Las señales de un poeta

6 de enero de 2015. Por: Juan Pablo Ramírez.
En El Mundo.

La experiencia humana, la naturaleza y la capacidad de encontrar en la vida un sistema de analogías y correspondencias, confluyen en la creación de un autor colombiano que acaba de publicar una de sus obras bajo la firma de Sílaba Editores.

A sus 70 años habla con la voz de un hombre que pareciera tener menos décadas de vida, pero con la seguridad y el conocimiento que esos mismos años le han aportado. Es el poeta caleño Jaime García Maffla, un hombre para quien la filosofía y la literatura se encuentran en algún lugar y crean obras como De las señales, colección de poemas donde su creador explora la manera en que el hombre se enfrenta a las heridas y a lo opuesto, extraño y aparentemente imposible.

Desde su casa de campo, en las afueras de Bogotá, el autor habló con EL MUNDO sobre su obra, sus concepciones y su manera de hacer poesía.

-Lleva muchos años dedicado a la escritura, ¿cómo fue que se introdujo en ese mundo?

“No utilizo nunca el término escritura, porque tiene históricamente una raíz, un significado y una posición muy clara en las letras: cuando André Bretón inventó la “escritura automática”. De manera que yo no creo en eso. Ahora bien, yo me inicié por mis estudios universitarios de Filosofía y Letras, y en ese momento en la Universidad de los Andes estaban dictando clases el poeta español Jorge Guillén y los colombianos Ramón de Zubiría y Daniel Arango, y ya desde ahí se establecía una diferencia muy clara entre lírica y poesía”.

-¿Y en qué consiste esa diferencia?

“La lírica no es anecdótica, es más bien abstracta. Y en ese sentido mis influencias han sido varias. Por ejemplo, uno de mis inicios fue con la poesía del italiano Giuseppe Ungaretti, aunque antes estuvieron el español Gustavo Adolfo Bécquer y la expresión abstracta del argentino Roberto Juarroz. Me inicié con poemas no muy largos y más o menos próximos a la imagen y la derivación de la imagen del pensamiento, es decir, aquella que alude a una situación vivida que se transmuta”.

-¿En esos términos, quién ha sido su mayor influencia en la lírica?

“Yo creería que el poeta mexicano Francisco Cervantes, con quien coincidí en la expresión de tipo medieval, porque tengo que decirte que yo tengo especialización en esa literatura. De él recuerdo, sobre todo, un libro muy bello que se llamaba Los varones señalados, aunque tengo toda su obra, traída por él mismo en uno de sus viajes a Colombia”.

-Su poesía es diferente a la que se conoce comúnmente…

“Mis poemas se alejan de lo anecdótico y lo fabulesco, van hacia la abstracción. Esa precisamente fue una de las diferencias que siempre tuve con el poeta Fernando Charry Lara: que en el poema sí es posible pensar. Él decía que no, y yo sigo pensando que sí, que un poema sí puede entrar al pensamiento, puesto que su objetivo es que haga un contacto con la mente del lector, para que así se presenten las propias emociones y sentimientos. Es decir, un poema leído debe interpretar el sentimiento de quien lo lee”.

-Según usted, hay tres grados de lectura en la poesía, ¿cuáles son?

“Así es. Lo primero es qué quiso decir el poeta, lo segundo es qué dice el poema, y lo último es qué entendimos o cogimos de esa obra. Evidentemente lo más importante es lo que nos queda como lectores, porque no importa lo que quiso decir el autor sino lo que uno interpreta de acuerdo con lo que el poema le transmitió. Mi mayor maestro de poesía fue mi profesor de Metafísica: Daniel Cruz Vélez, porque yo creo que un poema no lo explican ni la teoría, la crítica o el análisis literario. La que realmente lo hace es la metafísica, porque el sentimiento es un impulso trascendente del ser humano”.

-Ahora bien, usted hace evidente toda esta concepción en su obra De las señales. ¿De qué se tratan los poemas que la componen?

“Yo quería alejarme del poema tradicional del verso. Necesitaba expresar espiritualmente lo que sucede en una situación última del ser humano, es decir, un límite. Y todos los sentidos están abiertos ante esas circunstancias, por eso hay imágenes, interrupciones, regresos, alusiones, visiones… va conjugándose todo en una especie de vocación de la vida, y precisamente por eso también hay espacio para la incoherencia”.

-Estos poemas están escritos en prosa, ¿prefiere hacerlos así, en vez de usar el verso?

