Revista Aleph No. 215. Año LIX (2025) I Por: Antonio García-Lozada
En la más reciente novela, El vientre de todas las guerras (Sílaba Editores, 2025), del ensayista, poeta y novelista colombiano Armando Romero construye una compleja arquitectura narrativa mediante el entrelazamiento de dos relatos paralelos que, si bien se desarrollan en un amplio marco histórico y sociocultural, conservan su autonomía estructural. Esta estructura narrativa no solo enriquece la pluralidad de la novela, sino que también le permite al autor explorar múltiples temporalidades y geografías. Inserta inicialmente en el género histórico, la novela transita por los siglos XIX, XX y XXI, situándose tanto en el entorno colombiano como en otras áreas territoriales. A lo largo de la obra, Romero incorpora fuentes bibliográficas —en su mayoría centradas en el siglo XIX colombiano— que profundizan el trasfondo histórico y corroboran la verosimilitud de los relatos. Asimismo, la inclusión de personalidades colombianas reconocidas junto a figuras marginadas u olvidadas amplía el horizonte nacional que genera una fusión original entre la ficción literaria y el rigor documental, confiriéndole al texto una notable solidez interpretativa.
El primer relato de la novela se inicia con un diálogo entre dos de los personajes centrales: Aminta y Ariel, en el cual este último expresa su deseo de conocer con mayor detalle la vida de su abuelo, Primitivo, quien es también protagonista cardinal en el segundo relato (p. 11). Tanto Primitivo, conservador, como su hermano Pacífico, liberal, se desempeñan en ese relato como ejes estructurales de la narración, permitiendo una exploración de variados episodios históricos del siglo XIX que definieron no solo la historia del suroccidente colombiano, específicamente el Gran Cauca, sino también en el territorio nacional.
En su anhelo por comprender estos acontecimientos, Ariel emprende una rigurosa investigación documental como parte del esfuerzo por comprender los acontecimientos históricos que lo inquietan. Esta investigación, sustentada en la consulta de archivos y textos históricos, se convierte en la base para la elaboración de un proyecto literario: una novela que busca articular la memoria individual con los notables relatos nacionales. Paralelamente, en el segundo relato, el texto traslada al lector a la segunda mitad del siglo XIX, período caracterizado por una nación desgarrada debido a los funestos enfrentamientos entre liberales y conservadores.
Romero reconstruye con agudeza los días sombríos de una Colombia fracturada, valiéndose de una fusión entre datos históricos verificables y una narrativa ficcional que penetra en las dinámicas del poder regional, las conspiraciones políticas y los mecanismos de corrupción financiera. La minuciosidad descriptiva y el desarrollo de los personajes permiten una inmersión profunda en un contexto marcado por la repugnante desigualdad social y la violencia, ofreciendo así una representación vívida de una época particularmente turbulenta de la historia colombiana.
La representación del abuelo Primitivo actúa como un nexo simbólico entre los dos relatos que se van trenzando a través de capítulos alternantes. Este personaje es evocado como una figura fantasmal (p. 12), cuya intangibilidad suscita un sentimiento de orfandad intelectual y afectiva para Ariel, al no contar con un testimonio de primera mano sobre su participación en las guerras civiles del siglo XIX en Colombia. Sin embargo, la ausencia de esta memoria viva se convierte en el punto de partida de una pesquisa bibliográfica que trasciende el ámbito familiar, orientándose hacia una reconstrucción crítica del pasado nacional. Esta es la búsqueda iniciada por Ariel quien apunta a una comprensión objetiva de los procesos históricos que fueron configurando la Colombia contemporánea. Paralelamente, el primer relato se ve atravesado por la relación afectiva entre Ariel y Aminta, quienes se conocen inicialmente a través del “internet en la plataforma digital Tinder y afianzan su vínculo posteriormente en Andalucía” (p. 15). Encuentro fortuito que consigue una función orgánica en el desarrollo de la novela, al operar como catalizador de una transformación intelectual en Aminta: inicialmente enfocada en el estudio de la política española; pero que reorienta su interés hacia las problemáticas de violencia y justicia social en Colombia durante los siglos XIX y XX, motivada por su relación amorosa con Ariel. Esta nueva perspectiva la conduce a integrarse a una organización no gubernamental (ONG) con sede en Madrid, desde la cual aborda su investigación sobre el racismo, el conflicto armado, el narcotráfico y las afinidades ideológicas entre figuras políticas colombianas como: Luis López de Mesa, Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez (pp. 16, 35, 48), y el régimen franquista, identificado por ella como una de las raíces estructurales de los conflictos persistentes en el país andino. De este modo, Romero utiliza este procedimiento para entrelazar la investigación bibliográfica y lo afectivo en una doble línea narrativa que permite una articulación fluida entre los hechos sucedidos en el presente narrativo o en el pasado evocado a través de la narración.
