Por: Carolina Grenoville
Universidad de Buenos Aires, Argentina
cgrenoville@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0000-8606-3966
Leer el libro de Emanuela Jossa es como recorrer una casa. Publicado en junio de 2024 por la editorial colombiana Sílaba, Desordenar la casa. Habitar en los cuentos latinoamericanos del siglo XXI constituye un imprescindible estudio de las representaciones del espacio doméstico en la narrativa breve latinoamericana del siglo XXI. El corpus está compuesto por cuentos de treinta y tres escritores y escritoras de este siglo que dialogan en apartados denominados “Intermedios” con relatos canónicos publicados en el siglo XX. En esta extensa serie de escritores están quienes gozan de gran notoriedad incluso fuera de América Latina, como Ampuero, Cabezón Cámara, García Robayo, Schweblin o Trías, mientras que otros son todavía poco conocidos o publican en sellos editoriales independientes de menor alcance. El corpus contempla así la heterogeneidad de la producción de las últimas décadas y ofrece una cartografía pormenorizada y muy actualizada de la escena literaria latinoamericana.
La dedicatoria que abre el volumen, casi un poema, refuerza el paralelo entre el libro y la casa: “Ai miei figli. / Una casa rotonda / con pane foglie / pietre uccelli / note / ragnatele”. La casa-libro que Jossa les dedica a sus hijos es redonda. Según Gaston Bachelard, la imagen de la redondez evoca una existencia vivida desde dentro, la primera afirmación íntima o interior del ser de cada uno (1975, p. 273). Se trata, pues, de una invitación al repliegue, a recogerse sobre sí mismos. Pero lo redondo es además un todo, una unidad completa y acabada refractaria a la compartimentación y fragilidad propias de las viviendas analizadas por Jossa y de las formas de habitar en el presente. Ahora bien, este movimiento de retirada no supone el aislamiento o la clausura con el mundo exterior, sino una ósmosis constante entre el espacio íntimo y el espacio indeterminado. En el interior, están el pan y las notas (¿listas de supermercado?, ¿mensajes de amor?, ¿notas musicales?), pero también las hojas, las piedras y los pájaros (emblema de la vida redonda, como la nuez o el caracol). La enumeración se cierra significativamente con las telarañas, un elemento natural pero presente en los rincones de cualquier hogar como un recordatorio de la porosidad de la casa y cuya trama singular nos remite de nuevo a la concentración del ser en su centro.
El libro se compone de una introducción y cuatro partes, la última de las cuales es una antología de nueve cuentos destinada a acercar al lector una pequeña muestra de este corpus tan vasto como peculiar. En el estudio introductorio se desarrolla la hipótesis de una patología de la casa que se manifiesta en la representación y función del hogar en la literatura latinoamericana reciente. La labor crítica de Jossa se centra en los aspectos formales de los textos atendiendo en todo momento al contexto histórico. El análisis inmanente de los referentes que se organizan y despliegan en esta narrativa breve constituye así un puente con el afuera de los textos literarios: la dimensión íntima y pública de la existencia. Desde la mirada aguda de Jossa, este conjunto de referentes nunca es unívoco: son los síntomas de cierto malestar de la cultura hogareña y la vida en familia, pero también la expresión de una disidencia con la estructura política y social capitalista, y, tal como se desarrolla en el tercer apartado, la señal de una transformación o resignificación del habitar.
En línea con las perspectivas teórico-críticas de la fenomenología, los estudios posestructuralistas y la deconstrucción, el espacio no se reduce aquí a un concepto o categoría objetiva y neutral, sino que se lo concibe como construcción o proceso, organizado a partir de “relaciones sociales y de poder, experimentado y vivido a través de vínculos de reciprocidad” (p. 23). La escritura desempeña un papel crucial como operación de territorialización. El análisis retórico se combina con una lectura filológica y genealógica a la vez para restablecer la multiplicidad de significaciones y cosmovisiones presentes en el signo, así como las tendencias históricas que el acento en unas u otras manifiesta. Es lo que ocurre con el lúcido comentario a propósito de los términos cuarto y pieza. En apariencia sinónimos, estos signos responden a lógicas bien distintas y que Jossa logra vincular con momentos históricos puntuales. Mientras que cuarto sugiere una división geométrica y racional del espacio doméstico, pieza remite a un fragmento de un todo indefinido. Este segundo significante se aviene mejor con la singular configuración que asumen las habitaciones en la literatura y en el imaginario contemporáneos. La opción por las figuras de margen, orilla, entornado, en el borde, entre en oposición a confín, interior, exterior, abierto y cerrado tanto en el corpus como en la lectura de Jossa es otra muestra clara de su poder de observación crítica que capta en todo su espesor y complejidad la plurivalencia de la palabra y la forma literaria. Margen u orilla aluden a movimientos de conexión y devenir, lo que las vuelve más apropiadas para describir y registrar las nuevas formas de permeabilidad; al mismo tiempo, adquieren a lo largo del ensayo la fuerza y la función de proposiciones utópicas que se proyectan al porvenir.
