Por: Magdalena Perkowska
Hunter College y The Graduate Center de la City University of New York, EE.UU.
mperkows@hunter.cuny.edu
Resumen: Esta reseña examina el libro más reciente de Emanuela Jossa, Desordenar la casa. Habitar en los cuentos latinoamericanos del siglo XXI (2024). A partir de un aparato teórico-conceptual centrado en las nociones de síntoma, la patología y el espacio, la autora recorre la configuración del espacio doméstico en un extenso corpus de cuarenta y cuatro cuentos latinoamericanos publicados desde el comienzo de los 2000 hasta el presente. Al analizar la “morfología literaria de la casa” (15), Jossa detecta la fragmentación del espacio doméstico en una serie de piezas. La autora lee esta fragmentación sintomáticamente, como visibilización de las patologías, fisuras y flujos centrífugos en los marcos familiares, sociales y políticos del sistema actual. El cuestionamiento de las formas de habitar lleva a un deshabitar que más que el abandono o la desestructuración del hogar, significa en la propuesta de Jossa devenires que interrumpen la lógica capitalista y antropocéntrica.
Palabras clave: Emanuela Jossa, cuentística latinoamericana, espacio doméstico, síntoma, patología, habitar, deshabitar.
Abstract: This review examines Emanuela Jossa’s most recent book, Desordenar la casa. Habitar en los cuentos latinoamericanos del siglo XXI. Drawing on a theoretical–conceptual framework centered on the notions of symptom, pathology, and space, the author traces the configuration of domestic space across an extensive corpus of forty-four Latin American short stories published from the early 2000s to the present. Through an analysis of the “literary morphology of the house” (15), Jossa identifies the fragmentation of domestic space into a series of discrete rooms. The author reads this fragmentation symptomatically, as a means of rendering visible the pathologies, fissures, and centrifugal flows operating within the familial, social, and political frameworks of the contemporary system. This questioning of modes of dwelling leads to a form of un-dwelling that, rather than signifying the abandonment or dismantling of the home, points in Jossa’s proposal to becomings that interrupt capitalist and anthropocentric logics.
Keywords: Emanuela Jossa, Latin American Short Stories, Domestic Space, Symptom, Pathology, To inhabit, To “un-inhabit”.
Recibido: diciembre de 2025; aceptado: diciembre de 2025.
Desde la medicina y la biología, hasta el psicoanálisis, la psicología, la sociología y la filosofía, para todas estas disciplinas el síntoma es una manifestación que hace visible lo que es o se pretende que sea/permanezca invisible. El filósofo argentino Diego Sztulwark lo define como “un signo que hace visible una inadecuación de la vida a la realidad” (47) y “todo lo que no [cuaja] con las verdades de [la] sabiduría del buen vivir” (73). Para Slavoj Žižek, el síntoma es “the point at which it becomes obvious that society ‘doesn’t work’, that the social mechanism ‘creaks’” (127-128). En consonancia con el esloveno, el psicoanalista argentino Jorge Alemán transpone el concepto a la ideología y la crítica del neoliberalismo designando con este término “lo que ‘no marcha’ en el camino del Amo neoliberal” (Alemán citado en Forster 290). Sea material-físico (biológico), afectivo-psicológico o sociológico, el síntoma visibiliza un contenido reprimido o rechazado que amenaza con quebrar la supuesta coherencia ontológica del sujeto moderno o la imaginada, pero presunta real, consistencia de doctrinas ideológicas sobre la base de las cuales se construyen relaciones sociales y políticas.