En ambos relatos se narran episodios significativos de la historia colombiana del siglo XIX, una época caracterizada por condiciones de precariedad tanto en las zonas rurales como en los centros urbanos, donde la supervivencia se constituyó en una lucha cotidiana. En ese contexto histórico, la muerte adquirió una centralidad emblemática que la convirtió en un leitmotiv transversal a las prácticas culturales de la época, por tensiones sociales, violencia estructural y experiencias colectivas por el desarraigo y la incertidumbre. A partir de esta representación, Armando Romero no solo reconstruye un pasado convulso, sino que también problematiza el discurso de la historia oficial, ofreciéndonos una lectura que nos ilumina sobre las dinámicas de poder que condicionaron la vida de la población colombiana más allá de su voluntad individual. En este sentido, los intereses políticos y económicos, junto con la persistencia de las luchas armadas, aparecen como elementos estructurales de una configuración social que conserva patrones de dominación perpetuados hasta el actual siglo XXI.
Si bien los círculos gubernamentales planearon algunas transformaciones, a partir de la independencia en 1810, las prácticas ejercidas por la consolidación de poderes familiares, el autoritarismo de los terratenientes, y la sistemática desvalorización de la vida humana aún subsisten. Esta continuidad de injusticias es explicitada por Ariel y Aminta, al declarar que: “…el país ya había aprendido a matarse. (…) En Colombia nada ha cambiado” (p. 21). Esta enunciación condensa la tesis central de la obra: el malestar social no es una rareza, sino un componente de la historia colombiana, inscrito en la memoria colectiva como una característica que se reitera sin ruptura.
Armando Romero configura una estructura narrativa que adquiere una cohesión creciente a medida que se desarrollan los acontecimientos bélicos, especialmente aquellos de índole fratricida. La conexión entre los dos primeros relatos no solo garantiza una continuidad formal, sino que también despliega una trama densa de personajes y eventos históricos que cuestionan y reformulan el imaginario literario colombiano. Un pasaje especialmente revelador, y de por sí sorprendente, es la aparición de Jorge Isaacs, célebre autor quien es representado no únicamente como evocada figura literaria, sino como un combatiente implacable en la batalla de Los Chancos. Esta representación donde Isaacs aparece “atrincherado entre matorrales, disparando sin cesar (…) y matando gente con su rostro romántico y bondadoso” (p. 70) subvierte de manera radical la imagen tradicional del autor, desplazándolo hacia una zona ambigua, violenta y contradictoria, que entra en tensión con la sensibilidad lírica y sentimental que ha definido su novela más celebrada.
La escena referida en la novela de Romero no obedece a una invención arbitraria, sino que es el resultado de una rigurosa labor de documentación, en la cual el autor incorpora episodios marcados por la violencia política. Este trabajo de reconstrucción histórica se articula mediante la inclusión de figuras literarias que participaron activamente en la lucha armada, dotando al relato de una dimensión política y testimonial. Junto al personaje de Isaacs, emergen otras figuras como el momposino Calendario Obeso y el chocoano César Conto, quienes, al igual que Isaacs, comparten la doble condición de escritores y combatientes. Esta estrategia narrativa no solo fortalece la verosimilitud histórica de la novela, sino que también interpela los límites entre historia, literatura y ficción. En este sentido, la obra de Romero puede leerse como una intervención crítica en el campo del discurso histórico-literario colombiano, en tanto propone una relectura de figuras canónicas desde una perspectiva que revela las tensiones ideológicas y existenciales que marcaron tanto sus trayectorias vitales como sus producciones intelectuales.
