“Y por favor, miénteme”: el desplome de los absolutos

28 de diciembre del 2016. Por: Andrés Nanclares.
En El Magazín de El Espectador.

“Hay más verdades detrás de una mentira
que detrás de una verdad”.
Fernando Araújo Vélez

Es un lugar común decirlo: detrás de una historia en donde la búsqueda del “vil metal” es lo que define unas vidas, con frecuencia hay una tragedia de amor, muerte, locura y poder. En el origen, florecimiento y decadencia del Ingenio de Sincerín (Bolívar), una de las principales agroindustrias colombianas de principios del novecientos, subyace esta mixtura de manifestaciones de la condición humana.

Eso es lo que Fernando Araújo Vélez extrae de allí y lo hace ficción en “Y, por favor, miénteme”, novela de su autoría publicada hace poco por Sílaba Editores. Lo feo y maloliente de la condición humana, la soberbia y la traición, los toma el autor, periodista y émulo de Luis Tejada y Hernando Téllez, para armar una estructura narrativa en la que dos puntos de vista se entrelazan y se sirven el uno al otro para darse a la tarea de “pelar la cebolla” de los hechos que signaron el destino de una influyente familia de la costa caribeña.

En 1849, mueren en Cartagena, a causa de la peste del cólera, unas 2.000 personas. Nicolás Daníes, uno de los personajes de la historia, emigra a la Guajira para sacarle el quite a “La huesuda”. Allí, en su finca de Dibulla, pone a funcionar un trapiche movido por dos máquinas de vapor. De la caña de azúcar que ha sembrado, extrae miel y panelas.

Veintisiete años después -en 1876-, el señor Daníes, quien ha perdido 300.000 dólares en este negocio, vende su hacienda. Su hija Margarita se casa con Dionisio Vélez Méndez y del sexo de esta pareja nacen tres hijos: Margarita (jr.), Carlos y Fernando. En 1859, viene al mundo Carlos Vélez Daníes, el segundo de sus hijos. En 1862, Fernando Vélez Daníes lanza al viento su primer alarido. Los dos, luego de la muerte de su madre, son enviados a estudiar a Inglaterra.

Andando el tiempo, Carlos se casa con Catalina Torres y Fernando con Helena Pombo. Carlos y Catalina, procrean cuatro hijos: Dionisio, Carlina, Catalina y Florina. En la society sexus de Fernando y Helena, por su parte, nacen Carlos, Fernando y Helena.

En 1904, después de que durante el gobierno de José Manuel Marroquín se ha perdido Panamá y se ha terminado la Guerra de los Mil Días, en Colombia asume el poder Rafael Reyes. Reyes, quien gobierna de 1904 a 1909, se propone estimular la creación de empresas para reconstruir la economía. Carlos y Fernando, padres, militan en el partido de Rafael Reyes. Carlos, incluso, hace parte del directorio conservador afecto a las posturas políticas de Reyes, no obstante que un tío suyo, Joaquín Vélez, es opositor a la candidatura de quien luego se convierte en presidente.

El señor Reyes, en desarrollo de su plan para fomentar el “espíritu de empresa”, se compromete a subsidiar el proyecto de Carlos y Fernando Vélez Daníes. Lo hace para retribuirles las maniobras mediante las cuales lo ayudaron a llegar al poder. Con su apoyo, se crea, en el corregimiento de Sincerín (Bolívar), el Ingenio Central Colombia. Un millón de dólares de la época, un verdadero platal, se requiere para ponerlo en marcha.

En enero de 1906, Carlos y Fernando viajan a La Habana. Quieren ver cómo funcionan los ingenios en Cuba. A los dos meses, regresan a Cartagena. Vienen con el agrónomo Luis Bacallado, quien habrá de asesorarlos en el montaje de la refinería. Luis Bacallado, representante en Cuba de la firma inglesa Y. & W. Smith, les recomienda el tipo de maquinaria que deben comprar. Ese equipo es embarcado en Liverpool y dos meses más tarde lo descargan en Cartagena.