El síntoma es el eje teórico-conceptual del notable estudio reciente de la profesora e investigadora italiana Emanuela Jossa: Desordenar la casa. Habitar en los cuentos latinoamericanos del siglo XXI, publicado en junio de 2024 por la editorial colombiana Sílaba Editores (361 páginas). Partiendo de la definición de Žižek —“la excepción que perturba la superficie de la falsa apariencia”— y de Marco Mazzeo —“un indicio causal sin parecido con el origen” (citado en Jossa 19)— Jossa subraya “una fuerte potencialidad reveladora” del síntoma que “desenmascara, delata [y] obliga a asumir una condición desfavorable” (19). El objeto de su reflexión es la casa o, más bien, la configuración del espacio doméstico en los cuentos latinoamericanos publicados desde el comienzo de los 2000 hasta el momento actual. Asumiendo el espacio doméstico como “un dispositivo que surge de un sistema rígido de relaciones y lo reafirma cotidianamente” (Jossa 30), la investigadora examina en su estudio la desarticulación de la (supuesta) solidez, estabilidad y continuidad de este espacio y propone que “[l]a ruptura del régimen figurativo de la casa [como un todo, un espacio continuo y protector] es un síntoma de la disgregación de la familia que se desmorona, se encoge, se fragmenta en las piezas, se dispersa en la incertidumbre del significado de la maternidad, el cuidado, el deseo, el legado” (Jossa 28). Si la desintegración del espacio de la casa representa metonímicamente la descomposición del ideal de la familia moderna (burguesa), señala a la vez un malestar del presente como condición desfavorable, en crisis e incierto. De esta manera, plantea Jossa, en los relatos examinados, “la patología de la casa está metonímicamente vinculada a la familia, antropológicamente conectada a los fenómenos culturales contemporáneos y políticamente relacionada al capitalismo, la colonialidad y la violencia epistémica” (20).
Desordenar la casa se compone de una breve explicación sobre “Cómo funciona este libro”, una introducción y tres secciones de análisis, seguidas por una valiosa y apreciada selección de cuentos. En la introducción, Jossa expone el aparato teórico-conceptual del estudio, el que se concentra en torno a las tres nociones clave del título: la casa o el hogar, habitar y desordenar (en realidad, deshabitar). Se trata de nociones ambivalentes y, a veces, también contradictorias, características que la autora aprovecha para reflexionar sobre el dinamismo, el espaciamiento y la polivalencia de los procesos de habitar un espacio y sobre la potencia reapropiadora —noción que tomo prestada de Suely Rolnik— de las formas de desestructurarlo y/para deshabitar. Después de revisar diacrónicamente las teorizaciones sobre el espacio desde Yuri Lotman y Mijail Bajtín, pasando por la fenomenología de Merleau-Ponty, el posestructuralismo y la deconstrucción (Foucault, de Certeau, Lefebvre, Deleuze y Guattari) hasta las conceptualizaciones más recientes (Aínsa, Arfuch, Massey, Virno), Jossa explica que “el espacio no es neutral, ni un suelo pasivo y naturalmente determinado, sino un lugar producido por relaciones sociales y de poder, experimentado y vivido a través de vínculos de reciprocidad” (23). En consonancia con esta noción del espacio, en el abordaje de Jossa la casa es mucho más que un simple espacio físico. Es también un espacio simbólico y afectivo (32), “un territorio atravesado por cruces de relaciones de dominación, por afectos y discursos contradictorios, […] lugar de violencia y […] sistema conceptual” (35) y “una categoría cognitiva que permite (o no) a los individuos y a la colectividad reconocer la propia historia y situarse en el mundo” (32). Al observar y analizar la “morfología literaria de la casa” (15), la autora detecta diversas patologías del hogar (de la casa) que tienen como consecuencia o que se manifiestan en la fragmentación del espacio doméstico en una serie de habitaciones o piezas (pedazos). Jossa lee esta fragmentación sintomáticamente, es decir, como visibilización de las fisuras y flujos centrífugos en los marcos familiares, sociales y políticos.
El verbo habitar está íntimamente relacionado con la noción de la casa como territorio, porque significa practicar el espacio de la casa. Su valor, subraya la autora, es contradictorio y oscila entre conformidad, insumisión o rebelión: habitar puede consistir en ejercer una lógica normativa, hacer un recorte violento o dominar, al igual que puede implicar un posicionamiento histórico —y, por lo tanto, crítico— en el mundo. Deshabitar procede de la potencia centrífuga del habitar. Antes de explicar el significado de este término rector para el estudio, Jossa discute la polivalencia del prefijo “des-”. Su valor semántico primario es el de negación, disconformidad, oposición, separación o reversión, acepciones que se vinculan con el “proceso de des-estructuración del hogar” (38). Siguiendo a Marta Torres Martínez, Jossa argumenta que el prefijo “des-” puede expresar también un valor intensivo; en este caso, “en lugar de negar el significado del término, lo refuerza, lo intensifica” (38-39), como en los verbos desgastar y demoler, o el adjetivo despavorido. En la propuesta de la autora, deshabitar conjunta estas dos acepciones, aunque no siempre las articula juntamente. Deshabitar “indicaría no solo dejar la casa, sino también cuestionar el horizonte habitacional […] significaría también una crítica radical al poder: dejar de habitar según las lógicas de ocupación del capitalismo y la colonización” (38), lo que implica “perder una perspectiva antropocéntrica en pos de una residencia simbiótica que posibilita la hibridación, que reconoce la interconexión con lo viviente” (41).
