Reseña de Ninguna parte también es un lugar, de la escritora Luz Helena Cordero, un libro que reúne crónicas de viaje que desbordan sensibilidad, lucidez y amor por la vida. Con una prosa cuidada y evocadora, Cordero nos invita a recorrer, desde la mirada de una viajera-poeta, paisajes tan diversos como Las Vegas, la Patagonia, Guatemala, Estambul o Moscú.
Por: Claudia Patricia Mantilla Durán | En: Revista Encuentros. Ciudad, medio ambiente y territorio | Edición 49 | Junio-Julio de 2025
La primera vez que leí el libro Ninguna parte también es un lugar, de la escritora Luz Helena Cordero fue para presentarlo en el marco de Ulibro, la feria del libro de Bucaramanga en 2024. Conocía el talante de la poeta y sentía mucha curiosidad por adentrarme en sus formas de concebir la escritura de la crónica. Si bien, ya había leído Unas cuantas tiernas imprecisiones donde los viajes son igualmente revisitados por su memoria, sabía que esta nueva inmersión me depararía sorpresas. En la charla que sostuvimos en la feria habló de la periodista y escritora estadounidense Nellie Bly, precursora de la crónica de viajes escrita por mujeres, y una de las primeras en viajar sola alrededor del mundo, siguiendo los pasos sugeridos en La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne.
Hace poco volví al libro de Luz Helena Cordero para detenerme en dos crónicas: Escalofrío, y No basta con no ser ciegos. Una vez más me asombró su capacidad de entrever en el relato de viajela posibilidad de entretejer la memoria íntima con la historia del lugar. Escalofrío es un relato vertiginoso e implacable presentado en contrapunto con el poemario Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Un recorrido por Las Vegas, en el que se lee:
Las Vegas es la ciudad de los excesos, el mundo de la hipérbole, de los valores exponenciales (…) allí están los freeways que nos impelen a penetrar en la metrópoli de neón y a dejarnos arrastrar por los tentáculos de la ciudad. “Welcome to Faboulous Las Vegas, Nevada”. Es ese instante cuando siento el escalofrío (…) Bienvenidos para ver los tristes leones de la metro goldwyn Meyer, que en su sopor no creen ser ciertos en medio de tanto artificio.
Cómo no extender el “escalofrío” a toda una mentalidad que pretende ser dueña del mundo, cuando el exceso es la medida y el delirio de control no tiene límite. En definitiva, una crónica desazonadora, brutalmente certera:
No es la calle helada de Las Vegas, es el roce yerto de los cuerpos. No es la guerra, es el temblor del escarabajo anónimo que todos pisotean. No es la selva, es la agitación de los estómagos en grandes toneles de alimentos que se pudren dentro de los vientres grasosos. No es el horror, son las cloacas de los hoteles atragantados de usura. No es el odio, es la opulencia de los desperdicios. No es el reino fantástico, es el paroxismo de la electrónica, la angustia de que el tiempo no pase, de que todo se mueva hasta el infinito y atrape la voz y la conciencia.
En sus relatos aparecen constantemente guiños a escritores y escritoras que han sido significativos en su vida, los amores poéticos que a su vez se constituyen en figuras tutelares para la historia y la construcción de identidad de las geografías que nombra: José Saramago y Fernando Pessoa; Álvaro Cunqueiro, Antonio Machado y Federico García Lorca; Pablo Neruda, Raúl Zurita y Vicente Huidobro, Dulce María Loynas y José Marti, Nélida Piñón, por mencionar algunos. Se comprende entonces cómo fueron decididos estos viajes. Sus lecturas fueron los primeros tiquetes de abordar. Si el azar viró la dirección del trayecto, el nuevo camino fue recorrido de manera literaria, tanto en la capacidad de observación del mundo circundante como en la manera poética de narrarlo.
Evidentemente hay un yo implicado en estas crónicas, pero ya se sabe el amplio compás que puede abrirse entre la crónica y el yo biográfico. Por ello, considero un acierto la forma en que Luz Helena Cordero asume múltiples voces en la asunción del viaje, encontramos la voz del viajero, o de los viajeros, y para ello se apoya en José Saramago quien se define como: “el viajero”, también encontramos la voz propia, nítidamente personal de su ser sintiente en medio del recorrido, tal como sucede en No basta con no ser ciegos, verso de Pessoa -de Alberto Caeiro para ser exacta-, que titula su crónica:
Cuando le pregunté a Viviana si quería acompañarme en este viaje a Lisboa, empezó a saltar (…) Era la oportunidad de reencontrarme con la ciudad de la saudade, veinte años después de apenas haberla rozado (…) Este gallego nos contó la historia de Alfama, su origen árabe y musulmán, al-hamma, alfamm, baños o fuentes. Quien no conoce ve laberintos que serpentean, que se empinan por escalinatas que conducen al extravío.