En 1908, se encienden los motores del ingenio. El propósito de Carlos y Fernando Vélez Daníes, es producir azúcar en gran escala. No únicamente miel y panela, como lo habían hecho hasta entonces los finqueros de la caña de azúcar. En Cuba, además del ingeniero Bacallado, contratan a un pequeño grupo de especialistas. Vienen Joaquín Ruiseco, experto en hornos, y José Antonio García, responsable del cultivo de las cañas.

A estos dos conocedores del oficio, se unen el español Antonio Nanclares, entomólogo encargado de controlar la candelilla y el insecto saltahojas, dos plagas adictas a roer la semilla caña blanca, mediante la reproducción en laboratorio de la mosca amazónica,  y el ingeniero naval Juan H. White, quien había llegado en 1870, desde Liverpool a Buenaventura, y  a quien contratan para montar la  flota de vapores del ingenio. Nanclares, oriundo de la provincia de Álava, está en el país desde 1867, año en que lo invita en Puerto Rico el cubano Manuel Mosanto para que lo asesore en el desarrollo del  ingenio “La Perseverancia”, situado en el municipio de Soledad. El señor White, por su parte, está radicado en Colombia desde sus 24 años, y sus labores ingenieriles, muy destacadas, las desarrolla en el occidente antioqueño. Pasado un tiempo, y lo refiero por simple curiosidad, este inglés monta en Frontino (Antioquia), con el nombre de “Sincerín”, una finca panelera, y Nanclares, el alavés, siembra de caña de azúcar, en el mismo pueblo, su finca “Grano de Oro”. A la larga, sus familias, las de los dos, por puras travesuras de la vida, unen sus apellidos al de los Vélez.

En 1909, un año después de abierta, la refinería produce, con una molienda de mil trescientas toneladas de caña en veinticuatro horas, una zafra de cinco mil toneladas de azúcar. El Ingenio de Sincerín crea empleo y trae prosperidad económica, entre otros, a pueblos como Mahates, Malagana, María la Baja, San Basilio y San Pablo. En la costa atlántica, por esos días, no se habla de otra cosa que del Ingenio de los Vélez, refiere la historiadora María Teresa Ripoll, conocedora del “periplo vital” de la familia Vélez Daníes.

En 1923, muere Carlos Vélez Daníes. De la administración del ingenio, se hace cargo su hijo Dionisio Vélez Torres. El 3 de agosto de 1938, muere Fernando Vélez Daníes. Dos meses más tarde, deja de existir Fernando Vélez Pombo, su hijo. A raíz de estos decesos, el Ingenio Central Colombia, más conocido como el Ingenio de  Sincerín, debe afrontar dos juicios de sucesión. Dionisio Vélez Torres, quien había asumido la gerencia desde la muerte de su padre, le hace frente a los procesos. Pero, por esos años, de 1940 a 1943, la producción de azúcar baja por efecto de la crisis económica mundial y Dionisio Vélez Torres se da por derrotado. En 1953, liquida la empresa. Hernando Caicedo,  dueño del Ingenio Riopaila (Valle del Cauca), compra los tres molinos y los motores de vapor.

Los alcances de la ficción, son infinitos. Los Vélez se truecan en los Vila y la novela hace luz sobre lo que la historia real no dice. Detrás del gozo y la prosperidad económica, están la amargura y la tragedia de esta familia. A través de la mampara del éxito social, alcanzan a verse la “mala sangre”, la ruindad y la traición.

Helena Vila Pombo, heredera de Fernando Vila Daníes, entra en crisis el día de su matrimonio con Alfredo Veliz. Se encierra en su habitación durante tres días y repudia a su marido. Le pesa el amor secreto que su primo Dionisio Vila Torres siente por ella y la fuerza de ese delirio inconfesable la desestabiliza. Su vida pasa de la luz a las tinieblas. Por horas, se pierde en el sinsentido y, luego de una larga jornada de sueño al lado de sus perros, vuelve a ser Helena Vila. Del llanto, salta a la alegría. Para sus invitados, una torta que iba a ser de azúcar, la condimenta con sal y pimienta. A la hora de la cena, narcotiza un pollo y lo despluma. Para darle la apariencia de haber sido horneado, lo barniza de ocre, marrón y amarillo. Una vez servido, el animal despierta, se levanta y aletea, para pasmo de los invitados, sobre la mesa principal.