En las tres secciones de análisis, Emanuela Jossa examina un impresionante (y representativo) número de cuarenta y cuatro cuentos escritos por autoras (que son la mayoría) y autores latinoamericanos contemporáneos, desde México hasta el Cono Sur. Cada subsección de las primeras dos partes concluye con un “intermedio” donde se estudian comparativamente cuentos escritos a lo largo del siglo XX, lo que permite “relevar anticipaciones y continuidades”, además de “apreciar cómo se modifica la figuración de las isotopías de la familia y la casa en la literatura del siglo XXI” (16). “Parte 1: Habitar las piezas” se compone de siete apartados dedicados cada uno a una de las piezas de la casa: la cocina, el cuarto oscuro, la pieza de los hijos, el dormitorio, el baño, la sala de la televisión y un cuarto propio. De este modo, la arquitectura del libro mismo compone el espacio de la casa y su mapa interno, mientras los análisis recorren dinámicas, violencias, tensiones o negociaciones que allí se producen. Es importante notar que los cuentos seleccionados y analizados por Jossa no necesariamente tematizan los distintos espacios de la casa. De hecho, en algunos de ellos estas piezas son apenas implícitas u ocupan un lugar secundario, por lo que podrían pasar desapercibidos en otro tipo de lectura como escenarios anodinos de gestos y acciones que parecen ocupar una posición más central en la morfología del relato. Un ejemplo elocuente de la presencia sugerida del espacio es el cuento “Cocina española (a la manera de doña Simone Ortega)” del colombiano Armando Ortega, comentado en la sección “La cocina”. El cuento consiste en una detallada descripción —como si fuera una receta auténtica— de la preparación de un plato de carne, y es por esto que el lector puede situar su acción en la cocina, aunque este espacio no se menciona nunca. A través de un análisis minucioso de detalles y estrategias textuales, Jossa llama la atención a la cocina como un espacio de crueldad normalizada donde se manifiesta “el poder de la sociedad humana sobre los animales” (71). El caso contrario —el del espacio que figura en el relato con bastante prominencia— se observa, entre muchos otros ejemplos, en el cuento “Habitaciones” de la escritora salvadoreña Claudia Hernández. Jossa incluye esta historia en la sección “El cuarto oscuro”, entendido este como un espacio que esconde un secreto o algo inquietante sobre la familia y sus relaciones, “el lugar de lo unheimlich que, en la lectura antropológica de Virno […] amenaza y deconstruye la imagen del hogar” (77). La acción del cuento de Hernández se desarrolla en una casa grande que funciona como hotel y cuyo espacio se divide en dos tipos de habitaciones: las delanteras, destinadas a la actividad comercial y la vida común de una familia disfuncional compuesta de una madre y tres hijas; y las interiores que se abren misteriosamente y solo por la noche. Al principio, estas habitaciones sirven como almacén y un espacio de juegos para las niñas, pero con el paso de tiempo, se convierten en “el lugar donde se arrojan los cuerpos inútiles que no producen ingresos y necesitan cuidados” (Jossa 83). Después de analizar la morfología y dinámica del espacio en “Habitaciones”, Jossa relaciona la configuración espacial en el relato con los conceptos de estrategia y táctica según de Certeau (84). La dimensión estratégica del espacio produce marginación de aquellos personajes que son expulsados por la lógica neoliberal de productividad, eficacia y competitividad (82-84), pero en el mismo espacio se desarrollan también tácticas de resistencia, por lo cual las habitaciones interiores (y oscuras) en el cuento de Hernández simbolizan a la vez la dominación del sistema y las fugas de imaginación y afectos.
