Óscar Hernández: De vida, ángeles y ozono

Diciembre 6 de 2015. Por: Óscar Jairo González Hernández.
En El Mundo.

De vida, ángeles y ozono es el título del nuevo libro de Óscar Hernández, editado por Sílaba Editores. A propósito de la conmemoración de sus 90 años de vida, y la publicación del libro, el poeta comparte detalles de su vida con EL MUNDO.

En la vida de Óscar Hernández, lo que ha prevalecido o él ha tratado de hacer prevalecer intacto e indestructible ha sido, sin dudarlo, la poesía.

Vida, verdad en la poesía y para la poesía. Tal como lo decía en 1958, el poeta Fernando Charry Lara, en el prólogo de su libro Las contadas palabras y otros poemas: “Muchas son las calidades que pueden admirarse en la poesía de Óscar Hernández. De destacar algunas, merecería citarse en primer término la transparencia del aire que la rodea. No se trata de una claridad simple sino de la frescura de una mañana en la que las cosas despiertan como recién creadas por sus nombres (…) Su testimonio es a menudo doloroso y aún áspero”.

En esa perspectiva, podríamos afirmar hoy que todo ello, quizás más, se ha mantenido indeleble y poderoso en la insistente obsesión e incisiva manera de escribir poesía, que para Óscar ha sido su vida.

Contadas palabras: “Un título encontrado de pronto, como el que se tropieza con una pequeña verdad”, nos dice Hernández, con la tranquila serenidad que se ha dado a sí mismo.

No es la poesía de circunstancialidad de lo momentáneo, sino la poesía que lo hace vivir su relación con la circunstancia misma, él es el creador de su circunstancia, porque la siente y la vive desde una condición intensa y necesaria.

No es la poesía lo que se escribe por un momento, sino aquello que escrito se va hacer, con la conciencia de montaña o de pirámide, como una escritura y un testimonio, como una escritura y un testamento de toda la vida.

Para él, sus poetas principales son y serán César Vallejo y el Libro de Isaías. Retumban estas palabras del profeta: “Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas”.

Poesía y tacto, las manos del poeta

Mientras escuchábamos a Óscar tratando sobre los temas que le proponíamos, él hacía gestos con sus manos, sus manos eran parte de la temperatura de su habla, de su voz. Eran sus manos las que indicaban el movimiento, el carácter de su voz. El carácter de su mirada sobre sí mismo y sobre el mundo que ha vivido, que ha vivido en él, porque en Óscar el mundo ha vivido también, lo ha devorado, con rara y con extremada obstinación.

Tiene una ortodoxia que lo sostiene. Todo lo cubre con su carácter y su temperamento.

Queremos saber entonces el por qué en su poesía, y nos dice: “En las manos sólo pensamos cuando hay que pintar las uñas o saludar a alguien; pero el caso de las manos es mucho más profundo, son las emisarias del pensamiento, del corazón, de todo lo que tenemos en ese sitio desconocido que se llama alma. Que no es sitio… Saludamos, abrazamos, despedidos, felicitamos, acariciamos, son las grandes mensajeras y las grandes hadas que siempre están para mostrar lo mejor y lo peor que tenemos”.

Su ángel

En el transcurrir de la conversación, comunica lo verdadero, se hace instancia de lo real mismo, se hace eclosión de lo esencial de la vida, de lo que se sabe y de lo que no se sabe de ella. Se percibe la duda, todavía Óscar nos permite ver que tiene inquietudes no resueltas, como cuando quisimos saber sobre la presencia del ángel y de la muerte en su poesía, con la ironía y el humor que lo han caracterizado, que lo han formado, que lo han hecho en lo que ha buscado como su dimensión de lo divino y lo humano, el ángel, dice: “Alguien a quién no conozco, pero que siempre anda, vuela volando cerca de nosotros. Y déjelos con sus alas para que no se le conviertan en drones.  Y de la muerte: es mejor que hable con una viuda o con alguien que no crea en ella. Por mi parte, me limito a esperar, un verbo que no falla para encontrar respuesta”.

La naturaleza, la ciudad y los obreros

Óscar Hernández nos dice más sobre la naturaleza, la naturaleza del árbol en su poesía: “Nuestros queridos y a veces barbados padres, los que nos dan el aire, nos purifican la vida y nos dan algo que tiene un nombre raro: Sombra. Crucificado en un olivo murió el Hijo del Hombre. Me entusiasma y me asombra que tengamos árboles de más de dos mil años de vida. Es como para preguntarles dónde está el pedazo de olivo que resta de la crucifixión. Curioso que es uno, y averiguar si Judas también pendió de un olivo, o de un palo ‘non santo’”.

Tanto en sus Poemas de la casa como en Contadas palabras, y en la antología De vida, ángeles y ozono (Poemas – Cuentos – Crónicas – Novela), la ciudad (lo urbano) es tema nodal y nuclear de la poesía del autor, de su vida en esa otra naturaleza que es la ciudad, de la que también está intoxicado hermosamente, de sus movimientos, de sus extravíos, de su historia; pero no es la ciudad en su totalidad, sino la ciudad en la esquina, la esquina como principio y base de los inicios de la ciudad moderna.

“Esquinas de antes, universidades minúsculas y alegres donde aprendimos las primeras letras… de tangos… Los clubes de la antigua pobreza, instalados en la calle, bajo un alar. Las esquinas se han pasado a vivir a los juegos del computador”, escribe.

La relación concreta entre los obreros y la fábrica, también son temas que se concentran en él, en su vida, en su visión del mundo.

“Fabricar la vida, la vida es una fábrica de todo: fabricar luceros o establecer un taller de rocas o un taller de saludos”, se lee en su poesía, en la membrana. Y nos dice: “Los obreros son los únicos que trabajan”. Obrero de su poesía y de su arte, es Óscar Hernández, en este sentido en que lo propone, en la medida en que lo hizo suyo.

“Surrealista” y “loco”

Hernández es un escritor que sabía que estaba escribiendo una nueva poesía, tuvo conciencia de ello cuando la escribía, porque estaba dentro de lo que llamamos su experiencia poética y de esa manera, que lo llamaran “surrealista” en ese principio, o loco, no le interesaba mucho ni lo hizo cambiar esa necesidad de vivir totalmente su experiencia poética, crear su propio estilo y particular visión de la poesía, del mundo de la poesía y para la poesía. Se consideraba un revolucionario y por eso mismo realizó pruebas con formas poéticas nuevas, como cuando se dedica, de vez en cuando, a lo que llama: Poema semiautomático, que concibe como un “ensayo que hice para crear poesía con las neuronas ignorando la intención y con la razón trabajando a todo vapor. La experiencia, no resultó mal”.

Nos ha cubierto la noche y mientras va concluyendo la conversación, tanto Lucía Donadío (directora de Sílaba Editores), como yo, vamos perdiendo la sombra, y ya no somos nada ni nadie, sino lo que hemos sido, lo que seremos en el habla de Óscar Hernández, en el carácter y temperatura de su voz, porque como lo escribió en uno de sus poemas: “Solo es grande la voz de los silencios”.