Ciudades sin borde: una mirada humana a la migración venezolana

Ciudades sin borde: una mirada humana a la migración venezolana

Por: Laura Martínez

Hay libros que informan y libros que remecen, y Ciudades sin borde: jóvenes de Venezuela en Colombia aquí y ahora logra las dos cosas a la vez. Nacido del proyecto “Ciudades Sin Borde”, este trabajo colectivo se propone algo que pocas veces se hace con suficiente cuidado: mirar la migración venezolana no como una cifra ni como un problema de Estado, sino como una experiencia vivida por adolescentes y jóvenes que están construyendo, aquí y ahora, sus proyectos de vida en medio de la incertidumbre.

El libro abre con un mapa lúcido y bien documentado de la movilidad humana contemporánea, para luego adentrarse, con rigor metodológico y sensibilidad etnográfica, en dos casos de estudio: Cali y Medellín. Allí, las autoras Astrid Milena Carrasquilla Puerta, Catalina María Acosta Gallego y Camila Uribe Villa exploran cómo estos jóvenes negocian su seguridad, su educación y su sentido de pertenencia en barrios marcados por la desigualdad, la estigmatización y, muchas veces, la violencia. Lejos de la mirada adultocéntrica que suele reducir a víctimas pasivas a la infancia y a la juventud migrante, el texto insiste en reconocer también sus capacidades, sus estrategias de resistencia y su enorme creatividad para reinventarse.

Lo que distingue a esta obra es su decisión de alternar el análisis académico con fragmentos de una narrativa profundamente humana. Entre capítulo y capítulo aparecen retratos breves (parte de la exposición fotográfica “Tránsitos sin borde”) que cuentan la historia de un niño, una joven o una familia a través de un objeto que decidieron atesorar en el viaje: un instrumento musical, una fotografía, una prenda. Son pequeñas ventanas que le devuelven rostro y nombre propio a un fenómeno que, en las noticias, suele quedar reducido a estadísticas. Esa alternancia entre dato y testimonio, entre política pública y biografía, es lo que convierte la lectura en una experiencia casi propia: uno no sólo entiende la migración, la siente.

Pero el libro no se queda en el diagnóstico. Sus últimos capítulos ofrecen recomendaciones concretas para instituciones, comunidades educativas y hacedores de políticas públicas, y cierran con una reflexión honesta sobre los retos pendientes en materia de gobernanza migratoria, educación inclusiva y seguridad comunitaria. También se atreve a proponer otros lenguajes para narrar la migración (una canción original y el adelanto de una serie documental) como si supiera que ciertas verdades sólo pueden decirse del todo más allá de la escritura, cuando se cantan o se filman.

En un país que sigue aprendiendo a nombrarse como territorio de acogida, Ciudades sin borde es una lectura necesaria para docentes, funcionarios públicos, investigadores y, en general, para cualquier persona dispuesta a cuestionar los prejuicios que aún pesan sobre la niñez y la juventud venezolanas en Colombia. Es, ante todo, una invitación a imaginar ciudades (y una sociedad) donde la frontera deje de ser un estigma en la piel de quienes llegan y se convierta, en cambio, en un punto de encuentro.

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