La segunda sección, “Transitar”, está dedicada a las ventanas como dispositivos de transición. Es mucho más breve que la parte anterior (apenas 20 páginas frente a las 160 que componen “Habitar las piezas”) y la que sigue (“Deshabitar, cohabitar”, de 44 páginas), por lo que funciona como bisagra, umbral o, literalmente, una ventana (apertura) que, en la arquitectura del libro, comunica los análisis de las patologías y el interior fragmentado de la casa con la reflexión acerca de “una forma de morar en la tierra que no sea de apropiación y exclusión” (242). En la condensada introducción a esta sección del libro, Jossa subraya la “complejidad del objeto” (219) y la “densidad simbólica” (220) de la ventana, así como su inherente ambigüedad como dispositivo de espacialización, que desempeña diversas funciones: “La ventana puede servir tanto para conectar como para separar, puede abrirse y cerrarse, puede taparse, puede estar entornada o abierta; los cristales transparentes permiten ver, pero las cortinas y persianas pesadas pueden ocultarlos. La ventana permite la contemplación, abre visiones, sustrae a la inmediatez de la realidad, aleja del espacio/tiempo del presente. Conecta con lo lejano y lo externo, desplaza la mirada y el pensamiento hacia horizontes más amplios o impenetrables, pero al mismo tiempo enmarca una visión que, desde la casa, se repite a diario, se hace doméstica” (219).
Siguen los análisis de tres cuentos que plasman algunos de los usos y efectos comentados por la autora en la introducción al apartado: la dialéctica entre conexión y separación, entre la proyección hacia el afuera y el futuro, por un lado, y la defensa, junto con la permanencia en el presente, por el otro en “Sueño vertical” de Magela Baudoin; “la separación entre un exterior repugnante y un interior perfecto” en “Villa 31 y Barrio Parque. El onceavo dorado” de Gabriela Cabezón Cámara; y, finalmente, la ventana como apertura a lo extraño y la posibilidad de la fuga en “Eva entró por la ventana” de Cecilia Eudave.
La tercera y última sección del libro, “Deshabitar, cohabitar” deriva naturalmente de los apartados anteriores: después de recorrer las patologías del espacio doméstico y su fragmentación como síntoma, en “Habitar las piezas”, y de reflexionar sobre “el intercambio y la conexión a través de un camino inusual” (220) como lo es la ventana en “Transitar”, Emanuela Jossa pasa a examinar las formas posibles de deshabitar definido como “una desarticulación de la forma tradicional de habitar para cohabitar en la tierra” (243). En esta sección se ubica, por lo tanto, lo fundamental de la pesquisa de la autora en cuanto que aquí se plasma la posibilidad de un “imaginario disruptivo” (243), en otras palabras, una contestación de los imaginarios domésticos convencionales que, si bien señalan las patologías, no ofrecen opciones de transformación de las estructuras de habitar. “Deshabitar, cohabitar” explora escenarios, fugas, movimientos, espacios intermedios y devenires que interrumpen la lógica capitalista de la propiedad privada, la fragmentación, el cierre y la soledad, mientras implican una residencia simbiótica, favorecen dinámicas de apertura y una espacialidad insumisa o rebelde, al mismo tiempo que conjuran alternativas todavía impensables e impensadas fuera del universo ficcional en el que suceden. Con Jacques Rancière podríamos decir que estas propuestas de deshabitar y cohabitar son configuraciones estéticas de lo político (ver Rancière).
Jossa les advierte a sus lectoras que “Deshabitar, cohabitar” es un mosaico discontinuo de propuestas diversas (ver 243) sin una continuidad lógica. Una vez más, la arquitectura del libro expresa su sentido, porque deshabitar y cohabitar son, para la autora, formas de interrumpir la lógica de continuidad y evidencia, que es el cimiento de la racionalidad capitalista y patriarcal. Efectivamente, los cuentos analizados en esta última sección cuestionan el habitar presente (en el presente y del presente) articulando prácticas o escenarios divergentes, elaborando otros horizontes e imaginando formas de morar profundo y comprometido, que “no sea de apropiación y exclusión” (242). Así, Claudia Hernández en “En pleno comedor”, “[desmonta] geometrías esclerotizadas” (244) de pensar y experimentar el espacio de la casa reconstruyéndolo en torno a un árbol que brota en pleno comedor de una semilla escondida en una ranura del piso y crece obstinado hasta que la pareja que ocupa el apartamento en cuestión acepta cohabitar con él. “Un nomadismo divertido” (247) transforma la experiencia del aguante e intemperie causada por la implementación de políticas neoliberales en una forma lúdica o seductora de “habitar sin arraigo” (248) en los cuentos “Domingos familiares” de Jacinta Escudos y “Un mundo de cosas frías” de Diego Zúñiga. La casa imaginada en la que la protagonista-narradora convive con los animales que ocupan “apartamentos” y baños en el cuento “Ellos dos” de Carolina Sanín, es un espacio doméstico dúctil y un “ensamblaje insumiso” (Jossa 255) que desafía la distribución habitual y rígida de la casa. El deshabitar como suspensión de los “caminos predeterminados” (266) se expone en “Albúmina” de Giovanna Rivero. En cuanto a “Meteorito” de Liliana Colanzi, Jossa propone una lectura que formula “un deshabitar político” (271), que es también descolonizar. El estudio cierra con una reflexión sobre el espacio de las cuevas en “El caballo de la aurora” de Francisco Coloane y “La cueva” de Liliana Colanzi, estableciendo una profunda conexión entre deshabitar y cohabitar que incluye un intercambio y cuidado recíprocos, “relaciones más armónicas entre todos los seres vivos” (278) y “la cohabitación participativa de todos los seres vivos” (281). De esta manera, Jossa concluye la trayectoria interpretativa del libro con la idea de que deshabitar “es reconocer que no hay separación entre los seres vivos, sino la vida como circulación” (281), es decir, cuestionando radicalmente las bases antropocéntricas del habitar.
