Meira Delmar, plena de poesía

. Por: Mario Escobar.
En Sílaba.

En Barranquilla, ciudad de muchas arenas, reside Olga Chams, hija de libaneses residenciados acá desde principios de este siglo, y en la arenosa ciudad ha de quedar su arquitectura terrena cuando ya no sea sino espíritu, porque esa es la tierra a la cual ella ama.

Pocos la conocen por ese nombre de registro, porque desde pequeña decidió firmar sus poesías con el nombre, que haría más verdadero, de Meira Delmar, o Meira Marinera, o Meira de sal y viento y ola y corales. Porque el mar, que puede ser terrible o dulce, amargo o placentero como los hombres, ha sido en suma el amado de esta sirena del mar.

Una parte muy importante de su obra está destinada a ese amado verde y líquido, que en la playa sonsonetea endechas mientras pule arenas y pedruscos. A ese manso ama. Al furioso como mil satanes, no. Lo desconocen sus versos.

Otra parte de la obra a hondos amores desembocados en olvidos. Meira canta muy dulcemente a esas amarguras con versos impecables, con sonetos de una arquitectura de magia, de los cuales se escriben ya muy pocos en el mundo entero. Porque su dificultad arredra a todos. Sabe su poesía que los paraísos están hechos para ser perdidos: en esa razón anda su magia. Lo hermoso es lo breve. No saberlo es lo que envenena la vida.

No es resignación: es entendimiento. Cuando estuvo en un recital, en uno de los Martes del Paraninfo, vistió, como Atenea, algo entre peplo y nube. Pudo parecer levemente anacrónica, pero sólo hasta que alzó el brazo y disparó la flecha múltiple del verso. Entonces se hizo eterna, y tuvo la edad antigua del primer poema florecido de entre el hombre, y la juventud del más reciente. La eternidad es esa simultaneidad de los tiempos. En ella la belleza sobrevive por siempre, a pesar de las guerras y de los asesinatos, y de los demasiado ricos y de los muy pobres, y de la vejez y de la muerte, y de los desamores y los olvidos.

La voz ataba a los presentes con un lazo de oro: todos un haz. Lo bello duele, es sabido, con dolores que úno agradece. Antes del dolerse deleitoso con la poesía de Meira, úno pensó en el Parnaso y en las Nueve Señoras: están él y ellas en todas partes en donde los versos suntuosos caminen con pies de música. Estaban ahí.

Cuando la voz cesó, y los aplausos se apagaron como alas cerradas, volvimos todos a ser mortales.

La hoguera

Esta es, amor, la rosa que me diste
el día en que los dioses nos hablaron.
Las palabras ardieron y callaron.
La rosa a la ceniza se resiste.
Todavía las horas me reviste
de su fiel esplendor. Que no tocaron
su cuerpo las tormentas que asolaron
mi mundo y todo cuanto en él existe.
Si cruzas otra vez junto a mi vida
hallará tu mirada sorprendida
una hoguera de extraño poderío.
 
Será la rosa que morir no sabe,
y que al paso del tiempo ya no cabe
con su fulgor dentro del pecho mío.
 
Meira Delmar