”. 

En Sonsón también comenzó a ver que llegaban muchos periodistas a cubrir noticias que entonces no sabía que estaban relacionadas justamente con la guerra. A unos trescientos metros de su casa, en un potrero, recuerda que aterrizaban con frecuencia helicópteros que transportaban tropas del ejército y bolsas de comida. 

65 páginas en primera persona

La primera historia de El brillo de las balas se titula “La guerra, Cristian y yo”, es la historia de vida de una maestra y su hijo en algunas escuelas del Oriente antioqueño. El relato llama la atención no solo por la historia de la maestra en sí, sino por la cantidad de detalles y recursos narrativos que usa Norvey para ambientarla: pareciera una composición llana en primera persona, pero las 65 páginas dan cuenta de una elaboración literaria –aunque sin ficción.  

Sobre esto, Norvey comenta que conoció a la protagonista de esta crónica de una manera muy cercana. “Es una persona que me abrió toda su confianza, tanto que yo dije, voy a escucharla. Con ella y con su hijo empecé a viajar por todo el Oriente antioqueño, terminé en El Retiro, en Marinilla, conociendo a buena parte de su familia. Al final, después de unos tres años, puse encima de mi escritorio todo y era mucho, mucho, mucho, entonces dije: ‘esta historia da para una primera persona’”. 

No sabía cómo hacerlo, entonces leyó a García Márquez en Relato de un náufrago, y a Germán Castro Caycedo, en Más allá de la noche: una historia de amor y de guerra, que es la historia de un soldado y una guerrillera que se enamoran, y así se fue dando. 

“Fueron tres años de investigación, de escuchar, de soportar que la gente a veces no quisiera hablar. En esas me las pasé casi todo el pregrado, escuchando a las víctimas”.

Otra Colombia más allá de lo evidente

Gustavo Villegas Hidalgo, campesino y líder comunitario, es el personaje de la segunda crónica. Allí narra su vida y detalla momentos de zozobra por la violencia que se vive en su comunidad. Norbey Orozco Arango, el personaje de la tercera crónica, cuenta sus memorias de infancia en medio del conflicto armado y describe cómo fue que se libró de ser un número más en la macabra estadística del fenómeno conocido como “falsos positivos” . 

La cuarta y última crónica se ocupa de una visión de la guerra en donde no hay combatientes. Hay escenas en donde el personaje está trabajando como raspachín, pero en general el contexto no es rural y se ocupa de la vida de un joven que nace y crece en medio de las drogas, como parte de una familia que vive del microtráfico. “¿Por qué esa historia?”, le pregunté a Norvey. “Las anteriores del libro nos hablan de la escuela, del líder social, del campesino, del desplazado, y de pronto entramos en otro terreno. ¿Cómo encontraste esa historia y por qué pensaste que debía incluirse en este libro?”.

Norvey me cuenta que la crónica surgió cuando encontró al personaje: “un niño con vida de hombre porque a los trece años ya era papá, a los catorce ya tenía una planta de vicio, a los catorce y medio ya disparaba un arma de fuego”. A Norvey le impactó la ausencia de la madre, lo que según él desencadenó su carácter y su deseo de venganza. “Sentí que la historia de él era como la historia de Colombia: un proceso cíclico que se repite y se repite –porque él en este momento está en prisión–, y hay cinco niños por ahí, no he vuelto a averiguar, aunque me da curiosidad saber qué ha sido de la vida de los cinco niños, ¿será que como él ya tienen una plaza de vicio?, ¿será que como él ya han disparado un arma?, ¿será que como él ya son papás?”.

El impacto que generan en el lector las cuatro crónicas de El brillo de las balas es el resultado no solo de la capacidad narrativa del periodista, sino del hecho de que en cada una de las historias el autor mismo ha puesto en juego sus propias emociones. Sobre esta última historia, Norvey comentó:

“Al final [el personaje] me dijo: ‘Yo nunca le había contado esto a nadie y me siento como liviano’, y claro, yo me llevo todas esas historias y las escribo, y entro en una tristeza, me pregunto cómo es posible que yo haya vivido acá y no me haya dado cuenta que, al frente de mi casa, los paramilitares arrastraron cadáveres o cuerpos. Eso fue muy teso, eso me afectó mucho”.

Es claro que este trabajo de inmersión y de acompañamiento a las fuentes sobre las que escribe, le trajo a Norvey un cambio en la percepción de su realidad más cercana. Así comenta lo que sintió durante el proceso de investigación y escritura:

“Cuando me puse a escarbar en archivos judiciales y a oír a la gente, empecé a conocer un montón. Yo ya no veía solo ese árbol, el altar de esa Virgen o ese paradero de buses, sino que veía los catorce disparos en el cuerpo de un hombre, y el hombre desangrado. O no veía la tienda del señor del barrio, sino al señor que mataron los paramilitares por ‘chismoso’».

Un libro dedicado a las víctimas

Norvey dedicó su primer libro a las víctimas del conflicto armado. Le pregunto entonces por qué decidió dedicárselas a ellas.

“Le dediqué el libro a las víctimas más que todo porque yo en esas cuatro historias quería reflejar las historias de muchísimas otras víctimas que a lo mejor se iban a sentir identificadas: con Marta se van a identificar muchos profesores, y con Norbey muchos niños del campo. También con Camilo Andrés, el de la cuarta crónica, se podían identificar los niños de la zona urbana, de lo marginal, y con Gustavo, las madres de los hijos que fueron asesinados por el ejército, por dar resultados”.

Aparte de ello, en un llamado desde el periodismo, Norvey sintió que por mucho tiempo los micrófonos estuvieron disponibles para el gobernador, el alcalde, el comandante del ejército. «Yo sentía la responsabilidad de darle voz a los que no la han tenido, o sí la han tenido pero no han sido escuchados; yo quería sacar la humanidad en esas historias«.

Al terminar de componer estas crónicas, Norvey cuenta que se sintió cansado, desesperanzado, triste. Pensó que era necesario tomar un poco de distancia de estos temas y cuidar su salud mental. Entonces comenzó a escribir cuentos, los que componen su segundo libro, Apuntes de madrugada, publicado en 2022.

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