La estación de la hiena parda

. Por: Wade Davis.
En Sílaba.

Quiero que las culturas de todas las tierras del mundo soplen con libertad absoluta a través de mi casa. Pero me niego a ser barrido por cualquiera de ellas.

Mahatma Gandhi

 

UNO DE LOS placeres más intensos de viajar es la oportunidad de compartir la vida de pueblos que no han olvidado las antiguas usanzas, que aún sienten su pasado en el soplo del viento, que aún lo palpan en las piedras pulidas por la lluvia y lo degustan en las hojas amargas de las plantas. El solo hecho de saber que en el Amazonas el chamán-jaguar continúa viajando más allá de la Vía Láctea, que los mitos de los ancestros inuit aún resuenan plenos de significado, que en el Tíbet los devotos budistas siguen aspirando alcanzar el aliento del Dharma, equivale a recobrar la revelación esencial de la antropología: la noción de que el universo social en el cual habitamos no existe en un sentido absoluto, sino que es un simple modelo de la realidad, la consecuencia de una serie de elecciones intelectuales y espirituales por las que optó nuestro linaje cultural, para bien o para mal, muchas generaciones atrás.

Pero ya sea que viajemos en compañía de los nómadas penan en los bosques de Borneo, con un acólito del vudú en Haití, un curandero en las alturas de los Andes peruanos, un caravanserai tamashek en las arenas rojas del Sahara, o un pastor con su rebaño de yaks en las cuestas del Chomolungma, todos ellos nos enseñan que existen otras opciones, otras posibilidades, otras maneras de pensar y de interactuar con el planeta. Es esta una idea que solo puede llenarnos de esperanza.

La miríada de culturas en su conjunto conforma un entramado de vida intelectual y espiritual que abarca todo el planeta y es tan fundamental para su bienestar como el entramado de vida biológica que se conoce como biósfera. Podríamos referirnos a esta red de vida social como una “etnósfera”, un término quizá mejor definido como la suma total de los pensamientos e intuiciones, mitos y creencias, ideas e inspiraciones a los cuales ha dado vida la imaginación del hombre desde los albores de la conciencia humana. La etnósfera representa el más valioso legado de la humanidad. Es el producto de nuestros sueños, la encarnación de nuestras esperanzas, el símbolo de todo lo que somos y de todo aquello que hemos creado gracias a la proverbial curiosidad y la asombrosa capacidad de adaptación de nuestra especie.

Y al igual que la biósfera, la matriz biológica de la vida, está siendo severamente erosionada por la destrucción de hábitat y la consiguiente pérdida de especies vegetales y animales, así mismo está ocurriendo con la etnósfera, solo que a una velocidad mucho mayor. Ningún biólogo sugeriría, por ejemplo, que el 50% de la totalidad de las especies están moribundas. Sin embargo este, el más catastrófico de los escenarios imaginables en lo que concierne a la diversidad biológica, es superado con creces por la hipótesis más optimista en materia de diversidad cultural.

El indicador clave, el canario en la mina de carbón, por así decirlo, es la pérdida de idiomas. Un idioma, desde luego, no es únicamente una serie de reglas gramaticales o un vocabulario. Es un destello del espíritu humano, el vehículo por medio del cual el alma de cada cultura llega al mundo material. Cada idioma es un bosque primitivo de la inteligencia, un hito del pensamiento, un ecosistema de posibilidades espirituales.

De las siete mil lenguas que se hablan actualmente, la mitad no se están enseñando a los niños. El resultado es que a menos que algo cambie, todas esas lenguas van a desaparecer durante esta generación. La mitad de los idiomas del mundo están en peligro de extinción. Detengámonos por un momento a pensarlo. Nada podría ser más solitario que verse rodeado de silencio, que ser el último representante de su gente capaz de hablar la lengua nativa, no tener manera de transmitir la sabiduría de los ancestros o de anticipar la promesa de los descendientes. Este trágico destino es, de hecho, la situación que cada dos semanas más o menos alguien debe confrontar en algún lugar del planeta. En promedio, cada quince días muere un anciano o anciana que se lleva consigo a la tumba las últimas sílabas de una lengua antigua. Lo que realmente significa esto es que en el transcurso de una generación o dos seremos testigos de la pérdida de al menos la mitad del legado social, cultural e intelectual de la humanidad. Tal es el trasfondo oculto de nuestra época.