A tenor de lo anterior, en este primer relato se advierte una marcada dimensión autorreferencial, que se intensifica a través de una anécdota significativa. Ariel le comparte a Aminta un hallazgo obtenido mediante el uso de una herramienta de inteligencia artificial —concretamente, ChatGPT— que hace referencia al escritor Jorge Isaacs, de quien se dice que “le disparó a los godos y de seguro se llevó unos cuantos (…) -y escribió poemas- culpando a la iglesia católica por la violencia política” (p. 73). Estos pasajes introducen un recurso intertextual al articular tecnologías digitales contemporáneas con episodios históricos del siglo XIX, estableciendo así un diálogo entre distintas temporalidades que subvierte la linealidad narrativa. Y la inteligencia artificial presenta un cuadro completamente distinto. La reacción de Ariel ante dicha revelación contiene una crítica incisiva: “los colombianos fuimos contagiados por la inteligencia artificial autoritaria, dictatorial, desde el siglo XIX. Tal vez por eso somos así, el enemigo anda por todo nuestro rededor como un virus y ahora ya se parece a nosotros mismos” (pp. 75, 76). Esta afirmación no solo cuestiona el legado autoritario que atraviesa la historia nacional, sino que también sugiere que la violencia constituye un componente estructural de la identidad colectiva. En consonancia con esta reflexión, Ariel rememora a Porfirio Barba Jacob, quien sostenía que “las guerras civiles eran la universidad de los colombianos” (p. 181), reforzando así la idea de una pedagogía de la violencia como forma de socialización histórica. En conjunto, estos elementos permiten interpretar que la novela construye las guerras como alegorías del autoritarismo estructural en Colombia, al tiempo que representa la fragilidad de la vida como un virus transgeneracional, inscrito incluso en las plataformas tecnológicas del siglo XXI.
Ahora bien, es preciso señalar que otro de los encumbrados personajes que hallamos desde el comienzo de la novela, junto a Primitivo, es Ernesto Cerruti, a quien se le describe como “el hombre más rico de Cali, quizás de todo el Estado del Gran Cauca. Masón y liberal radical (…) y estaba casado con la nieta de Tomás Cipriano de Mosquera” (pp. 14, 19). Esta descripción trasciende lo anecdótico para desenmascarar las complejas interrelaciones entre poder económico, filiación ideológica y redes de parentesco. A través de la figura de Cerruti, Romero articula una denuncia a las estructuras históricas de dominación en Colombia, especialmente aquellas consolidadas desde el siglo XIX. Cerruti encarna la figura de una élite hegemónica que ha perpetuado su influencia mediante la concentración de capital, la ocupación de cargos políticos estratégicos y la reproducción de vínculos endogámicos y matrimoniales. Así, más que un personaje individual con acceso al poder, Cerruti se configura como representante de una clase dirigente cuya persistencia ha moldeado los distintos rostros del autoritarismo en la historia política colombiana. No obstante, Cerruti es una figura dual, contradictoria, porque como antiguo luchador con Garibaldi en la formación de Italia, es liberal progresista, republicano, anticatólico, abocado a las ideas de libre expresión, divorcio, libre educación, etc.
Además, la explícita referencia de personajes como Tomás Cipriano de Mosquera —quien presidió la República en cuatro ocasiones—, junto con personalidades centrales del canon político colombiano como José Hilario López, Rafael Núñez, José Eusebio Caro y Miguel Antonio Caro, trasciende el simple interés de dotar al relato de verosimilitud histórica. Estas personalidades políticas conformaron un círculo monstruoso, maestros de la mentira, la ambición que, desde el poder implementaron objetivos nefastos para la sociedad colombiana. Esto se demuestra en una dimensión más profunda con la referencia del matrimonio por lo civil del empresario italiano Ernesto Cerruti con Emma Mosquera Davies (p. 31), nieta de Mosquera, con lo cual se confirma la continuidad de prácticas endogámicas por parte de las clases dominantes. Así, Romero nos desvela cómo estos contubernios han servido para consolidar una estructura de autoridad cerrada, resistente a cualquier impulso transformador y excluyente de toda aspiración democrática amplia.
