26 de enero de 2026 | Por: Dagoberto Rodriguez Aleman
El reciente libro de poemas “La luz endeble”, de Monique Facuseh, se presenta como una propuesta donde la poesía nunca termina de decir algo, sino que permanece abierta, palpitante, como una luz que tiembla sin apagarse.
En este hermoso poemario se despliega un amplio panorama de los meses del año, regados a lo largo del libro como estrellas que titilan en el universo poético que, con especial devoción, teje su autora. Cada mes es una estación del alma, un espejo del tiempo interior.
Al recorrer sus páginas, asistimos a la concepción íntima de cada mes, definido por su carácter y su pulso emocional. Desde el primer poema, Enero inaugura el tránsito del año cuando la voz poética declara: “Recibo enero y su resaca, los primeros azotes de la luz. El cielo abre su página blanca. Este mes que extiende sus brazos”. Así comienza la escritura, en soledad, como quien abre el calendario y escucha el crujido del tiempo.
Luego, Febrero aparece con su fulgor vegetal: “También en febrero florece el cañaguate. Por él levanto la cabeza, hago una venía. Parece un pura sangre, un pecho -amarillo real”. Marzo continúa el flujo natural del año cuando “Marzo llega en los brazos de febrero como una ofrenda. Por su boca sale el viento como palabra desbordada”, y el lenguaje se vuelve corriente de aire y presagio.
Abril no se anuncia por relojes exactos, sino por señales sensoriales: “No es el abril de lluvias puntuales. Se que es abril por la bullanga de las aves, los mangos caídos agrios de tanta sed”. Mayo se eleva y se escribe en el cielo: “Mayo se inscribe en el cielo. La lluvia en la gala de mayo… Veremos tardes enmudecidas de luz”, como si el mes vistiera de ceremonia al paisaje.
Junio altera el ritmo: “Junio atrasa su reloj….En junio la vida comienza más temprano. Las noches se tensan”. Julio, en cambio, abre el lenguaje como un gesto necesario: “El mes de julio abre su abanico de palabras….Quiero hacer de este mes una herramienta que me destrabe”. Agosto irrumpe con fuerza y desorden: “Agosto anticipa las hojas, con frenesí. Agosto es un río. Agosto rompe filas, rompe esquemas, nos mira de reojo. En la niebla de agosto que se regodea, el poema es una lámpara”.
Septiembre llega cargado de memoria y anuncio: “Septiembre está aquí, a la vuelta de la esquina. Atrás quedará el verano. Vendrá la lluvia….En algún septiembre soñaba mi padre”. Octubre se asoma con un tono crepuscular: “Ojalá no llegara. Octubre anticipa la muerte de un año y me suma otro. Mejor que me devuelva la lluvia, los años maravillosos”. Noviembre insiste en el recuerdo: “Así comienza noviembre. Una lluvia que insiste como mantra en el redil de la memoria….Te celebró, noviembre, con un bolero en los labios. Un Día de los Muertos que me recuerda la vida”.
Finalmente, Diciembre cierra el ciclo con una conciencia de fugacidad: “Que rápido vino diciembre. No he podido procesarlo. Perdí el tiempo… El último mes será un recuerdo más de nuestra corta existencia”. El año se pliega sobre sí mismo y se vuelve memoria.
Este diálogo permanente con el tiempo confirma que, por más luz que seamos, esta sigue siendo endeble: frágil, intermitente, humana. Bienvenido sea este maravilloso poemario donde, como bien lo afirma su autora, “la poesía es una caja de música que muy pocos pueden escuchar”.
Felicitaciones a la poeta Monique Facuseh por su nuevo parto literario. Éxitos.
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