Guillermo Samperio, de la imaginación y de la vida

. Por: Asmara Gay.
En Nocturnario.

Guillermo Samperio, de la imaginación y de la vida

Revista Nocturanario: http://nocturnario.com.mx/revista/samperio/

Escribir es una necesidad; corregir, una obsesión, y de la unión de ambas surge la buena literatura: no se puede publicar un cuento sin haber tenido control sobre cada signo de puntuación, cada sonido, cada uno de sus silencios.      Guillermo Samperio
Considerado como uno de los mejores cuentistas de Hispanoamérica e incluso como el Poe mexicano por el pulso preciso de su pluma y por su legado sobre teoría del cuento [Después apareció una nave, 2004; Cómo se escribe un cuento, 2008; “El escritor y la autoaniquilación creativa”, 1993], Guillermo Samperio concedió a Nocturnario una entrevista que se realizó en su departamento ubicado en la colonia Narvarte de la ciudad de México. Un poco resfriado, pero afable y campechano, el Premio Casa de las Américas 1977 nos platicó sobre sus inicios literarios, la motivación de su escritura, sus lecturas, sus miedos y su vida familiar que desembocan en el irónico, extraño y caleidoscópico mundo literario samperiano. Autor de un sinnúmero de libros de poemas, cuentos, novelas, ensayos y teoría literaria, Samperio pertenece —como lo afirma Hernán Lara Zavala en la Nota introductoria al Material de Lectura de la UNAM, núm. 98— “a la gran estirpe de cuentistas mexicanos. No es solamente el escritor más imaginativo y original de nuestra generación, él ha logrado abrir un camino en la narrativa que estaba apenas vislumbrado por escritores de la talla de Efrén Hernández, Julio Torri y Juan José Arreola” [2011: 5].

Platícanos, Guillóm, ¿cómo empiezas a escribir? ¿Qué te impulsa a tomar una pluma, un papel y plasmar tus ideas en cuentos, en poesía?
Con la buena lectura. Mi papá era buen lector. Le gustaba mucho, por lo que recuerdo, la ciencia ficción y también tenía libros que no eran de ciencia ficción. Yo veía ahí en su cama que tenía varias filas de libros y tenía un librerito. Lo bueno fue que no me indujo a leer, porque a lo mejor no hubiera leído. Nunca me dijo “a ver cuándo te lees un libro”. Entonces yo empecé con esos libros, y después seguí, ya que me acabé los de ciencia ficción, con los libros nada más de ficción. Ahora me doy cuenta de que tenía muy buen ojo para los libros y así me hice lector, con mi padre. Él era músico y parte de un trío que se llamó Trío Tamaulipeco de los Hermanos Samperio. Él quería hacerme músico, eso sí quería, y me enseñó guitarra y me enseñó trompeta. Incluso me compró una trompeta. Recuerdo que vi una película sobre la vida de Gene Krupa, un baterista famoso, y me dije “eso sí quiero ser: baterista”, pero costaba un dineral tener una batería, como ahora. Así que se lo dije, pero él me contestó “eso es un dineral que no tengo, ponte a tocar la guitarra”. Él no quitaba el dedo del renglón y yo tampoco. Entonces tenía libros y empecé a leer muy joven. De casualidad yo vivía en la colonia Clavería que está en la delegación Azcapotzalco hacia el norte, norponiente, que estaba muy cerca del Instituto Politécnico Nacional, el que está casi pegado a la colonia Nueva Santa María, donde entrenan los equipos de futbol americano; allí está la escuela de economía, la de enfermería y había una sección de cultura donde el maestro Juan José Arreola coordinaba los talleres literarios. Para entrar ahí había que hablar con él primero. Además, tenías que llevar dos o tres cuentos. Fui, hablé con él, llevé dos o tres cuentos, los vio y me dijo: “Te gusta la ficción, no lo realista”. Sí, le contesté, lo realista no me atrae mucho. Entonces, me dijo, vas a tomar el taller con fulano, uno que se llamaba Andrés González Pagés.
