CUENTO: La última calle

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La última calle

Ana Ramírez

–Llevo cuarenta y cinco minutos buscando la última calle y
otros cuarenta y cinco esperándola, y usted tan tranquila, que ya
viene, que se le varó la moto, que siga caminando hasta la última
calle. También la vieja del segundo piso del frente lleva cuarenta y
cinco minutos mirándome. ¿Y cómo sé cuál es la casa que arriendan,
si no hay avisos?
Lorenzo entretiene la rabia con piedras que arranca de los muros
de los antejardines; las lanza a las ranuras que dividen las placas del
pavimento, las pesca y las arroja de nuevo.
–Calle sesenta y cinco con carrera… estas malditas casas no están
señalizadas. Que la casa que arriendan tiene una sola habitación;
cocina, salón y comedor integrados… garaje ni pensarlo, sería una
estupidez. Había dicho la mujer de la agencia.
Lorenzo camina presuroso. Busca la esquina. Debe haber al menos
una tienda, un alma que le explique la nomenclatura. Estas casas
son todas iguales, asfixiantes y sombrías, piensa. En cada ventana un
viejo o una vieja, sentados, secos, mirando esta estúpida calle; otro
viejo, y otro más… y por fin, una ventana vacía.
–Ya me parecía algo fantástico: todas las ventanas ocupadas. Parece
que la esquina está cada vez más lejos; puede ser porque me
entretuve con las piedras y los viejos. Necesito una cerveza, un café,
un trago de agua…
La calle en silencio sobrenatural y el hombre tratando de oír en
vano sus propios pasos bajo las miradas ausentes y ociosas de esos
espectadores prehistóricos que están y no están.
–Señora, aló, aló… ¡Señores! ¿Alguien puede ayudarme? ¿Dónde
termina esta maldita calle? Parece que fuera y viniera al mismo tiempo.
¿Y es que no tienen ustedes puertas en sus casas?
10
Camina un rato y luego se sienta en uno de los muros. A la hierba
seca parece que ni la miran desde hace años. Salvo las caras apagadas
de los viejos, nada diferencia una casa de la otra: sentados en
sillas de respaldo metálico, encuadrados en ventanas cubiertas de
lama, con pesadas cortinas deshilachadas.
Lorenzo mete la cabeza por entre los barrotes fríos del cerco de
hierro de la casa con la ventana del segundo piso desocupado, y solo
una pared blanca y lisa aparece donde debería haber una puerta,
un agujero, cualquier cosa que acerque a un mundo del otro, el de
afuera y el de adentro.
Saca el tiquete del parqueadero, el recibo de la tarjeta de crédito,
la nota de autorización para ver la casa, el número de teléfono del
médico donde irá mañana. ¿Qué fecha es esa? Tiene la boca seca, las
neuronas pasmadas; no quiere pensar. Si el temblor de las manos se
lo permite, va a armar una figura de algo que vuele. Debe hacer que
vuele…
Y corre, casi volando, él también, detrás de la paloma, y se deja
caer en el pavimento, helados ambos.
Comienza a llover.
Lorenzo respira con dificultad. Sabe que el frío se mete dentro
de su piel, pero no lo siente. El granizo lo golpea fuerte. El golpe no
duele. Sus piernas y brazos abiertos, su cara contra la humedad.
Extraña un olor; cualquier olor.
Aguza el oído: ni una hoja, ni un insecto, ni la voz del agua.
Se arrastra, desdobla sus huesos sin sentirlos, se sacude el hielo y
la mirada. La luz de la casa desocupada enciende su mente.
Camina con movimientos de vaivén, siguiendo la luz. Entra. Sube.
Se acomoda en la silla. Ya solo tiene que mirar la última calle, mirarla
desde la ventana, mirarla con devoción.
Y en un instante, su cuerpo seco cede a la quietud.
Una nube de moho gira alrededor de su cabeza.

Lorenzo descansa los pies en el soporte metálico de la silla. La
vista doblegada hacia el frente. Puede ver lo que ocurre en la calle
desierta; puede ver las huellas de las tejedoras que se balancean desde
su hombro hasta el dintel de la ventana. Se refugia tras el vidrio.
El óxido del marco le recuerda el dulce sabor que dejaba el café en
su paladar.
Inclina la cabeza para ver esa calle sesenta y cinco, y en un claro
del gris, ve a un hombre que da vueltas sin sentido, que patea piedras
y bolas de granizo, que grita enloquecido. Que lanza figuras de
papel al vacío.
Abre la mano con la palma hacia arriba y la paloma cae, balaceándose
en silencio. Vencida.