Alberto Aguirre. El arte de disentir. –Columnas–

Entre Alberto Aguirre y mi abuelo

6 de marzo de 2015. Por: María Clara Calle Aguirre.
En El Eafitense.

Ese columnista al que muchos llamaban por su apellido y calificaban de huraño era el mismo hombre cariñoso y sensible que criticaba porque le dolía ver la realidad del país. Esta es una reseña de su nieta María Clara Calle Aguirre, quien le rinde un homenaje al ensayista desconocido por las generaciones actuales.

“Muchos callan hoy por miedo: quizá mañana les toque llorar sus propios muertos”. Así hablaba Alberto Aguirre en 1986, cuando no existía la eufemística denominación de ‘falsos positivos’. Todavía faltaban 14 años para que las masacres paramilitares llegaran a su máxima expresión y ni siquiera se pensaba en la parapolítica.

Desde ese entonces, Aguirre pronosticó el daño que ocasionaría el que algunos miembros de las propias autoridades perpetraran crímenes de Estado ante “la mudez del presidente y de la casta política que deja crecer el pánico”.
Nunca dudó en llamar las cosas por su nombre, así en el centro de su crítica estuvieran el presidente de la época, algún ministro, cualquiera que consideraran ilustre y hasta el lugar donde vivía. Lo que más le interesó a Aguirre, como abogado, columnista, fotógrafo y librero, fue combatir las injusticias con el peso de su crítica y de su conocimiento de la ley.

Eso le valió la admiración de muchos de sus contemporáneos y de generaciones posteriores. Gonzalo Arango lo consideraba un “oasis” de una generación de escritores, Héctor Rincón lo describió como el ‘Doctor No’, Carlos Gaviria afirma que él contribuyó a reforzar su vocación por los más débiles y fue siempre el primer lector de los libros de Héctor Abad Faciolince, su mejor amigo.

Ese, al que casi todos llamaban ‘Aguirre’, es mi abuelo. Mientras en sus columnas se lucía por la crítica certera, ácida y argumentada, en sus círculos cercanos era un hombre gracioso y cariñoso. Todo siendo una misma persona, guardando una coherencia poco habitual entre sus pensamientos y sus actos.
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Nunca dudó en llamar las cosas por su nombre, así en el centro de su crítica estuvieran el presidente de la época, algún ministro, cualquiera que consideraran ilustre y hasta el lugar donde vivía.

Siempre criticó esa cultura paisa de cerrar los ojos, mirarse el ombligo y creerse lo mejor. La respuesta era invitarlo a que se fuera a vivir a otra ciudad. Nada más alejado de la realidad de mi abuelo.

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De Medellín decía en sus artículos que es una ciudad de traficantes y mercachifles que nunca ha tenido dignidad “solo que ahora, con ayuda de la coca, ha ido amasando fortunas aún mayores y demoliendo conciencia”.

“Es propio del oficio de cacharreros ocultar sus lacras. El engaño. Medellín es diestra en ocultar las suyas. Más de la mitad de sus dos millones y medio de habitantes viven en la pobreza, y un cuarto, en la miseria […] Apenas dan, asordinado, el dato estadístico, que ni se proclama ni se lamenta”.

Siempre criticó esa cultura paisa de cerrar los ojos, mirarse el ombligo y creerse lo mejor. La respuesta era invitarlo a que se fuera a vivir a otra ciudad. Nada más alejado de la realidad de mi abuelo.

Si hablaba duramente era porque le dolía lo que pasaba y le dolía, precisamente, por todo el cariño que sentía.

La gente, ese cúmulo indefinido de personas, lo calificaba como huraño, cascarrabias y hostil, por lo que decía. Hasta que un día las agresiones trascendieron los adjetivos. En el Parque del Periodista, en el centro de Medellín, un hombre se paró al frente de mi abuelo, le dio la bendición y le dijo que él era el próximo.

Antes de su nombre, en la misma lista estaban Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur Taborda y Luis Felipe Vélez. Todos fueron asesinados en los últimos días de agosto de 1987. Una semana después, mi abuelo decidió exiliarse en España.

Ese rompimiento repentino y forzoso con todo lo que él quería terminó fracturándolo. Internet no estaba del todo desarrollado y enterarse de lo que ocurría en Colombia era una travesía completa.

En las cartas que intercambiaba con la familia pedía que le relataran qué estaba ocurriendo en el país. Él, acostumbrado desde los 15 años a leer diariamente la prensa y decidido a develar las injusticias sin ningún tapujo, tenía que conformarse con saber a lo lejos cómo su patria se quebraba con los asesinatos de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Carlos Mauro Hoyos, los jueces cerca de Barrancabermeja y todos los atentados de los carteles narcotraficantes.
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“Se sabe que no es posible descubrir y señalar y castigar a esos asesinos de la justicia pero aún más grave es la aceptación tácita de esa imposibilidad. Y es cuando la aceptación resignada del crimen y de la impunidad de los asesinos se convierte en una especie de complicidad. De este modo, todos nos vamos haciendo asesinos de la justicia”: Alberto Aguirre.​

​Con el paso de los años, mientras seguía intacto el estilo de sus columnas en las revistas Cromos y Soho, mi abuelo rompió uno a uno los lazos que tenía. Los únicos puentes que mantuvo en pie fueron los de Aura López, Héctor Abad y su núcleo familiar más cercano.