Cabe subrayar que Armando Romero establece sabiamente una articulación significativa entre la reflexión sociopolítica colombiana y la vida diaria de Aminta y Ariel en Madrid. Lejos de que la capital española actúe como un simple telón de fondo, se le configura como un espacio polifacético, donde lo personal y lo legendario se entrelazan mediante una mirada etnográfica que dota de dinamismo y densidad simbólica al relato. Esta mirada se manifiesta en múltiples niveles: en los diálogos con amistades, en las descripciones detalladas de vitrinas y mercados, en referencias sociolingüísticas precisas, así como en una serie de imágenes vinculadas al disfrute gastronómico. No obstante, este registro no está exento de una dimensión crítica: a pesar del aparente cosmopolitismo y polifonía narrativa, Madrid es leída por Romero desde una óptica comparativa que permite revelar las resonancias de las miserias de la sociedad que también son comunes en las urbes colombianas. Así, el autor desborda los marcos del “costumbrismo” para inscribir su narrativa en un espacio transnacional donde lo local y lo global se reflejan y problematizan mutuamente.
La representación de Madrid trasciende su dimensión meramente funcional para convertirse en una topografía emocional e ideológica, marcada ineludiblemente por tensiones individuales o sociales. La ciudad se presenta como un espacio ambiguo, oscilante entre la rigurosidad geométrica del urbanismo y las irrupciones de inesperado barullo, lo cual se traduce en lo que el narrador describe como “sorpresas barrocas, manieristas (…) en una mezcla de geometría rigurosa, lineal (…) que trasnocha entre bourbon, marihuana, heroína, cocaína” (pp. 93, 106). Esta oscilación espacial no solo delimita el escenario narrativo, sino que funciona como un correlato simbólico de la interioridad fragmentada de los personajes, en especial de Ariel. Su experiencia urbana se ve teñida por una nostalgia persistente hacia Colombia, que imprime una tonalidad melancólica a su percepción de la ciudad europea. Sin embargo, los recuerdos de Cali —como las evocaciones de “las noches de baile en la Matraca” (pp. 104, 105) o cuando “arañaba la historia que se le venía en retazos” (p. 105)— atenúan temporalmente la tristeza derivada del exilio, estableciendo una dialéctica afectiva entre pasado y presente.
En contraste, Aminta experimenta un sentido de regocijo intelectual tras publicar un artículo sobre la lectura semiológica de dos películas de Franco con el apelativo “raza” (p. 106); texto que resuena en Ariel por su entendimiento de trazar paralelos entre el racismo franquista y los malestares raciales en Colombia (p. 112). Este diálogo entre las vivencias personales y las problemáticas globalizadas constituye una de las claves de lectura que Romero nos entrega para entender la convergencia crítica entre los dos contextos nacionales, confirmando el carácter dialógico y transnacional de su propuesta narrativa.
En afinidad con el artículo semiológico de Aminta, y en un nivel inmediato, la representación de la Iglesia católica colombiana emerge como una fuerza oscurantista en el segundo relato, cuya influencia se remonta a la colonia y ha jugado un papel crucial en la consolidación de un sistema dogmático, autoritario y conservador en el siglo XIX. La Iglesia aliada con sectores conservadores quienes perpetúan diversas formas de opresión, como la esclavitud, el racismo, el control educativo y soporte en la configuración de un proyecto nacional centralista. Este contexto se hace explícito a través del diálogo entre Primitivo y Fortunato, donde se afirma que: “los conservadores quieren restaurar todos los poderes de la Iglesia, devolverles la tierra confiscada a los curas y dejar en sus manos la educación” (p. 240). Dicha declaración no solo refleja la influencia de la Iglesia en los asuntos del Estado, sino que también señala la resistencia que se dio entre los grupos liberales, mayoritariamente compuestos por personas de origen africano, indígena y mestizo, frente a un sistema político y social dominado por una élite conservadora y blanca.