Incómoda con Helena, la familia opta por llevarla a Turbaco y la interna en una casa para perturbados. Helena, ahora, comienza a ser parte del grupo de quienes “no siguen con puntos y comas las leyes de Dios y de los hombres”. Entra a la secta de los desquiciados. Se inscribe en la cofradía que agrupa a quienes “no oran todas las mañanas y en las noches y no van a misa diaria”. Helena ya no pertenece al mundo de las convenciones y las conveniencias. Descree del matrimonio y del amor y dejan de importarle la patria y la democracia. Ahora venera a quienes dibujan demonios y se siente afín a aquellos que leen a escondidas a Dostoievski o a Jane Austen. El matrimonio de Helena, al trasluz de la historia, trae a la memoria el de Miss Amelia Evans con Marvin Macy. Ella, Amelia, la protagonista de La balada del café triste (McCullers), luego de casarse con Marvin, un simple remiendatelares, lo rechaza la misma noche de bodas y se arriesga a darle un vuelco a su vida.

En fin. Helena, ahora poseída por el demonio, según sus padres y su familia toda, es declarada persona fuera del tiesto. Allí, en la Casa de los Perturbados, Helena vuelve a vivir: se enamora. Severo Paut, uno de los endemoniados, sustituye a Alfredo Veliz. Ahora vuelve a jugar; a divertirse con el viento y a sentir el arrobo de otros sueños. Y es a partir de entonces que ella hace suya una nueva actitud frente al mundo y la vida. Se la inculcan Severo Paut, Estevan Camargo y Eleuterio Polo, los amotinados del 8 de diciembre de 1876 contra los Vila en el Camellón de los Mártires de Cartagena. Esta nueva manera de ver y de sentir, se descubren en la siguiente declaración, una de las tres más poderosas de la novela: “Creí en el AMOR, con todas las mayúsculas, pero comprendí que no había un amor absoluto determinado por los dioses, había amantes, personas que aman, y cada quien lo vivía a su manera, como podía o como quería o como lo dejaban. El amor no era un conjunto de reglas de manual escrito por una divinidad, según el cual todos teníamos que actuar, y por lo tanto ser iguales, y besar y sufrir y callar y amar de la misma manera. No, no había ni hay un  Amor, había y hay miles de millones de amores.”

El 8 de diciembre de 1876, un grupo de sublevados atenta, “por amor a la patria y al partido liberal”, contra la vida de los Vila en el Camellón de los Mártires. Allí, contra el propósito de los inconformes de borrar del mundo la prepotencia de los Vila, sólo muere uno de ellos: Agustín. Los demás –Manuel, Dionisio, Carlos-, se salvan. Camargo, Polo, Herrera y Severo Paut, los acusan, a los soberbios Vila, de “su insaciable gusto por el dinero y el poder” y de “creerse los dueños del mundo y de la vida de los hombres”. Les reprochan, y lo hacen con furia, el que a lo largo de su vida se hayan dado el gusto de “comprar el poder, y con el dinero comprar los periódicos, comprar la opinión de la gente, y con ese dinero delinear una manera de vivir en la que han definido qué es el bien y qué es el mal y qué se debe hacer y qué no”.

Dionisio Epifanio Vila, enamorado ahora de Dolores Pasos Polanco, se llena de rencor contra los autores del atentado del  8 de diciembre de 1876. Y el encono y el amor, juntos, le tuercen los cables de sus entendederas. Su corazón y su cabeza, no soportan la descarga de profundidad que Severo Paut, uno de los rebeldes del Camellón de los Mártires, deja caer sobre él y, obnubilado, le pega un tiro en la frente. Paut, antes de caer muerto, le había dicho: “Hoy sé que todos sus absolutos son relativos. Que, como absolutos, cumplían y cumplen la función de mantener el estado de cosas y preservan sus privilegios. Como relativos que son, pueden modificarse, y esa modificación depende de que nosotros, de este lado de la acera, decidamos dudar, rebelarnos, levantarnos un día y botar a la basura el manual de verdades que ustedes nos legaron”.

