La línea sin reposo: una ficción multifacética

2016. Por: Mónica Gil Restrepo.
En Revista Universidad de Antioquia.

La línea sin reposo, el último libro del ensayista y crítico Efrén Giraldo y del artista Jorge Marín, es muchas cosas a la vez y sólo una. Puede leerse como un libro de cuentos fantásticos, entenderse como una parodia a la crítica de arte, contemplarse a través del lenguaje de la ilustración, recorrerse como un mapa que señala los sucesos reales que han marcado la evolución del arte de vanguardia o revelarse como una predicción de los terrenos que quizá conquistará la plástica en el futuro.  Pero en esencia, es una ficción rica en recursos dispuestos a manera de clave de tal forma que, valiéndose de la complicidad del lector, el todo sea superior a la suma de las partes y nos hable de algo adicional: la creación como símbolo de nuestra imaginación.

 

A primera vista la obra recoge un catálogo de artistas firmado por Dora Friengel, una escritora que a finales del siglo XX reseña a quienes se expresan con técnicas y lenguajes artísticos insólitos para la época. Los perfiles, que reconocen la infinidad de vías por las que se materializan el pensamiento y las emociones, no se detienen en la descripción del resultado sino que indagan por el proceso, entendiendo que el miedo, la duda, la soledad, la nostalgia, la euforia y el dolor, son factores que hacen parte de él. Lo humano, en esencia, es motor de creación.

 

Como contrapunto a las vidas imaginadas, la autora ficcional incluye breves referencias a movimientos, artistas u obras de arte contemporáneo que el lector, acudiendo a su bagaje cultural o rastreando pistas que involucran lugares, fechas, imágenes y nombres, puede concluir que se encuentran inscritas en el mundo real. Bastará con identificar una famosa exposición de Andy Warhol, recordar el trabajo experimental con el silencio de John Cage o reconocer un perfomance notorio de Marina Abramovich para entrar en una lógica que remite a la verdad, y que además invita a rastrear los demás sucesos, artistas o momentos no identificados, en un juego al que sólo el lector podrá ponerle límite.

 

En un tercer momento la obra se vale de la ilustración como constante que completa la unidad del libro. Base de todas las artes visuales,  no es casual que sea el dibujo el medio para representar con imágenes las obras de los artistas por venir. A pesar de las expresiones desbordadas de muchos, que no le temen a lo imposible, el esbozo simboliza ese origen de la representación plástica. Tampoco es gratuito que la metáfora que encierra el título se refiera a la mínima expresión gráfica, la línea, y que sea su incesante movimiento, impulsado por la búsqueda, el responsable de proyectar el arte hacia el futuro. El reto aquí es para Jorge Marín, cuya labor debe hacerse camaleónica y versátil sin más recursos que el trazo y su distribución sobre el papel.

 

Si a los fragmentos que se reconocen porque ofrecen información verificable y al catálogo se suman las ilustraciones que aluden a ellas y que complementan en términos visuales el perfil de los artistas, se puede pensar en tres bases sólidas con carácter documental que le imprimen autenticidad al mundo ficticio planteado, y que no sólo resultan en un ingenioso ardid, sino que también permiten extender una correspondencia entre las vidas y obras futuras y las preguntas que el panorama actual del arte contemporáneo suscita. Qué función cumple la crítica en la consagración de un artista, cuáles son los espacios de ubicación de la obra, de qué objetos puede ocuparse, cuáles son los medios para su ejecución, en qué consiste el papel del receptor, son apenas algunas de ellas.

 

Además, la imagen de la carátula de una supuesta versión anterior del libro, una nota editorial y un comentario aclaratorio a la décima reimpresión – aquella que se nos presenta como lectores – contribuyen como pruebas de existencia a reforzar la idea de que la obra se sitúa en el plano de la realidad. Sin embargo, el momento en el que se firma el nuevo tiraje – en el futuro año de 2061 –,  las fechas de nacimiento y muerte de los artistas – muchas de ellas todavía lejanas en el tiempo – y algunas inviabilidades en cuanto a la realización de las obras descritas, y aquí cabe mencionar a Sir Anthony W. Blunt, cuya obra consiste en crear en pequeña escala y manipular en las salas de exposición tormentas, huracanes y fenómenos meteorológicos, revelan que se está frente a un artificio cuya verosimilitud aumenta debido a las plataformas intertextuales, que hacen posible que el lector traslade la naturaleza de realidad de unas a la totalidad del texto. Algo similar ocurre con el nombre de la autora ficcional, Dora Friengel, anagrama de Efrén Giraldo, autor real, en otro guiño que propone una aproximación lúdica a la lectura para estimular el principio de colaboración que busca dar sentido a la comunicación.