Este hecho sobre raza, identidad nacional y exclusión social lo acentúa Aminta cuando se encuentra con el libro Nuestras razas decaen: algunos signos de degeneración colectiva en Colombia (1920), del psiquiatra Miguel Jiménez López. Este tratado, del pensamiento eugenésico y determinista de la época, es utilizado por Romero para incorporar la problemática de las raíces ideológicas del racismo científico en Colombia, y su rol en la consolidación de un orden social excluyente. Ariel, en un tono irónico, desacredita las tesis de Jiménez que atribuyen las guerras civiles del país a supuestas deficiencias biológicas como el “enanismo” y la “dimensión del cráneo”. Con ello, se puntualiza una crítica explícita a la perspectiva reduccionista que atribuía los males sociales a la herencia genética, ignorando las estructuras históricas de poder político e injusticia social. La novela denuncia así las formas en que la conducta humana ha servido para legitimar la marginación, o el racismo, de los grupos subalternos —indígenas, afrodescendientes y mestizos empobrecidos—, al tiempo que subraya la necesidad de repensar los fundamentos sobre los cuales se ha construido la identidad nacional.
La novela de Armando Romero se inscribe dentro de una tradición literaria que no solo se centra en compartirnos episodios históricos del conflicto colombiano, sino que trasciende de variadas discrepancias religiosas para revelar una problemática social, particularmente nociva en Colombia: los abusos del estamento religioso. Y no es sólo una aversión a los abusos, sino por la calidad literaria con que Romero la expresa expurgado de toda grandilocuencia moral. Botón de muestra es la representación de la pugna política del siglo XIX, particularmente expresada a través de la figura de Tomás Cipriano de Mosquera, quien concibe el enfrentamiento con los conservadores de Antioquia y Tolima no meramente como una disputa territorial, sino como un conflicto de orden religioso y civilizatorio. En esta línea, el texto alude a la influencia del Syllabus Errorum (1864) del papa Pío IX, documento en el que se condena el liberalismo, la masonería y otras corrientes modernas como amenazas existenciales para la Iglesia católica. El lenguaje apocalíptico utilizado por el pontífice —quien describe estas ideologías como “sectas salidas de las tinieblas del infierno, las cuales había que destruirlas a como diera lugar.”— (p. 62), refleja la percepción conservadora de una lucha entre el bien, representado por la Iglesia y sus aliados políticos, y el mal, encarnado por el liberalismo secular. La novela, en este sentido, evidencia cómo se marcó profundamente la historia política y cultural del país, dejando heridas abiertas en el tejido social colombiano.
Como ya hemos anotado, en El vientre de todas las guerras se articulan dos líneas narrativas que, desde diversas dimensiones y registros, dialogan entre sí para construir una propuesta literaria cohesionada. La primera de estas líneas está conformada por la labor documental emprendida por los personajes Ariel y Aminta, quienes se dedican en principio a investigar las guerras civiles colombianas del siglo XIX. A través de esta indagación, se revelan episodios que han sido silenciados, o tergiversados, en un claro ejercicio de recuperación de la memoria nacional. Este enfoque no solo denuncia hechos reprobables del pasado, sino que también plantea interrogantes sobre las problemáticas que, en distintas formas, siguen incidiendo en la Colombia contemporánea. Paralelamente, la novela introduce la perspectiva de Primitivo, personaje central del segundo relato, quien encarna las angustias y los desasosiegos propios de un país fracturado. Su voz, impregnada de pesimismo y desencanto, da cuenta del terror vivido en esa época, como lo evidencia su afirmación: “A este país se lo llevó el diablo” (p. 332). Esta segunda dimensión narrativa, en su tono subjetivo y confesional, complementa el rigor documental del primero, ampliando así el horizonte interpretativo de la novela.
En el entrelazamiento de voces y tiempos, emerge una tercera figura narrativa que introduce un giro notable en la estructura del relato: la irrupción de Clarice, una joven brasileña secuestrada, y amenazada de muerte, por una sociedad secreta de origen ruso. Este episodio, marcado por la tensión y el suspenso, incorpora elementos propios del “thriller” contemporáneo, abriendo la novela hacia una trama de carácter geopolítico y transnacional. La inclusión de esta subtrama no solo expande el alcance temático de la obra, sino que complejiza su estructura, cambiando las fronteras entre la ficción histórica y el relato de espionaje. Así, Romero propone una narrativa híbrida, donde el pasado nacional y las dinámicas del presente globalizado se entrecruzan, dando lugar a una reflexión crítica sobre las múltiples violencias de alcance geopolítico y transnacional.