 Agónico y adolorido, y al parecer disgustado con Dolores, huye en barco a Inglaterra. Pero a mitad del trayecto, cuando los compañeros de viaje bajan al comedor y se queda solo en cubierta, se descuelga por la borda y, derrotado por su demonio caca, se le entrega al mar. Su cuerpo, jamás sale a flote. Su carga vital, construida con el herraje y el cemento armado de su arrogancia y su falta de compasión hacia el semejante, lo hunde en lo más profundo del océano. Y lo hace a cordel de lo que había escrito para su madre muerta: “no quiero repetir el patrón ni de mi padre ni de mi abuelo ni de mis antepasados, todos tan honorables, dignos, importantes y respetados, y del mismo modo, quienes por las mismas razones, son todos tan desdichados en el fondo, y todos tan decepcionantes. Lo que quiero, en fin, es sacarme de  mi carne, para vivir feliz sin los absolutos heredados, ese cuchillo lacerante que es la tradición de la nobleza”.

A Carlos Vila Pombo, la vida lo envuelve en uno de sus múltiples  torbellinos. Dionisio y él, “jugaban a aniquilarse el uno al otro”. Se envidiaban. Dionisio, en secreto, “no soportaba el mundo de Carlos, sus aires, sus gustos, sus palabras”. Y Carlos, a su vez, sufría “los aplausos  que el mundo le tributaba a Dionisio Vila”. A casa de Carlos Vila, el otro soporte del sueño de Sincerín, llega Estevan Camargo y le da a leer “El manual de sus verdades”, es decir, el cartabón de las verdades en que los Vila asientan su poder. Carlos Vila lo lee en silencio: “Amarás”, decían, como si amar fuera una obligación, y no amar, una afrenta. “No desearás”, decían, como si desear no fuera natural. “No robarás”, decían, y encarcelaban al que se robaba un pan, pero le hacían venias al que se robaba y se roba el erario público. “No matarás”, decían, pero ellos y ustedes mataban y mataron y matan bajo el pretexto de defender una patria que crearon y unas instituciones de las que viven, con un ejército al que volvieron necesario y autoritario, simplemente porque, esencialmente, los defiende a ustedes y a su tierra. Hoy sé que todos sus absolutos fueron relativos. Que como absolutos, cumplían y cumplen la función de mantener el estado de cosas y preservan sus privilegios. Como relativos que son, no obstante, pueden modificarse, y esa modificación depende de que nosotros, de este lado de la acera, decidamos dudar, rebelarnos, levantarnos un día y botar a la basura el manual de verdades que ustedes nos legaron”.Carlos Vila no aguanta el voltaje de este texto. En medio de sus delirios, días después de esta sesión, lo último que oye decir de labios del médico Duplat, mientras le inyecta un líquido, es que esto –la pócima-“habría de llevarlo a descansar”.

A Fernando Vila, lo arruinan su sensibilidad y su débil carácter. Silencioso, deja que sus hermanos le impongan sus decisiones. Por su modo de ser, parecido al de su padre, no llega en este mundo a ninguna parte, como se lo había vaticinado su hermano Carlos. Sin que nadie le tapara la boca, permite que Carlos y Dionisio, sus hermanos, resuelvan a su modo los conflictos de la familia. Con su complacencia, y por efecto de su pusilanimidad, su familia, enredada en una madeja de peleas, envidias e intereses, se “hunde a sí misma”.