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A mi abuela Gloria López le escribió alguna vez que era un tiempo decisivo en el que se había llegado a un cruce de caminos. Dependiendo de las acciones de cada ciudadano de ese momento, las futuras generaciones tendrían una “patria amable y sosegada” o un “país cegado y turbulento, cruzado siempre por el signo de la sangre”. Hoy se sabe cuál fue el resultado.

Desesperado por lo que avizoraba, seguía escribiendo desde el exilio, pero ya no públicamente, sino solo a la familia, pues sobre su cabeza todavía pesaba la bendición que le habían dado en Medellín.

“Se sabe que no es posible descubrir y señalar y castigar a esos asesinos de la justicia pero aún más grave es la aceptación tácita de esa imposibilidad. Y es cuando la aceptación resignada del crimen y de la impunidad de los asesinos se convierte en una especie de complicidad. De este modo, todos nos vamos haciendo asesinos de la justicia. Que es como decir que, entre todos, por acción criminal o por pasividad cobarde, nos vamos haciendo los destructores del país, sus sepultureros. Yo sé que va a pasar. Y veo muy negro el futuro. Es lo pernicioso: día a día se va extinguiendo la esperanza. Y lo grave, en mi caso personal, es que cada acción de esas, en su violencia, en su ceguera, repercute en el alma y repercute en la estructura del futuro. Yo vivo como el piloto que atisba una ceja de luz para meterse y aterrizar. Y todas esas noticias no hacen sino espesar los nubarrones”.

Sin que el cielo estuviera despejado para su regreso, mi abuelo no soportó más la lejanía del país y de las personas que quería. En julio de 1990 pisó otra vez su suelo, con el dolor de no haber estado en el nacimiento de su segundo nieto, hacía casi un año, y con la alegría agridulce de poder estar en el mío, su tercera y última nieta, única niña.

Durante los próximos siete u ocho años, los primeros de mi vida, mi mamá me pidió que no le dijera a nadie quién era mi abuelo. Aún existía un temor de que lo volvieran a amenazar.

El peligro inminente terminó, pero la quebrazón de mi abuelo jamás sanó. En 1992 volvió a escribir públicamente, esta vez ya no en el periódico El Mundo como lo había hecho hasta su exilio, sino en El Colombiano, por invitación de Héctor Abad Faciolince.aguirre3.jpg

Contrario a lo que muchos creyeron y algunos esperaban, mi abuelo no dio su brazo a torcer y siguió lanzando dardos desde sus columnas. Criticó la “atrofia moral” de los colombianos que permitían que dineros sucios entraran a la política, se burló de las medidas “irrisorias” del Gobierno ante cada masacre cometida, defendió la lucha de los indígenas por sus tierras y de los trabajadores por sus derechos, y se fue lanza en ristre contra el Estado por acribillarlos.

La seña del exilio estaba por dentro. “Es difícil recomponer la identidad”, “de pronto empieza a aflorar una dureza íntima” y “para vivir a la enemiga, como manda el filósofo, es conveniente vivir en un medio hostil”. Esos fueron algunos de los aforismos que escribió en España antes de regresar y que marcarían su personalidad en los próximos años.

Ese hombre, que antaño viajaba a los pueblos antioqueños y a otros países para retratarlos con su cámara fotográfica, se encerró cada vez más en su apartamento, en su cuarto. Se alejó poco a poco de los que alguna vez fueron sus amigos.

Con el paso de los años, mientras seguía intacto el estilo de sus columnas en las revistas Cromos y Soho, mi abuelo rompió uno a uno los lazos que tenía. Los únicos puentes que mantuvo en pie fueron los de Aura López, Héctor Abad y su núcleo familiar más cercano, entre él, sus dos hijas y yo, la niña de su hija muerta, que él había enterrado.

“La soledad no es estar solo, sino no necesitar a nadie”. Otra vez mi abuelo y sus visiones del futuro. La frase escrita en el exilio fue su camino hasta la muerte.​

​El arte de disentir​

Aguirre vuelve a hablar, a controvertir, a discutir, a disentir. Y lo hace desde una compilación de sus columnas periodísticas, escritas entre 1984 y 2009, que publican el Fondo Editorial Universidad EAFIT y Sílaba Editores, y que llevan por nombre Alberto Aguirre. El arte de disentir.
En el libro se registran testimonios de personas cercanas a su trabajo y a su vida: su nieta María Clara Calle Aguirre, Darío Ruiz Gómez, Héctor Abad Faciolince, Daniel Samper Pizano y Carlos Gaviria Díaz. Allí hay un perfil del autor con apreciaciones, recuerdos y anécdotas. La compilación es de Mauricio Hoyos.
“Hay unos textos iniciales, antes de la presentación de las columnas, en los que las personas que fueron cercanas a Alberto hablan de él y de lo que significó para un pensamiento crítico en el país”, explicó Nathalia Franco Pérez, jefa del Fondo Editorial Universidad EAFIT.
El libro se presentó durante la Fiesta del Libro y la Cultura que, en septiembre de 2014, se desarrolló en el Jardín Botánico de Medellín. La cita, que contó con el aforo completo del auditorio Humboldt, el viernes 19 de septiembre, sirvió para que Héctor Abad y Carlos Gaviria Díaz recordaran a quien fuera su amigo.
Así, en principio, Héctor Abad aseguró que en el libro está más reflejado el Aguirre crítico que el librepensador y habló de su relación de amistad con el autor. “Aguirre me hace una falta impresionante. Era un filtro de mis libros”, recordó.
Por su parte, Carlos Gaviria planteó que Alberto Aguirre fue, ante todo, un excelente columnista, al que no le gustaba la desmesura en hipérboles y provincialismo.