Desordenar la casa es un trabajo estimulante y valioso que deja en la lectora una profunda sensación de haber aprendido y desaprendido (porque para reconocer el deshabitar es necesario desaprender) y, lo que es más raro si pensamos en estudios de crítica literaria, de haber gozado al leerlo. En primer lugar, es una invitación al viaje, el viaje que realiza Emanuela Jossa misma al recorrer el continente entero visitando e, incluso, hurgando en los espacios domésticos, tanto los materiales como los simbólicos, que se configuran en los cuentos de su extenso corpus. La perspectiva transversal que propone y explora Jossa se apoya en la noción de espacio liso, de variación y desarrollo continuos, que no se asienta ni repite en ninguna instancia, sea esta un país, una clase social, un punto de vista o una forma de habitar. Al contrario, el corpus que exploramos junto con la autora, nos lleva de un lugar a otro, de un espacio a otro, no solo en el sentido geográfico, sino también social, afectivo o simbólico; junto con ella, recorremos diversas maneras de habitar para descubrir, al final, prácticas y posibilidades de deshabitar. A su vez, este viaje se compone de lecturas inteligentes y bien servidas del aparato teórico que nunca abruma, sino que aflora en los análisis y el eje conductor del estudio (el síntoma, la patología, el habitar y el deshabitar), sosteniéndolos discretamente como el fundamento sostiene y da solidez a una construcción. Estas lecturas inteligentes y sugestivas, a veces poéticas, otras veces provocadoras, revelan una extraordinaria sensibilidad lectora que se arma del ejercicio sostenido y minucioso del análisis textual para exponer detalles, estrategias narrativas, polivalencias, conexiones, flujos o, al contrario, edificaciones, en la urdimbre de los textos, en la trayectoria entre el habitar y el deshabitar. Una trayectoria que la autora logra comunicar mediante la organización del estudio, su arquitectura interna que nos coloca primero en las piezas (pedazos) de una casa fragmentada, para sacarnos de allí por la ventana y llevarnos a los espacios del deshabitar. Finalmente, al leer Desordenar la casa escucho claramente una voz y siento un cuerpo que se entrega en/a través de la escritura. Desordenar la casa es un estudio encuerpado, un mérito más, nada común entre la crítica literaria.
Jossa, Emanuela. Desordenar la casa. Habitar en los cuentos latinoamericanos del siglo XXI. Medellín: Sílaba Editores, 2024. 361 págs. Impreso.
Obras citadas
Forster, Ricardo. La sociedad invernadero. El neoliberalismo: entre las paradojas de la libertad, la fábrica de subjetividad, el neofascismo y la digitalización del mundo. Buenos Aires: Ediciones Akal Argentina, 2019. Impreso.
Rancière, Jacques. El reparto de lo sensible. Estética y política. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2014. Impreso.
Rolnik, Suely. Esferas de la insubordinación. Apuntes para descolonizar el inconsciente. Trad. Cecilia Palmeiro, Marcia Cabrera y Damian Kraus. Buenos Aires: Tinta Limón, 2019. Impreso.
Sztulwark, Diego. La ofensiva sensible. Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político. Buenos Aires: Caja Negra, 2019. Impreso.
Žižek, Slavoj. The Sublime Object of Ideology. London: Verso, 1989. Impreso.


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