Si tuviera que escoger una palabra que definiera los cuentos que integran el nuevo libro de Elsa Vásquez, sería “deliciosos”. Porque su lectura se asemeja a degustar un postre o beber un licor suave que, no obstante, embriaga poco a poco. También hay una delicadeza en sus palabras, en cómo hila las voces de sus personajes, semejante al placer de abrigarse bajo las cobijas en una noche lluviosa y dejar que venga el sueño. Deliciosos.
La lectura de Todavía vuelan las sábanas también es divertida. Sus personajes son pícaros, rebuscadores, gentes que le meten el pecho a la brisa con una sonrisa, muchas veces sardónica. Algunas de estas vidas son trágicas, signadas por la pobreza, la soledad, la violencia, pero nunca desfallecen, sino que exploran el reblujo de la existencia en busca de lo bello, el amor, la familia, los amigos, un buen libro (valga la redundancia) para darle sentido a la existencia y continuar hasta sus últimas estancias. Y cuando uno conoce a Elsa en persona, se da cuenta de que esa sonrisa cálida que hay en este libro es la suya propia, con la que saluda tanto a los viejos conocidos como a los nuevos.
Por otro lado, estos cuentos están muy bien escritos. Es difícil definir dónde radica esa experticia narrativa que es evidente en este libro, porque a veces nos resulta más fácil señalar lo que no funciona, los tropiezos, las torpezas, lo corregible. Y precisamente la ausencia de todo eso me hizo sentir que estaba ante una gran autora, porque todos los recursos narrativos funcionaban perfectamente, porque no había tropiezos sino un paso armónico y grácil, porque hay una elegancia innegable en cada frase y un manejo preciso de cada elemento compositivo del lenguaje (sujetos, adjetivos, verbos, preposiciones…), así como de los más propios del lenguaje literario (personajes, metáforas, juegos literarios, voces narradoras…).
Pero más allá de los análisis literarios a los que este libro pueda estar sometido en el futuro, como toda obra literaria sobresaliente, debo agradecer la disposición de la autora a contar historias por el simple y primitivo acto de narrar. Como si estuviéramos de nuevo ante el fuego, en una noche estrellada, asustados por los ruidos que vienen más allá de la oscuridad, y un relato nos acompañara, nos hiciera reír, llorar, preocuparnos por personas inventadas, quererlos un poco en su humanidad. Elsa Vásquez nos convoca junto al fuego, a sentarnos en la cocina de la abuela o en el patio de la casa de la infancia a escuchar atentamente unas historias vívidas y bellas, escritas con la alegría y el placer de quien ama abiertamente la literatura y la vida misma.
Rubelio López
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