“El verso tradicional está más ligado al canto, y yo no quería que estos poemas de situaciones humanas extremas tuviesen esa forma. Mi objetivo es sugerir unos nuevos caminos de nacimiento para la poesía futura”.

-¿Y pretende también cuestionar al lector?, porque hay muchos interrogantes en los textos.

“Claro que sí, porque el poema se basa en una pregunta. ¿Por qué la vida?, ¿por qué esto o por qué lo otro? Y para esos cuestionamientos siempre habrá algún tipo de respuesta, por eso te decía que sí es posible pensar dentro de la poesía”.

-¿Qué opina de la relación tan discutida entre razón y emoción?

“La razón no es un instrumento de conocimiento, en cambio la emoción -que es intuición- sí conoce el misterio del mundo, y nosotros estamos sostenidos por el misterio”.

-¿Cuál es la definición que usted le da a la poesía?

“Creo que la definición no es posible, pero hay caminos de acceso en tres niveles: la poesía como concepto abstracto y cultural del cual sabemos todos. Otra cosa es lo poético, que es una emoción o un sentimiento que no necesita del poema: un estremecimiento, una soledad, una pérdida, una alegría. Y finalmente está el poema, el que queda abierto al lector, y al cual llegamos con palabras”.

Tres
Delante de los primeros reflejos del sol en el cristal, que llaman a la vida desde lo deleznable, a alguna fortaleza desde la debilidad. ¿Cuál, pues, el cómo de ese porqué un desde dónde y las formas de su forma? Decir. Decírselo a alguien. ¿Por qué yo? Una anotación en una página, pero no fue leída. El débil globo entre rojizo y oro. Sol de amanecer e idéntico sol en los atardeceres, que marcan una misma exacta hora, como el calco del final y del comienzo del día.

Vacío, sí, lo vacío dentro de aquello que se ha dejado sin contenido alguno. Las figuras humanas que nos sean más próximas. Rosas en las tumbas que se han hundido y no hay restos rescatables. La pasión es la sola estancia transparente del castillo del alma. Dibujar y la pluma. Haber salido hacia adentro de sí. Todo dispuesto ya, Maruja, ningún presagio en la noche anterior; acaso, y para sólo él, creyendo aún en Pavía. Carlos Alberto ya desaparecido, había paseado por las playas de Punta del Este con Aristides Maffla. Su signo también de lo inesperado o súbito, por la ausencia y las equivalencias, o las asociaciones, el deseo que carece de haberes, pues no era así el fantasear suyo.

Cinco
El inicio del día es el encuentro de la consciencia con el tiempo: ¿cuándo, si no en un instante límite de lo temporal, se hace consciente de sí mismo? Las ramas que se inclinan hablan de que en el cielo habitará siempre alguna forma de pureza. Ramas entrelazadas de oscuras copas de árboles cercanos los unos de los otros. Un girasol o las ocultas fuentes de agua de La Alhambra, al salirse de algo a su encuentro: “¡Qué miedo tengo!”, y lo en apariencia incoherente, sin ilación ni cauce. Aquel piso de infancia, en Bogotá, en la calle 34 con avenida 19.

Desplazamientos, por angostos pasillos, que en lo callado dan luego por senderos y adoquines del riesgo, las emociones y lo contemplado: tres únicas preguntas: con el inicio de la mañana por lo inesencial, luego, al avanzar de la tarde, por lo esencial, y la última, en fin y en mitad de la noche, Chantall, como piedra angular de todo enigma por nuestro propio preguntar.

Siete
Voces del río milenario y lejano, de las más altas cumbres, de los caminos que no se verán nunca ni se han de transitar. En cada instante un final, el término necesario de algo que hace al ser de una aún más amarga sustancia.

El vértigo, impulso hacia la negación que nos hace temernos. Es el miedo. No ya saber pensar, sino saber qué hay dentro del corazón al caminar sin rumbo. Había que escapar: la Doppe Lieben, voz de lo alto que viene de la entraña de la tierra. No se vive el ni en el instante, pues cada instante es para desvivirse, si lo ausente es toda presencia allí, a nuestro lado en los desplazamientos.

Son fragmentos de horas, formas de nuestro ser, que a manera de dardos nos desviven, y nos reconstruimos, ahora sí instante tras instante dejando nuestras huellas en ese suelo fértil del olvido. Se hace extraño todo sendero hacia el conocimiento, si la razón es nada más nieve en la nieve, así el prisma o las líneas de la mano. ¿Cuánto hubo que esperar para alcanzar la consciencia de la espera y residir en ella?