Arrepentido de su pasividad, flagelándose y sintiéndose tan pequeño como una pulga, Fernando Vila se pega un tiro en la sien. El disparo resulta fallido. No muere ese día, pero sí, por otra causa, 24 horas después. Con el pretexto de no chocar de frente con una recua de mulas, da un giro brusco de cabrilla y se precipita a un abismo a poco de salir de Turbaco. Algo, una cascada de palabras pedregosas, las que oyó de Jacinto Roldán, es lo que lo hace salir literalmente de casillas: “Compraron la prensa, pues la prensa decía la verdad. Entonces comenzaron a decir y a ser la verdad por intermedio de sus periodistas. Compraron la Iglesia, las iglesias y los credos y la biblias, porque Dios era la verdad, y a Dios también lo compraron para venderlo después como un castigador si la humanidad no hacía al pie de la letra lo que ustedes decían que había que hacer, y como un bondadoso dador si se le obedecía a él, que siempre fue decir, a ustedes. Con él y por él impartieron su verdad, que era de conveniencia, a través de sus sacerdotes, desde el púlpito y de sus escrituras. Compraron la educación para preservar su sistema e impartir sus códigos. Compraron la moda y la patria, la ciencia, el arte y el pensamiento, el ruido y el silencio…Pero ante todo, y sobre todo, compraron la idea de que todo es inmodificable, cuando en realidad todo es modificable: la leyes, el amor, los dioses, la historia, e incluso, los hombres.”

Se lee en la novela que la historia de los Vila, se sintetiza en tres episodios: un tiro en la cabeza, un salto sin regreso a las profundidades del mar y un golpe de cabrilla a 40 kilómetros por hora. Está bien. Pero esa es la “espuma de los acontecimientos”.  Detrás de esas secuencias, está la noticia de un naufragio.  Está allí, narrado por múltiples voces, el hundimiento del acorazado “Sincerín”. Vencido por su pesada carga de soberbia, traiciones y mentiras, zozobra. No es el destino el que lo hace ir a pique. Son las circunstancias.

“Vivir, escribió Ibsen, es luchar contra los seres fantásticos que nacen en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro”. Los Vila no luchan contra esos seres fantásticos. Los alimentan. La idea de que lo único que da valor a la vida es la familia, el dinero, los apellidos, la clase y los ancestros, crece en ellos y les sorbe el alma. Enceguecidos por sus absolutos, no ven acercarse a sus predios la hidra de su decadencia.

Cuando quieren ponerse a salvo del vacío de su “lacerante tradición de la nobleza”, piden a gritos el bálsamo de la mentira. Dicen:“Miéntenos, por favor, miéntenos. Dinos, por favor, que jamás ignoramos que las refinerías, los vapores y el dinero, carecen de brazos para abrazar, de lengua para hablar y de labios para besar”. Pero ya es tarde para enmendar la plana: la verdad ha llegado en llamas a las puertas de su refinería. Su insensibilidad no les da la luz necesaria para comprender que los absolutos no son “asuntos que se llevan en la sangre”, como lo pregona con insistencia Dionisio Vila a lo largo de la novela. Por su carácter modificable, lo que le da sentido a la vida, según dice Ibsen, es luchar tesoneramente contra ellos.

Del contraste entre la ruindad y lo simbólico, surge la desconsoladora belleza de “Y, por favor, miénteme”. En esta obra, Fernando Araújo Vélez reseña la “parábola vital” de unos hombres que persisten, aún contra sí mismos, en ser lo que son. En sus páginas, el autor penetra en la trama de la vida de unos seres que hacen de su altivez y su arrogancia su punto de partida moral. Y del otro lado, en esta historia, está también, tejida con el hilo retorcido de la  ambigüedad propia del arte de escribir, la perversidad de unos individuos que se convencen a sí mismos, no de que tienen unos bienes, sino de que son un ingenio, unas acciones, unos fajos de billetes. Y está, asimismo, de este lado, una familia a quien la codicia del papel moneda, asumida como un absoluto, despedaza y arruina. Y todo esto me lleva a pensar que en la piel y en lo íntimo de estos personajes, y en pleno Caribe, parecen haber reencarnado, por aquello de los universalismos de la literatura, las obsesiones y las pasiones irresistibles de Balthazar Claes, el héroe metafísico de La búsqueda del absoluto, obra de Balzac en la que este protagonista destruye su familia a causa de su desvelo monomaníaco por hallar el secreto del absoluto.