La inclusión de Clarice no constituye un mero desvío argumental, sino que redefine el núcleo temático de la novela, al incorporar problemáticas globales de gran relevancia, como la criminalidad internacional, la migración forzada y el tráfico de personas. A través de este personaje, Romero ofrece una crítica profunda sobre la violencia estructural, que, lejos de circunscribirse a las fronteras latinoamericanas, se despliega como una red transnacional de exclusión y amenaza. De este modo, la obra va más allá de cualquier intento de clasificación genérica, proponiendo una narrativa polifónica en la que se entrelazan la memoria histórica y las tensiones ético-políticas del presente globalizado.
La respuesta solidaria que suscita la situación de Clarice por parte de Ariel, Aminta y sus amigos en Madrid —Celso y Patricia— aporta una dimensión ética fundamental al relato. Esta solidaridad se manifiesta de forma concreta en la decisión de ocultar a Clarice en espacios marginales de la ciudad, invisibles dentro del mapa urbano convencional. Dicho gesto, lejos de ser anecdótico, habilita una crítica profunda sobre las condiciones de habitabilidad en las grandes ciudades europeas y las políticas urbanas excluyentes. Romero recurre al concepto de “okupación” como herramienta narrativa para explorar el malestar comunitario en que refugiados, migrantes y disidentes invaden inmuebles abandonados como forma de resistencia ante el orden inmobiliario neoliberal.
Desde una perspectiva semiótica, El vientre de todas las guerras se presenta como una narrativa que explora los modos en que el espacio urbano puede convertirse en un escenario de disputa de pasiones grupales. En particular, la novela despliega el problema de la “okupación” como una forma de insubordinación que subvierte las jerarquías impuestas que impregnan el derecho a la vivienda. A pesar de ese trasfondo contestario, la novela evita caer en idealizar esta forma de disidencia. La narrativa enfatiza la ambigüedad que acontece en estos territorios, donde la instrumentalización de espacios deshabitados por redes criminales, como organizaciones mafiosas transnacionales, desdibuja el potencial emancipador del fenómeno “okupa”. Esta tensión entre emancipación y captura refleja los límites de la resistencia en contextos marcados por violencias estructurales. Así, la obra, ajena al compromiso ideológico, se configura como una propuesta literaria que desestabiliza las convenciones genéricas tradicionales al articular historia, violencia, suspenso y denuncia social. La narrativa de Romero conjuga lo local con lo global, lo histórico con lo contemporáneo, en una apuesta por explorar los múltiples rostros escondidos de la violencia contemporánea y los intersticios aún disponibles para la resistencia.
La figura de Clarice se erige como eje estructurador de esta trama, operando como un prisma desde el cual se revelan las fracturas y fragilidades de las redes de protección informal en contextos de persecución, violencia y desarraigo. Su tránsito por ciudades como Toledo, Salamanca y Venecia no solo articula una movilidad espacial significativa, sino que introduce una dinámica narrativa cercana al vértigo del llamado género “thriller o noir”, sin perder el rigor bibliográfico caracterizado por Ariel y Aminta. En esa confluencia entre la investigación de los conflictos armados colombianos y la persecución personal que enfrenta Clarice, se configura una arquitectura narrativa compleja, en la que pasado y presente, archivo y acción, se entrelazan para construir una indagación urgente sobre la persistencia del inmenso malestar social y sus mutaciones históricas.
Por otra parte, la inclusión del personaje de Gravel —presunto agresor de Clarice y jefe de la sociedad secreta rusa— añade una capa adicional de intriga, al vincular acontecimientos históricos disímiles a través de la figura de “la Garduña”, una organización criminal desaparecida en la España del siglo XIX y resurgida luego en el marco de los conflictos colombianos. Este recurso revela los poderes subrepticios de estas redes internacionales que trascienden las barreras temporales y geográficas, y reproducen lógicas clandestinas que configuran las dinámicas sociopolíticas contemporáneas. Así, las historias individuales participan en tramas históricas de largo alcance, revelando el carácter sistémico de la opresión.
