Abrir páginas a la ausencia. Reseña del libro «Estas palabras mías»

Abrir páginas a la ausencia. Reseña del libro «Estas palabras mías»

19 de marzo de 2024 I Por: Wilfer Alexis Yepes Muñoz I En: Revista Artes y Letras

Estas palabras mías, obra de Carlos Vásquez, es publicada por Sílaba Editores.

Por Wilfer Alexis Yepes Muñoz

Una brevedad sustancial da lugar al hermoso texto de Carlos Vásquez, intitulado Estas palabras mías, y publicado bajo el sello editorial de Sílaba: «Mis sentimientos son flechas afiladas que me hieren. El corazón desea ser herido y los pensamientos quieren estar cansados» (Robert Walser). Con sus púas y sus cenizas, el alma humana se teje con cicatrices, muchas de las cuales dejan correr una sangre extraña que hace gritar a las niñas de sus ojos. En este caso, esas heridas se pueblan de palabras que se saben cansadas y revelan un poco los misterios que nos desbordan, las orillas del libro de nuestros muertos, el cuaderno que reclamamos al final.

Una palabra simple como ‘alumbrar’ corre el telón de este cuaderno con matices biográficos, autobiográficos, epistolares y también ontológicos. Es tan audaz pensar que se puede alumbrar esa otra orilla desde donde se miran quienes llevan en sí los abismos de esa mitad que queda en un nombre con dolor… Hay negación en esa rabia que permea la conciencia de pérdida en unas palabras paradójicamente ‘mías’, que son tuyas, lector de tus muertos, que son nuestras, y ante nuestros tiempos verbales con pieles de fuego. 

En este poemario se reclama a la muerte, se navega en sus aguas; puede percibirse un llanto silencioso, un cúmulo de cartas de las que esperaríamos respuestas quietas, y lo que quedan son los cuartos vacíos, las miradas sonrientes y frías de unas fotos que repiten ese número veintiocho. Entonces, nuestros muertos se pasean en esta ‘situación límite’: «No le está dado al hombre decir adiós, pero hay momentos, instantes de una mirada, despedidas en el aquietamiento».

En estos poemas, que son velas encendidas, escuchamos los ecos de los ahogados, de los dolientes y esa sombra lejana con su pátina y su horizonte nublado. El yo airado de esta sucesión asincrónica deja de reconocer que movemos nuestras cuerdas entre esas dos nadas: la que llevamos cuando el río todavía es transitable y que, en algún tramo, alguien, corazón lívido, se hunde, se apaga con sus palabras: «Vas de cuarto en cuarto llamando, en el roce de tus pestañas se aleja. Los dedos son el agua, mira el arroyo mi niño, algún día mis labios quemarán el rubor de los pétalos». Ciertamente, este libro se va desplegando en medio de un llanto que comienza con la negación y va asumiendo la savia de un dolor que no tiene nombre, porque es su misterio: «Palabras de ojos abiertos, no hay personas, los pedazos están llenos de almas». 

Hay dolores y ausencias que no tienen nombre, decíamos, y este libro necesita cincuenta y tres párrafos separados por el ahogo, quizá por los días durante los cuales alguien quiso callar; le pide prestados sus velos y metáforas a la muerte. Ella cede un poco, es la memoria que carga tus muertos, sus significantes piedades, siempre esenciales. En esas hojas y en sus vacíos el olvido se calienta un poco, escritas las paredes de un vaho espejeante. Se mira la madre en los ojos del hijo, la esfera mira a Carlos, y un bosque profundo se abre.

Una contracción en el lenguaje es lo que ocurre en este libro memorable, palabras que no se sujetan de pasamanos invisibles avanzaron con el misterio del agua. Tal es la semejanza del misterio con el río, que nace de la tierra, se oculta en su amistad con los volcanes, mismidad de los barcos de papel conscientes de que están diseñados para el naufragio, incluso con su deseo de trazar un cauce en el paisaje apagado, incapaces como están escritas, de una analogía clara. 

Entramados de lodo, hoy y siempre sus dedos huelen a madera, Camilo circundante, todos te miran en los tiempos verbales de este patio de piedras: «En una vida cabe solo media persona», y las vidas a medias que se unen con lazos de ahogado, con anclas. El texto se desarrolla como una conversación en voz baja, lacrimosa… veo a su madre cargando la esfera: ¡Se parece tanto a la Pietà de Miguel Ángel!, carga al hijo que no puede ver, corazón nublado, pensamiento cansado ante la muerte, se inclina extrañada… No consigue tocar su gesto perdido, carga su pesada y fría faz. Y esa esfera es, al mismo tiempo, el vientre que se sabe arrancado, raspado con violencia y de cara a un espejo roto, pero erguido. Esa mirada desolada gobierna el sentimiento de rabia, el reclamo sin pregunta que llueve y se deshace en este poemario.

Este libro despierta ante un nombre dormido y lo que queda es una esfera, esas palabras ‘mías’ que narran el ‘nosotros vamos’, uno a uno, y con la memoria, son el pasado que comprende el esencial y diminuto recostarse, muriendo de sí mismo. Siento que logró sacarle unas palabras a la muerte con su tono irascible; percibo un tiempo transfigurado en sus orillas y sus meandros: «No intentes decirlo otra vez, mi amado amigo que de la muerte comprendes, no en vano estás ido, revocable viajero de las estaciones menos una, la quinta estación de los recios anhelos. (…) Tengo en mis manos mi cuaderno, qué hiciste tú con el tuyo». 

El hilo y el hijo son palabras tan parecidas, hay que cortar las pequeñas muertes que se van multiplicando con sus ramajes insólitos y, finalmente, las tijeras afiladas despiertan las alas entumecidas y sus plumas como una brisa del Sur, escriben como si te vieran. Es imposible que no se nublen los ojos al leerlo. Me han dicho que la muerte es un viaje, el que se va de sus huellas y nosotros con su ausencia. Se muere tantas veces, se renace en un párrafo, una carta… Leer es también llorar, dar color al dolor, prestarle las flores que convidan con sus pétalos marchitos esa levedad que se sabe hija de Cronos. ¿Y qué es el dolor en este libro, sino la inmersión en palabras que se sienten propias y no son de nadie?

Que, al abrazar, oler y habitar Estas palabras mías, todo lector beba de esa savia y esa ausencia de la que todos estamos hechos.


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