¿Qué edad tenías?
Estaba muy joven, catorce, quince años. Una cosa así. Entonces Andrés me recibió y me puso a leer todos los cuentos que llevaba para enfrentarme con los miembros del taller. Después de que leí el primer cuento le gustó. Ha de haber pensado: “Este cuento está bueno. A ver si es cierto, que lea otro…” y me dijo: “A ver, léete otro”, y leí otro y otra vez bien, según yo, ¿no? Hasta que toda la sesión fue de lectura de cuentos míos. Al final me jaló al fondo del salón y me dijo, en voz baja para que no oyeran los demás alumnos: “Oye, déjame estos dos cuentos porque estamos en la revista del Poli. Queremos pasar estos textos. Pero no les digas nada aquí a tus cuates, porque se van a ser tus cuates”. Y luego luego, desde la primera vez que leí en el taller, al poco rato me publicaron. Desde luego que los compañeros lo vieron y me dijeron: “Ay, tienes influencias…”. “No —les dije—, fíjense que no. Fue el maestro Arreola el que me lo pidió.” Así que yo no hice ninguna grilla, no le hice la barba a nadie. Fueron los textos, échenle la culpa a los textos. Si están mal los textos es que sí hay grilla y si están buenos entonces piensen que fue porque estaban buenos los cuentos. Esos fueron los inicios.
¿Y qué autores te marcaron a ti?
El que se me viene ahorita a la memoria es Kafka. Creo que en ese momento estaba de moda Kafka y también la ciencia ficción. Entonces leí mucha ciencia ficción. Además empezaba el boom latinoamericano. Me leí todo lo de Cortázar. Yo creo que donde aprendí mucho sobre el cuento fue con Julio Cortázar, porque lo mismo tenía cuentos fantásticos que realistas. Y tardé en escribir novela. Realmente no tengo muchas novelas, debo de tener unas tres, nada más. He escrito más cuento, algo de poesía. Por ahí tengo un libro de poesía y varios ensayos.
¿Cuál es tu género favorito?
Ahorita me gusta todo, pero cuando estaba creciendo literariamente era el cuento.
¿Y cómo nace un cuento en la mente de Guillermo Samperio?
Pues a veces es tropezándome con sucesos de la realidad. A veces lo que me ha sucedido es que empiezo a escribir algo que se me ocurre y tengo el primer párrafo, eso ya es una gran ganancia y luego dejo que fluya el texto, el cuento en este caso. Y con la lectura. Hay que estar leyendo permanentemente.
¿Tú siempre tienes claro el conflicto cuando vas a escribir un cuento?
A veces no. A veces empiezo por un lado y de repente aparece el conflicto y entonces ya lo empiezo a trabajar. No me gustan mucho los finales sorpresa, aunque lo hago también, sino construir un final fuerte, bien armado.
Hablaste de finales sorpresa. A Edgar Allan Poe se le acusa, sobre todo en las últimas décadas, de escribir a partir de los finales sorpresa, ¿tú qué piensas de esto?
Pues que es el creador de los cuentos de final sorpresa y que no se le debe cuestionar. Es el gran maestro del cuento. Luego vienen otros grandes, como Cortázar o el maestro Rulfo. Los cuentos de Rulfo son excelentes, su novela no es sencilla. Hay que leerla dos o tres veces. Está Arreola que era un súper buen cuentista. Aprendí mucho de él. Y me metí tanto al estudio del cuento que tengo un par de manuales de cuento ya publicados.
Háblanos de esos manuales. ¿Cómo los concebiste? ¿A partir de qué ideas literarias los forjaste? Por ejemplo, en Después apareció una nave planteas que el cuento clásico tiene introducción, desarrollo, clímax y desenlace, pero que el cuento moderno rompe con esta estructura clásica. ¿Qué autores contemporáneos te dieron la idea para recorrer estas teorías literarias?