Hay quienes preguntan muy desprevenidamente, “¿Y no sería el mundo un sitio mejor si todos habláramos el mismo idioma? ¿No se facilitaría la comunicación, haciendo más factible que nos entendamos?”. Siempre respondo, “Me parece una idea estupenda, pero hagamos que ese idioma universal sea el haida o el yoruba, el lakota, inuktitut o san”. De repente, la gente alcanza a vislumbrar lo que significaría no poder hablar su lengua materna. No soy capaz de imaginarme un mundo en el que no pueda hablar inglés, ya que no solo es un idioma hermoso, sino que también es mi idioma, la expresión total de lo que soy. Pero al mismo tiempo, no quisiera arrasar con las otras voces de la humanidad, con los otros idiomas del mundo, como si fuera una especie de gas neurotóxico cultural.

Los idiomas, por supuesto, han aparecido y desaparecido a lo largo de la historia. El babilonio ya no se habla en las calles de Bagdad, ni el latín en las colinas de Italia. Pero de nuevo la analogía biológica resulta útil. La extinción es un fenómeno natural, pero en general la especiación –la evolución de nuevas formas de vida– ha superado con creces a las pérdidas durante los pasados seiscientos millones de años, permitiendo que la tierra sea un lugar cada vez más diverso. Cuando los sonidos del latín se desvanecieron de Roma, encontraron una nueva expresión en las lenguas romance. Hoy en día, al igual que están desapareciendo animales y plantas en lo que los biólogos reconocen como una ola de extinción sin precedentes, también los idiomas están muriendo a tal velocidad que al desaparecer no dejan descendientes.

Mientras que los biólogos estiman que quizá el 20% de los mamíferos, el 11% de las aves, y el 5% de los peces se encuentran amenazados, y los botánicos anticipan la pérdida del 10% de la diversidad florística, los lingüistas y antropólogos son testigos de la inminente desaparición de la mitad de los idiomas en existencia. Más de seiscientos idiomas cuentan actualmente con menos de un centenar de hablantes. Y alrededor de 3.500 sobreviven tan solo en la voz de una quinta parte del 1% de la población mundial. Los diez idiomas predominantes, por el contrario, se siguen expandiendo y, en su conjunto, representan ahora las lenguas maternas de la mitad de la humanidad. El 80% de la población mundial se comunica con los 83 idiomas más predominantes. ¿Pero y qué de la poesía, las canciones y el conocimiento codificados en las otras voces, aquellas culturas que son los guardianes y custodios del 98.8% de la diversidad lingüística del globo? ¿Es la sabiduría que posee un anciano menos importante simplemente porque él o ella se la comunican a una audiencia de solo una persona? ¿Es el valor de un pueblo una simple correlación del número de personas que lo integran? Al contrario, cada cultura es por definición una rama vital de nuestro árbol genealógico, un repositorio de conocimiento y experiencia, y si se le concede la oportunidad, una fuente de inspiración y promesa para el futuro. “Cuando se pierde un idioma”, observó poco antes de su fallecimiento el lingüista del Massachusetts Institute of Technology Ken Hale, “se pierde una cultura, una riqueza intelectual, una obra de arte. Es como dejar caer una bomba sobre el Louvre”.

¿Pero qué es exactamente lo que está en juego? ¿Qué se puede hacer al respecto, si es que se puede hacer algo? En años recientes un buen número de libros han rendido homenaje al alcance global de la tecnología y de la modernidad sugiriendo que el mundo es plano, que uno no necesita emigrar para innovar, que nos estamos fundiendo en una única realidad dominada por un modelo económico específico, que el futuro se puede encontrar en todas partes y de manera simultánea. Cuando leo estos libros no puedo menos que pensar que debo haber estado viajando en círculos muy diferentes a los de esos escritores. El mundo que he tenido la fortuna de conocer, como espero que se demostrará en este libro, con la más absoluta certeza no es plano. Está repleto de cumbres y valles, anomalías curiosas y distracciones sublimes. La historia no se ha detenido, y el proceso de cambio y transformación cultural continúa siendo hoy tan dinámico como siempre. El mundo solo puede aparecer monocromático a los ojos de aquellos que insisten en interpretar lo que experimentan a través de un único paradigma cultural, el suyo propio. Para aquellos que tienen ojos para ver y corazón para sentir, la topografía del espíritu sigue siendo rica y compleja.