La voz poética de Rosa Lentini

junio 24 del 2017. Por: Yeni Zulena Millán.
En La Crónica.

Mirar atrás para rehacerse. Deshacer nudos y reinventar razones para la sobrevivencia. En El soplo del diablo y otros poemas (Sílaba, 2017), Rosa Lentini excava caminos que estremecen el corazón de sus poemas: “No lo que existió / sino lo que pudo existir / favorece el polvo de un ensueño” (p. 83); volver a lo escrito es afianzarse en la posibilidad, deslimitarse. 
Esta antología poco común —en perspectiva y retrospectiva al mismo tiempo— reúne poemas aún inéditos (Hermosa nada), pasando por Tuvimos (2013), El veneno y la piedra (2005), El sur hacia mí (2001 y 2003), Leyendo a Alejandra Pizarnik, Cuaderno de Egipto (2000) y La noche es una voz soñada (1994); trastocar el tiempo, enrollar sus líneas, en eso se afirma la desobediencia que propone la poeta; como afirma Jaime D. Parra en el estudio con que abre el libro, “Desobediencia frente al olvido: memoria” (p. 13), un ir “del presente hacia el pasado, iluminando desde aquí el allí” (p. 19).

Hermosa nada explora la feliz circunstancia de la impermanencia: somos todo, en cuanto la nada nos pertenece. Ampliar nuestra percepción, volverla hacia lo invisible, significa dar pie a otras presencias: “Mi entraña es ya el humo de su boca” (p. 50). El susurro del oscuro daimon propicia la reconversión de los sentidos; levarlos como puentes, atarse al mástil para resistirse a la temporalidad: “desvela que dar el paso / será también perder la memoria / y yo me niego a olvidar” (p.66). Versos chirriantes, goznes de puertas incómodas en tanto permiten apreciar la desnudez más íntima:

Porque tenemos más cosas en común con los ausentes que con los vivos creamos el alma ideando la sombra de un diálogo (p. 53)

Tuvimos remite a los estratos familiares, a la dulzura desleída con la que sustituimos el amor para mantenernos a flote: “Viniendo de un azar / vamos hacia algún lugar / del recuerdo como si nos hubieran desterrado” (p. 105). Obrar sin reclamar sentido se presupone como remedio al extenuante momento de la vida, “los actos caen ahora, uno tras otro, hacia su secreto” (p. 101). Crecer representa una utopía, un síntoma de superficie cuando adentro continúa dándose a luz el caos: “Nada es más maleable que un niño y nada lo es menos / que un niño blindándose” (p. 90).

El veneno y la piedra apuesta por la contundencia. Poemas cortos se suman y entrechocan conformando un plano de esencialidades. Las palabras se presentan como avalancha de cuerpos, casi una asfixia de escritura: “Escribo porque el deseo / muere con la presa / un paraíso que perder” (p. 146). La voluntad de lucha emerge, médula de la coincidencia erótica: “Nos roba quien nos mide / nos vuelve el rumor / del poema que fuimos” (p. 151).

En El sur hacia mí hay olas que agonizan, un horizonte que se rompe en nebulosa de vidas agotadas: “Indiferentes al cambio / en fila india vamos / para morir” (p. 172). Cuando la naturaleza se saca la máscara de protectora maternal y nos enseña el rostro de fuerza anuladora, es el momento de conclusiones continentes que ayuden a fijar la realidad: “pero qué si respirar consiste / en pedirle al pasado / un apunte con nuestro nombre” (p. 162); renunciar a los planes y confiarnos a “el gran pájaro del crepúsculo” (p. 188) que inventa nuevas tierras que inauguren su vuelo.

La noche es una voz soñada conviene como vértice del viaje de la luz poética de Lentini. Voz de líquenes eléctricos, continuamente inquisitiva, herida para sí, sobre sí misma: “otra es la que sueña el abismo de saberse en mis ojos” (p. 215); cuando el día se retira, el mundo se anega en aguas nocturnas que se ciñen al amante, lo estrechan, lo absorben, para dejarlo a la medida de quien le espera: “Me quedo con tu ceño adusto, tu piel / requemada, tu decisión de oscuridad” (p. 214). El soplo del diablo y otros poemas envuelve en su éter sonoro, desciñe familiaridades para tornar al punto cero del asombro. Rosa Lentini nos presenta una poesía habitada de humanidad, donde los huesos crecen “tan finos como hebras” (p. 120) y el canto es la unidad de esa “palabra tiempo que soy” (p. 142), que hemos sido, que volveremos a ser.