El principal fue Cortázar. Yo creo que es el principal cuentista de América Latina. En novela leí bien a Vargas Llosa, me sirvió mucho. Desde luego que mis novelas favoritas son la Ilíada y la Odisea, porque hay que leer bien a los clásicos. Y si lees obras como la Ilíada o la Odisea aprendes muchísimo. Leo de todo. He leído obras de todas partes del mundo. Últimamente, un libro de poesía, de Grecia y Japón, que contiene poemas muy breves. Por esos poemas me enteré de que los griegos hacían poemas a las hormigas, a los insectos, a los animales mínimos y pensaban que tenían espíritu, que las hormigas traían su alma y ocurre lo mismo en Oriente, en la zona de Japón. Entonces, eso me maravilló. En la modernidad, muchos ya no creen que trae uno alma, y como yo he leído que hasta las hormigas tienen alma, pues me digo: cómo no voy a tener alma yo, si las hormigas tienen con mayor razón yo, ¿no? Los humanos. Y no soy, digamos, demasiado religioso.
Pero, ¿eres religioso?
Soy religioso. Aquí puedes ver en esta pared algunas vírgenes. Me gustan las vírgenes. Hay algún Cristo por ahí. Yo prefiero creer que tengo alma porque me quita el miedo a la muerte y cuando muera, que me va a tocar y en poco tiempo, entonces se muere uno tranquilo. Ya no piensa uno que va a desaparecer para siempre, sino que por ahí va a andar el alma. A lo mejor se mete en un recién nacido y sigue chambeando el alma.
Mientras hablabas de la muerte, estaba pensando en la hoja en blanco como ese vacío, esa nada que los escritores tienen que enfrentar, ¿tú cómo enfrentas esa nada de la hoja en blanco?
En un principio sí pensaba: “ojalá me salga el cuento”, me venga la idea y pueda llenar la página en blanco, pero en la medida en que vas teniendo más habilidades literarias en cuanto te viene una idea la bajas a cuento.
¿Uno nace creativo o se desarrolla la creatividad?
Creo que hay una combinación. Uno nace con la capacidad de ser creativo y algunos la aprovechan y otros no la aprovechan tanto. Como, por ejemplo, las matemáticas. Yo llegué a aprender matemáticas, pero ya se me olvidaron. Si ahorita me ponen un libro de matemáticas en las manos y lo tengo que descifrar no lo voy a poder hacer… Aunque claro, con mis hijos, que tuve dos, las practicaba. Mi hijo, de nombre Rodolfo, un día me llamó y me dijo: “Oye, Guillermo”, “sí, dime”, le contesté, “quiero decirte que ya no quiero que seas mi papá”, “ah ―le dije―, bueno, así me quito un problemón de encima”. Él creía que yo le iba a decir, no hijo, no seas así, que yo siga siendo tu padre, por favor, perdóname. No. Le dije qué bueno que me quitas ese peso, hazte cargo de ti mismo, cabrón, porque has sido un sátrapa de los mil demonios y ahí tienes a tu mamita que te da todo así que cuál es el problema. Qué bueno que ya me quitas esa carga de encima. Pues hasta nunca, ¿eh? Y no me hables para decirme que te arrepentiste porque te voy a mandar al carajo. Y ya, ahí se acabó la paternidad con él. En cambio mi hija, que incluso se parece físicamente a mí, es muy apegada a mí. Soy quien la ayuda y apoya permanentemente. Su mamá la agredía mucho, muy chica, y la tuve que sacar de su casa. Porque un día me dijo “Ay, me estuvieron pegando mi hermano y mi mamá muy fuerte”. Le dije: “¿Sabes qué?, prepara tus cosas en bolsas y yo en la noche paso por ti. Yo te hablo”. Y así fue. Ya que estaba en el taxi subí las cosas y le dije: “Ahora diles vayan y chinguen a su madre”. Feliz ella. Pensé que les dijera eso por dos cosas: una, para que se desquitara de todo lo que le habían hecho y dos, para que ya no regresara. Es decir, si ella sabía que ya les había mentado la madre a los dos, incluida su mamá, pensara: Si yo regreso, me va a ir en feria, me va a ir peor que antes, y estuvo un tiempo conmigo.