Frente a este entramado de intimidaciones, la salvación de Clarice se articula desde una dimensión distinta: la del afecto, la amistad y la lealtad. La figura de Ariel —personaje solidario que la protege— desempeña un papel crucial al enviarla a Venecia, ciudad que funcionaría tanto como refugio simbólico como real. En este sentido, la geografía se convierte en un auténtico dispositivo narrativo que participa activamente en la construcción del sentido. Venecia, con su estructura líquida y su naturaleza enmascarada, encarna los enigmas y ambigüedades que atraviesan la novela, haciendo de lo espacial un correlato de las tensiones éticas, políticas y existenciales que configuran el relato.

El vientre de todas las guerras excede, por tanto, los límites del “thriller” detectivesco o de la novela histórica, proponiendo una reflexión amplia y profunda sobre los pliegues más complejos de la condición humana. La novela de Romero se sitúa en una tradición literaria que desafía las taxonomías convencionales, articulando una narrativa de múltiples capas en la que lo épico, lo dramático y lo poético se entrelazan con notable eficacia. Esta hibridez formal no es un mero recurso estético, sino una estrategia deliberada que responde al deseo de representar la complejidad del mundo contemporáneo.
En este marco, Romero elabora una obra que transgrede los límites temporales del siglo XIX colombiano, e integra dimensiones sociopolíticas, culturales y literarias. La inclusión de figuras históricas, escritores hispanoamericanos y otros personajes de diversos oficios refuerza la vocación enciclopédica de la novela, que se propone como una suerte de “novela total”. La crítica al proyecto de nación promovido por las élites conservadoras se manifiesta a través de enunciados que denuncian la violencia fundacional. Tal es el caso de la cita del personaje Ariel a Miguel Antonio Caro, quien es parodiado como símbolo de una herencia intelectual que traicionó los ideales de libertad y pluralismo: “Patria te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo” (p. 245), versos que son calificados como expresión de un patriota fallido, sumido en la mediocridad poética y política.
En paralelo, Aminta, personaje central, emprende una indagación documental que oscila entre lo absurdo y lo conmovedor a otro nivel, al interesarse en el proceso de paz colombiano. Aminta ironiza esta participación al señalar que “los colombianos que tanto querían la paz ahora la atacaban con garras y dientes” (p. 298), lo cual permite evidenciar la contradicción inherente a propuestas de reconciliación. Pero, ya a más de un siglo, Rafael Núñez había dicho “que la constitución del 63 no existirá más, pues tampoco existirá más la paz en este país, se lo aseguro” (285). Este tipo de observaciones dota a la novela de una densidad simbólica que trasciende lo anecdótico para situarse en el plano de la cruda realidad colombiana: pasada y presente.
Romero logra articular todas estas tramas sin perder de vista el trasfondo histórico y emocional que las sostiene. La propuesta final de Ariel de refugiarse en la isla griega de Ikaría —asociada históricamente con el exilio comunista— (p. 336) introduce un cierre simbólico que reafirma la condición de desplazamiento y exilio de los protagonistas. Este desenlace se contrapone, además, con la exclamación final de Primitivo: “¡Perdimos Panamá, carajo!” (p. 334), evocando otra pérdida territorial que marca un hito en la historia de desmembramiento del país. Ambas escenas funcionan como clausuras narrativas complementarias y que subrayan la imposibilidad de cierre total frente a las heridas históricas.
La novela se nos presenta como una razonable invitación para pensar y actuar desde alternativas pacíficas frente a la opresión histórica y la violencia que ha marcado a Colombia. Con una prosa cargada de sensibilidad humana, Romero se inscribe en una tradición literaria comprometida con la preservación de la memoria colectiva y la reivindicación de la justicia y la dignidad.
En este marco, su obra abre un espacio donde la palabra —sostenida por la imaginación y la verdad— se alza como una forma de resistencia frente a la barbarie.
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