 

Así como desde su posición de escritora exiliada – su trabajo no fue reconocido en vida y a los perfiles no se les dio importancia en su momento por tratarse de artistas excluidos del canon –, no resulta casual que el interés de Friengel se centre en el pluralismo estético, tampoco lo es que la representación en términos narrativos de las obras que lo encarnan sea la responsable de zanjar las dificultades o imposibilidades que surgen en la tarea creativa. Las reseñas son entonces literatura de ideas, pues ponen en palabras lo que no puede existir de otro modo. En el caso de Alirio Blanco Contreras, artista de la desmaterialización, quien aboga por una obra sin presencia, y que halla raíces en la táctica del vacío con exponentes como John Cage e Yves Klein, sólo a través de la narración se representa una idea sin asidero visual. ¿Cómo existe una obra que nadie puede conocer? Aquí el relato de Friengel llena el vacío y así esto ya involucre una contradicción, pues escribir implica reconocer, su lector podrá imaginar a un artista con dicha propuesta. Los perfiles son entonces relatos de obras que se introducen en el campo de la realización contemporánea a través de la escritura. Están en un futuro ficticio, pero ya son posibilidad en un presente real.

 

Cabe destacar que la aproximación al trabajo de los artistas reseñados no se hace sólo a partir de la descripción del mismo sino, quizás más importante aún, desde los juicios de valor intrínsecos a esa selección que resulta en cada reseña y en el conjunto de las mismas. En la obra en cuestión, el conocimiento que el lector tiene ya ha pasado por el filtro de Friengel, y no puede ser indiferente a ese criterio que revela una manera de entender y estar en el mundo. Los conceptos de injusticia, marginalidad, culpa, belleza y éxito, por mencionar algunos, de manera inevitable remiten al acervo axiológico bajo el que la autora observa el campo artístico y por ello el catálogo en su conjunto también emite un juicio y, más importante aún, lo hace el libro en su totalidad.

 

A la luz de esta valoración, la pertinencia del inventario aumenta, ya que está compuesto por artistas ignorados e incomprendidos en su momento y por quienes se adelantan al éxito que una recepción posterior confirma. Unos buscan darle forma a su imaginación; otros tantean las fronteras donde el arte se desdibuja; muchos caen en el exceso. Por ende los comentarios van creando un catálogo del absurdo que, estimado en su totalidad, desvela la paradoja sobre la que se finca el arte de vanguardia y que no sólo aplica para el caso ficticio: intentar expandir los límites conlleva el riesgo de rebasarlos, de caer al otro lado y quedar por fuera, en la nada, en el vacío. “La historia no perdona a quienes osan adelantarse” afirma Friengel refiriéndose a William Baquero de Jaramillo, un artista conceptual que quiso proyectar a enorme escala el perímetro de un cuadrado sin tener en cuenta que dichas proporciones impedirían su ejecución y certificación, fracaso que tuvo consecuencias nefastas sobre su cordura. Según esto, acaso los logros del artista deban ser medidos, osando apenas a dar el siguiente paso en esa cadena que demarca la evolución de las expresiones artísticas, sin suprimir el eslabón que le corresponde para hacer parte de la cronología que llamamos historia y que supone una manera de comprender el mundo y sus manifestaciones.

 

A pesar de que la nota a la supuesta décima impresión aclara que la obra no alcanzó el éxito editorial en vida de su autora, Dora Friengel idea una ficción en torno al arte que, en el año 2061 y casi setenta años después de escrita, se convierte en un clásico de la literatura del exilio hispanoamericano. Vigente a pesar de las transformaciones de índole política, geográfica, social y cultural que anteceden al orden dinástico que rige ese mundo que imagina, La línea sin reposo traza, a partir de momentos que han roto paradigmas en torno al arte, un recorrido hipotético que, trasladado al plano de la realidad, se convierte en interrogación y nos obliga a preguntarnos por el lenguaje que emplean los artistas y por aquello que buscan comunicar. Además, indaga en la mayor de las problemáticas, esa centrada en la recepción y calificación y que muchas veces intenta reducir a longitud aquella extensión que cubre un área amplia y compleja, campo de batalla interpretativo. La reflexión sobre la crítica, esa entidad difusa que tiene el poder para afirmar qué es arte, que establece su valor en el tiempo y el espacio, que determina su acogida, que descarta o incorpora medios y que legitima las expresiones estéticas de un momento histórico, se manifiesta de manera latente en los perfiles cuya relevancia trasciende la ficción para hablarnos a nosotros.

 

En La línea sin reposo, las inquietudes creativas de los artistas se pueden entender como una metáfora de las preocupaciones del actual panorama de la literatura. Esa pregunta por el arte del futuro se hace igualmente vigente en la escritura y resuena en un momento en el cual diversos géneros buscan hacer parte del canon o, mejor aún, diluirlo en aras de la democratización. La crónica, el relato gráfico, la poesía visual, la escritura autobiográfica e incluso expresiones populares como la canción, relegadas a los márgenes, ahora están siendo reconocidas, en una dinámica similar a la que propone el libro, no sólo a partir de la consagración posterior de los creadores plásticos, sino también con el éxito literario de una obra cuyos recursos polifónicos le permiten moverse con comodidad en varios registros. Ficción, crítica, experimentación son algunos de ellos. Intentar precisarlos, más que señalar sus linderos, hablará de la dimensión de nuestro horizonte.