¿Tu hija también escribe?
Creo que sí escribe. Creo que sí. No le gusta el DF. Estuvo en Puebla y ahora está viviendo en Querétaro, en un lugar en donde apoyan a jóvenes y ahí mismo estudian y viven.
Como una fundación… Veo que también tienes una fundación, ¿qué hace tu fundación?
Pues ahorita no está muy activa, pero en general, por ejemplo, hay talleres. Ahora hay un taller de poesía. Yo le digo a Rodrigo, que es quien hace las inscripciones, que a quien vea que no tiene lana o que le cuesta trabajo, que le permita pagar a plazos y que a quien vea que le hace falta lana que le dé una beca o media beca, que le baje el precio. Él ya tiene muchos años conmigo.
¿También das tus talleres en esta fundación? ¿Qué talleres das y en dónde?
Ya he dado talleres aquí muchos años. Doy ensayo y cuento, también he dado poesía. Ahorita no estoy dando talleres. Estoy solo con la beca del Fonca, que volví a ganarme. El taller que más doy es el de cuento porque se me conoce más como cuentista. Doy más taller de cuento, aunque a veces doy taller en general y traen ensayo, cuento, alguien está haciendo una novela. Y esos talleres múltiples son muy ricos porque se van retroalimentando un alumno con otro y así van viendo otras opciones de escritura.
Tienes varios libros de recetas para cuentistas, ¿qué nuevos consejos para cuentistas les podrías dar a nuestros lectores?
Primero que sean buenos lectores de cuento. Que un cuento por lo general tiene principio, desarrollo y final, que lo analicen bien. Que escojan unos diez cuentos y los analicen muy bien cómo principian, cómo se desarrollan y luego cómo finalizan, porque hay algunos que ni final tienen, los sin final. Aprenden muy rápido. Y supongo que alguno querrá dar más adelante taller de cuento.
Entonces, hay que ser muy observador y detenerse en los detalles.
Así es y leer mucho.
¿Qué estás leyendo ahora?
Estoy releyendo el libro que me publicó Cátedra, un libro mío, que se llama Maravillas malabares. Me gusta mucho este dibujo que le pusieron, esta pintura porque habían puesto un rostro de mujer que no me gustaba; la querían poner de latina, de mujer latinoamericana, pero les dije que no escribía para Latinoamérica, sino para el mundo.

¿De quién es la pintura?
La ilustración de la cubierta es de Tom Cuaselman. Debe ser gabacho. Es de un libro de 1981.
¿Y por qué es importante el libro?
Es la editorial más famosa de literatura en español del mundo. Seremos tres o cuatro mexicanos los publicados ahí. El último que supe que entró fue Elizondo. Pero él no vio su libro editado. Murió antes de ver el libro. Y yo por fortuna lo tengo, estoy vivo y lo veo.
¿Qué estás escribiendo?
Ahorita estoy leyendo. Repasando algunos libros. No tengo muchas ganas de escribir. Tienes tus temporadas, ¿no? Quiero decir que a veces sí estoy dos años seguidos escribiendo y de pronto te cansas o se te atora la imaginación y ya no surge más material. Estoy en esa etapa de descanso porque en los últimos ocho años escribí cuatro o cinco libros que ya empiezan a circular por ahí. Nada más veo tele.
¿Qué programa te gusta?
Tengo cable. Me entran programas del extranjero que están doblados al español y son programas de asesinatos, de engaños, de desaparecidos y toda esa conflictiva criminalística. Están muy bien hechos y no son muy largos. Esos programas me encantan. Y eso me va alimentando también para de pronto escribir algo de ese tipo.
Entonces, algunas de las cosas que se supone que son reales te sirven para llevarlo al papel.
Sí. Casi todos son casos reales los que pasan en esos programas.
¿Y tu literatura también se alimenta de tu vida?
Sí, un poco, aunque no hay que olvidar que la imaginación tiene su manera de actuar, de estar presente. De repente tienes quizá un temita y éste se despliega, se vuelve un tema más fuerte ya en la escritura. Así que no necesariamente necesitas estar muy leído. A veces no.