Entre el extenso paisaje teórico-crítico que Jossa trae a escena en la introducción, merece una mención aparte su abordaje de los conceptos de síntoma y de (un)heimlich. Si bien se trata de dos nociones centrales y que cuentan con una larga tradición teórica, su examen minucioso permite recuperar significaciones muy poco frecuentadas y que se capitalizan de manera magistral en el análisis de la dimensión afectiva y psicológica de la casa en las ficciones. El síntoma, como cualquier signo indicial, no se articula con el referente mediante una relación de semejanza. La decisión de leer la forma literaria en términos sintomáticos le permite a Jossa librarse del rígido paradigma realista y de la dicotomía fantástico-real para establecer articulaciones novedosas entre la literatura y la vida. El síntoma implica una relación de causalidad, pero en su abordaje esta no es lineal, sino que se bifurca y proyecta a un tiempo en dos direcciones contrarias: hacia el pasado en la búsqueda de un origen o de lo que permanece oculto; y hacia el futuro como imperativo (lo que un poder impone) o como posibilidad (lo que la imaginación propone). Asimismo, siguiendo los sugerentes planteos de Jacques Derrida, Jossa retiene la acepción de síntoma como “accidente”. Desde esta óptica, el encuentro entre el signo y la cosa se torna fortuito, mera coincidencia, un evento casual (p. 206). Finalmente, su consideración como parte del campo semántico de la enfermedad la lleva a comprender el síntoma de un “modo encarnado” en virtud del cual cobra protagonismo la actualidad de lo que efectivamente le acontece al cuerpo, su percepción y fenomenología.
El concepto freudiano de unheimlich guarda una estrecha relación con la concepción del síntoma que Jossa retoma de Slavoj Žižek como “la dolorosa emergencia de una verdad inaceptable, un contenido reprimido, rechazado, pero no eliminado” (p. 19). La autora registra las distintas significaciones que se agolpan en torno a este significante y las sintetiza como la presencia simultánea de la extranjería y la familiaridad, lo escondido que finalmente sale a la luz. Ahora bien, a partir de los planteos de Sigmund Freud, Mark Fisher, Paolo Virno y José Cabrera Sánchez, desmenuza su dimensión espacial y temporal. Por un lado, caracteriza lo unheimlich como “una figura espacial no orientable” (p. 26). Por otro, distanciándose de la teoría de Freud donde asume un claro sentido diacrónico (es siempre posterior porque se basa en el antecedente de la ocultación y en la desventura del retorno), Jossa privilegiará junto con Virno la interpretación de unheimlich como la concomitancia espacial y temporal de lo familiar y lo siniestro. Estos dos atributos —que sea refractario a cualquier orientación espacial excluyente y que reúna en simultáneo lo íntimo y lo inquietante— convierten a lo ominoso en una herramienta especialmente eficaz y productiva para analizar estos cuentos que explotan la ambivalencia en todos sus niveles: desde la significación de un objeto menor a la configuración total del espacio de la casa, desde la representación monádica de una emoción o sensación a la construcción general de una subjetividad, desde el empleo de un tropo aislado del discurso a la inscripción genérica de la obra en su conjunto. El libro de Jossa se enlaza así con la línea más audaz de la crítica deconstructiva que suspende la lógica (esa explicación tranquilizadora capaz de salvar cualquier incompatibilidad) para abrirse, como dice Paul de Man, “a posibilidades vertiginosas de aberración referencial” (1990, p. 23).
La “Parte 1. Habitar las piezas” es la más extensa y está organizada deliberadamente a partir de los espacios domésticos representados. Cada capítulo de esta sección nos invita a recorrer un ambiente en particular: la cocina, el baño, la sala de la televisión, los dormitorios, pero también esas habitaciones singulares por lo temidas y a la vez deseadas, como el cuarto oscuro o el cuarto propio. Como se señala en la breve descripción inicial acerca del funcionamiento del libro, “la subdivisión en cuartos facilita la lectura y permite moverse por la casa de forma independiente del orden propuesto” (p. 16). La correspondencia entre sección y ambiente no sólo da al lector una mayor libertad de acción, sino que apuntala además la hipótesis de una conflictividad del universo de la casa que se manifiesta mediante su fragmentación en espacios inconexos y disfuncionales. En este sentido, Desordenar la casa hace lo que lee, pone en práctica su singular interpretación del corpus. La lectura y el objeto leído se confunden aquí en tal íntima relación y proximidad que nos recuerda el secreto parentesco entre el discurso crítico y el amoroso. En una búsqueda por mantener algo de la intensidad y la vivacidad que bulle en los cuentos, el trabajo de Jossa se hace eco de uno de sus rasgos formales más emblemáticos: su atención al detalle por sobre la visión de conjunto.