El relato intercala la memoria de su primera visita a Portugal con las sensaciones del nuevo recorrido. Destaca su llegada a la casa del escritor Fernando Pessoa en la Rua Coelho da Rocha 16:
Penetro por corredores oscuros, oigo el crujir de la madera, veo paredes forradas con cuadros, en un rincón imagino su sombrero. Habitaciones con vidrieras, carteles, afiches, la biblioteca, viejos autores conocidos, una inmersión por criaturas sensibles, evidencias de la vida del hombre. Veo su tarjeta de identidad y me pregunto de cuál, los anteojos con los que vio y no vio, cajones donde merodeaban sus manos, ahora clausurados, vaciados de misterio. Y esa máquina de escribir, su esqueleto negro y dorado, alto, dentro de su urna de cristal.
Nada más bello que escuchar a un poeta hablar de sus poetas admirados. La capacidad de trasladar al lector gracias a las detalladas y sugestivas descripciones es otra de las virtudes de estas crónicas que hacen de Ninguna parte también es un lugar una lección de la mirada, de los sentidos en general. Es entonces cuando al leer me sacuden las olas que estremecen la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, palpo los magníficos objetos en la mesa, los frascos de tinta verde, o escucho las caracolas como queriendo descifrar la medida del amor viajero para luego reparar en el sillón que aún conserva el hueco del cuerpo del poeta.
Luz Helena Cordero visita lugares icónicos que podrían incluirse en las llamadas guías de viaje, como: Santiago de Compostela, la mezquita de Soliman en Estambul, parajes de Madrid o de Lisboa, pero en estos trayectos hay un acto de sublevación frente al viaje impuesto, el que venden de antemano en las agencias de turismo y que obliga a correr, a empacar y desempacar maletas sin siquiera degustar un aroma, observar los rostros o contemplar los colores de una puesta de sol. Ella va en contravía del recorrido trillado, busca el camino alterno, algunas veces lo logra y cuando no, acude a la ironía como escudo. Por ello, afirma: “El viaje debería ser una profesión; un estar, más que un hacer. Un ser, mucho más que un recorrer”. Poética de viaje que ampliará en el epílogo del libro.
En El Largo grito de hielo, crónica de su paso por Chile, luego de exaltar su archipiélago dorado y los islotes de cisnes blancos con cuello negro, así como sus volcanes y la certidumbre de que este es un país de poetas, anota: “Pero estamos aquí para hacer un viaje por la memoria que duele. No se trata solamente de conocer sus avenidas limpias, los edificios históricos preservados, su plaza de Armas y el Palacio de la Moneda, que irremediablemente nos recuerda el oprobio”. Reconozco, una vez más, la sal de la ironía que caracteriza su voz y me adentro en la dimensión interior de su viaje.
Alberto Salcedo Ramos afirma que el cronista “es el viajero que cuando explora el mundo llega más lejos y cuando contempla al hombre llega más hondo, el fisgón de los fisgones, el ojo más perspicaz”. Luz Helena Cordero fisgonea el mundo con avidez, pero lo hace desde una mirada singular, su visión de poeta, que le permite hacer de un viaje al Calafate una sonata de agua, de una travesía por Chile el encuentro con un largo grito de hielo que traspasa la memoria. Si La Habana es un amor revisitado y “una ciudad hermosa que se cae a pedazos”, si no hay puesta de sol más bella que aquella que se contempla en el mirador de Santa Lucía, si de repente sorprende la presencia depredadora del ser humano en cualquier paraje o en la esquina de alguna frontera difícil es porque sus palabras han sabido comunicarlo. Cierro el libro y pienso que iré, porque cualquier estación es propicia cuando la poesía acompaña. Estas crónicas condensan el deseo de llegar a la república de los sueños que no es otra que la de los lectores. Son ustedes los llamados a continuar el trayecto.
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