¿Qué retos crees que deben enfrentar los jóvenes que se quieran dedicar a la escritura?
Es inevitable estudiar gramática para tener todos los recursos que se puedan. Tener una bibliografía que uno mismo va cubriendo y que le va ayudando a mejorar su escritura. Recuerdo los momentos en que leía a Gogol, a los rusos. Aprendí muchos de ellos. Pero igual es necesario leer a los clásicos. Estudiar una buena gramática, eso sirve mucho. Si puede uno llevar un diario mejor, porque a veces, sin querer, en el diario aparece un cuento o un poema. Y ver las otras artes, como el cine, el buen cine, los buenos programas de televisión, a mí el teatro nunca me ha gustado.
¿Por qué no te gusta el teatro?
No sé. Se me hace que no se hace buen teatro aquí.
Últimamente, en algunas revistas, se ha escrito que el teatro está en decadencia y que parece ya elitista, que ya no dialoga con los problemas sociales de la gente, que era una de las expectativas del teatro.
Eso no sabía, pero a mí me empezó a parecer que estaba de caída desde hace años, así que prefiero ir al Teatro Blanquita a ver los shows porque hay cómicos muy buenos. Te ayudan mucho a escribir. Porque en mi caso me gusta meter un poco de humor y que el lector al mismo tiempo que está leyendo una historia fuerte también encuentre algo de humor, eso lo ayuda a leer más rápido y mejor el cuento. Así que el humor es clave. Novelas breves también. Ahorita tengo inédita una novela enorme. Esa me llevó unos buenos años y no sé cuándo la voy a publicar.
¿De qué trata?
El asunto es que hay muchos personajes. Es una novela grande. Quise que no fuera tan obvio lo que iba sucediendo. Que el mismo lector fuera agregándole a la novela. Se llamaba Vosotros los mismos, pero ya tiene otro nombre. Era Vosotros los mismosporque era gente que no cambiaba. Llegaron a ser algo y eso son para toda su vida. Incluso hay alguno que se suicida al darse cuenta de que ya pasó mucho tiempo y sigue siendo el mismo. Aunque en realidad no debía. Yo, como el autor, me sentí mal de suicidar a un personaje. Porque me caía bien. Pero ni modo. Es muy abstracta la novela y sólo al final hay un personaje joven, muy joven, que al final, en un capítulo largo, revisa la historia que se acaba de narrar y vemos el punto de vista de un adolescente. Y eso es lo último que escribí, se llama Vosotros los mismos.

Qué interesante que sea un adolescente el que recapitule de alguna manera toda la novela o todo lo que han pasado los personajes. Como un renacimiento.
Porque él de repente estaba en los cafés donde se juntaban y no hablaba mucho, pero estaba con el oído bien puesto y así se entera de la vida de todos. Y mejor que termine la novela un personaje que parecía de poca importancia y que hace el capítulo fuerte, porque así ya ninguno de los personajes importantes hace ningún final, sino el que menos esperaba el lector. Él va repasando la vida de varios, incluidos su mamá y su papá.
Muchas gracias por abrirnos la puerta de tu casa y por la entrevista, Guillóm. Sólo te quiero hacer una última pregunta, o más bien petición para cerrar la entrevista. Regálanos, para los lectores de Nocturnario, un ejercicio literario, un ejercicio para que hagan un cuento.
Lo que pueden hacer es: de algún libro que les haya gustado, una novela breve, por ejemplo, vayan sacando palabras sueltas y hagan dos columnas con esas palabras. Las frases se van armando al juntar una palabra de la columna de la izquierda con otra palabra de la columna de la derecha. No importa en qué posición estén las palabras. Entonces gestan una frase y esa puede a su vez generar otras frases, unas tres o cuatro. Luego vuelven otra vez al palabrerío y juntan otra vez palabras para hacer otras frases. Y así van armando un relato si quieren y no es necesario que tengan que usar todas las palabras, sino las que necesite el texto que van escribiendo.