La segunda parte, “Transitar”, dedicada a las ventanas, funciona, en efecto, como un umbral entre las formas del habitar abordadas en la “Parte 1” y las formas del deshabitar que serán el objeto de la tercera parte. Los cuentos analizados en las dos primeras partes recrean la estructura nuclear y normativa de la familia para poner de relieve sus contradicciones y aporías. El carácter fragmentario y discontinuo que asume en estas narraciones el espacio doméstico da cuenta de la crisis profunda del sistema de relaciones del dispositivo casa. Al tratarse de un corpus tan amplio, las operaciones críticas varían necesariamente en función de las particularidades de cada cuento y, por este motivo, resulta muy difícil sintetizarlas. Me limitaré a señalar las más representativas de esa red de obsesiones que, entiendo, conforma una perspectiva y un modo de leer singulares y propios de la autora.
El análisis retórico más centrado en los procedimientos formales se complementa con el análisis intertextual y la consideración del plano de la recepción y los procesos de empatía o distanciamiento que los textos ponen en juego. Cabe destacar las correspondencias sorprendentes que la autora encuentra entre los usos de la palabra y la narración, y la disposición topológica de las casas retratadas. Leídas en clave sintomática, esas correspondencias le permiten sostener, por un lado, que esta narrativa rompe con el régimen figurativo tradicional de la casa y, por otro, que esta ruptura constituye un indicio de la disgregación de la familia y de las formas de vida establecidas. En cuanto a los tópicos y motivos, merece especial atención su consideración del asco y de lo que denomina la “semántica de la repugnancia” en un corpus en que la dimensión material adquiere gran protagonismo. A partir de un cruce muy fructífero entre la semiótica, la fenomenología y la teoría de los afectos, Jossa explora la representación de la percepción sensorial y de las sensaciones, las relaciones y procesos implicados en cada acto de percepción, y la función social que desempeñan la fetidez, la suciedad y, su contracara, la pulcritud (exploraciones de esta índole pueden encontrarse en sus lecturas de “Loca madre mata al puto” de Naty Menstrual [pp. 64-66] y “Nam” de Ampuero [pp. 84-90]). Esta perspectiva atenta a la fisicidad de las cosas la lleva asimismo a examinar el rol y el imaginario de los objetos en la actualidad (como ocurre en su comentario de “El espacio de las cosas” de Escudos [pp. 196-198] o de “Cosas” de Peña Claros [pp. 205-207]). Finalmente, resultan significativos en su análisis los mitos y las figuras de la infancia y la animalidad que contribuyen al desdibujamiento de los límites entre lo humano y lo animal, y a la composición de un universo simbólico que le disputa a la lógica el sentido (ver, por ejemplo, sus análisis de los cuentos de Antezana [pp. 54-60], de “Álbum familiar” de Pérez Cuadra [pp. 66-69] o de “Isis” de Ocampo [pp. 232-235]).
Los textos reunidos y analizados en la tercera parte, “Deshabitar, cohabitar”, no se limitan a exhibir o cuestionar el malestar de la vida doméstica, también sugieren formas alternativas de convivencia que amplían el espectro de lo que entendemos por habitar. Jossa engloba con acierto este conjunto de representaciones bajo la categoría del deshabitar asumiendo que para eludir la reproducción incesante del imaginario extractivista y excluyente del capitalismo es necesario primero romper con los modelos de casa y familia imperantes. Al igual que con otros términos, Jossa desglosa la palabra deshabitar para potenciar su polisemia. A los sentidos esperables, como ‘dejar de vivir en un lugar o casa’ o ‘dejar sin habitantes una población o un territorio’, se le suman otros que suelen pasar inadvertidos. El examen del valor semántico del prefijo des- como ‘negación, privación, reversión u oposición’ la lleva a leer, asimismo, el término deshabitar como cuestionamiento del horizonte habitacional del capitalismo y la colonización. Pero de todas las acepciones la más elocuente precisamente por su carácter paradójico es la que emana de atribuirle al prefijo un valor intensivo que, en lugar de negar el significado del término, lo refuerza e intensifica, como ocurre con desgastar o desmoler. Desde este punto de vista, “deshabitar podría expresar un proceso que implica un morar profundo” (p. 39). En línea con la concepción que Walter Benjamin tenía de la historia, para quien la construcción de una circunstancia histórica presuponía la destrucción (2007, p. 472), cohabitar la tierra implica primero deshabitarla. Sólo mediante este vaciamiento de la mitología doméstica capitalista podrá tener lugar una reinscripción simbólica de la casa y de la vida en comunidad con otros seres. Cohabitar en armonía con la naturaleza se insinúa así primero como una imagen irreal, una experiencia inexistente, aunque posible; una utopía.
La literatura (y la crítica) así concebidas no son meros registros de la percepción del mundo común —o en su defecto denuncia, cuestionamiento, toma de distancia—; constituyen una respuesta activa que permite descubrir formas de vida mejores y más felices en el mundo material que habitamos. Desordenar la casa es lo que se dice un libro redondo no sólo por su claridad, precisión y exhaustividad, sino fundamentalmente porque contribuye a la imaginación de una casa común que nos concentre y cobije en tiempos de tanta oscuridad.
Bibliografía citada
Bachelard, G. (1975). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
Benjamin, W. (2007). Libro de los pasajes. Akal.
De Man, P. (1990). “Semiología y retórica”. En Alegorías de la lectura (pp. 15-33). Lumen.
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