Los ojos que me nombran

De los patios y sus aristas misteriosas

30 de marzo de 2020. Por: Octavio Escobar Giraldo.
En Boletín cultural y bibliográfico del Banco de la República.

Leo en la pantalla que el estremadelio es el mismo azuceno, y entonces sus flores blancas comienzan a diferenciarse en mi cerebro. Google también me informa que un libro anterior  de Lucía Donadío lleva por título Sol de estremadelio (2005), y ya no me extraña que las páginas que paso lentamente, que me han acompañado durante semanas —no creo que la poesía se pueda degustar en un par de sesiones—, estén llenas de polvo de rosas rojas, de luciérnagas extraviadas, de los pétalos desorbitados de las astromelias, de cantos redondos y del olor de la caña de azúcar. Deja también de extrañarme que “Calle”, el poema de la página 64 de Los ojos que me nombran, carezca del peligro, de la incertidumbre urbana, del escalofrío, que ensombrecen tantas otras calles de la literatura colombiana de las últimas décadas —basta con mencionar el “largo gemido” fundacional de El transeúnte (1964) de Rogelio Echavarría—, para darnos una visión muy diferente de los lindes del asfalto:

CALLE

La calle ha sido

el rescoldo de las voces,

el viento fecundo de los ojos,

la fuerza del azar convocándonos

en una esquina sin nombre,

la dulce sombra de los cuerpos

escampando la lluvia de un poema,

la clandestina voz del eco

rumorando una caricia de papel,

la tímida sonrisa que se asoma

por la ventana de un rostro que

vive en el país del sueño

y que a veces vislumbro

en la mañana. (p. 64)

Lejos de cualquier estridencia, de escuelas e ismos, los versos libres de Lucía Donadío expresan sin sonrojo la fascinación por la naturaleza, el asombro y el regocijo frente al amor y sus gozos, los recónditos misterios de la vida familiar, los pequeños sobresaltos y las sutiles reflexiones a los que puede llegar el buen observador, tan solo con detenerse en los rincones de su casa, que pueden ser también metáfora y estación de la memoria:

UMBRAL DE CASA

(…)

El ángulo de reposo despierta

el arco de una puerta,

hileras de ladrillos construyen

el antejardín de ecos muy antiguos

y un zócalo de presencias erige

los pilares de una fuente… (p. 84)

Es habitual que se hable de una poesía muy personal cuando el autor se esfuerza por sorprender, por violentar códigos y discutir presupuestos de la historia literaria —o esgrimir una vida a campo traviesa—. Pero creo que en tiempos en que los brillos de las vanguardias tienen una luz cada vez más mortecina, y fugaz, vale la pena recordar que cada poeta es una individualidad, que en el amplísimo océano de las lecturas tiene un universo de opciones para aceptar sus influencias; que en la variedad de vidas que paradójicamente permite la globalización, hay experiencias que lo forman y son muy diferentes a las de los otros; que su mano puede tomar las cosas por el filo o por la empuñadura, y entonces el verso es, necesariamente, un trasunto de sí mismo, que no tiene que obedecer a la moda, los gustos académicos o los dictados de esta o la otra camarilla. En ese sentido me parece que la poesía de Lucía Donadío es muy personal y, asumiéndose también como editora, no es gratuito que la carátula del libro —muy cuidado, como suele ocurrir con Sílaba, para beneplácito de los lectores— muestre la rama de un raque cargada de flores, pintada por María de la Paz Ariza. Leo, otra vez en la pantalla, que el raque es un árbol andino de tronco retorcido y corteza avejentada al que, por contraste, también le nacen ramas de aspecto muy juvenil con hojas acorazonadas, que una vez al año se cubre de hermosas flores rosadas.

No creo exagerado señalar que esa ilustración es otra metáfora, y da gusto que un poemario sea tan coherente hasta en los elementos paratextuales. Dividido en tres partes: “Huerto”, “Manto” y “Canto”, Los ojos que me nombran se expresa sin sobresalto, con palabras sencillas, afables, que transmiten sensaciones y pensamientos con transparencia, desde raíces profundas y con la gracia del color. Es, además, una poesía que se arriesga a ser intrascendente y que desde la sensibilidad y el oficio sabe de dónde viene, cuáles son sus temas, y lo reconoce sin ambages:

CANTO DE GRATITUD

Gracias doy al azar, a la vida y al destino

por sus anchos arrabales y sus hondos laberintos,

por la nostalgia de tierra, por la herida de la sangre,

por el borde del crepúsculo, por el Árbol de pan.

(…)

Gracias por el oro de la aurora,

por el verde de la albahaca,

por el rojo del tomate,

por el canto de las voces. (p. 21

Escobar Giraldo, O. (2020). De los patios y sus aristas misteriosas. Boletín Cultural Y Bibliográfico53(97).