CUENTO: Cerrojos

. Por: Clara Llano.
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Un ruido levanta mi cabeza de la almohada. Apenas tomo conciencia. Es la chapa de la puerta. Dios mío, un ladrón. La puerta se abre, despacio. La madera cruje. Entra y se voltea para cerrar con suavidad. ¡No es un desconocido! Sostiene el mango hasta que el pestillo entra en el hueco metálico. ¿Necesita hablar conmigo? Algo le pasó. Voltea hacia mí. Se pone el dedo índice en los labios. Camina sin hacer ruido. Se sienta al borde de mi cama. ¿Por qué no se sienta en la de mi hermana, que está vacía desde que se fue a estudiar? Veo su nariz recta, imponente. Incorporo el cuerpo, me recuesto contra el espaldar. El viento levanta la cortina y un chorro de luz se cuela por debajo; suspendida por el aire, se hincha para que los faroles de la calle entren hasta mi cama. Se iluminan sus dientes blancos, grandes, la sonrisa que le da un toque de picardía y contrasta con sus ojos hundidos. Tranquila, me dice con cariño. Su palabra logra el efecto contrario. Es que estás muy bonita. A cualquier chica le gusta oír eso, pero yo prefiero oírlo de día, y en otra posición. Veo un punto de luz en sus ojos. Su mirada es ávida. Estas hecha una mamacita. Se acerca. Siento su respiración. Tiene tantas amigas que se mueren por él; altas, flacas, sexys, vestidas con camisetas ajustadas y zapatos pompón. Una vez entré al sótano, el lugar más oscuro de la casa. Sentí golpear algo duro contra mi mejilla, cerca de la comisura de los labios. Aprieto la boca. Cierro los ojos. Por fin encontré el interruptor. Prendí la luz y me impresionó ver esas cucarachas gigantes y capaces de volar. Pienso en la alcoba de mis papás, en el piso de abajo. Mamá en su cama, con ese sueño tan liviano que a veces la obliga a tomar 55 medicamentos. Limpio mi oído por dentro. Ella es el ojo avizor de la casa, el oído nocturno. Sale a la ventana cuando los vecinos hacen ruido. ¿Habrá tomado ya su pastilla para dormir? Eras una niña cuando me fui. ¿Cuando me empujó a la piscina del hotel para que aprendiera a nadar? Froto mis labios con el dorso de la mano. Me perseguía para hundir sus manos en mis costillas, como un tigre; yo saltaba para jalarle el pelo. Compartíamos la jugarreta con los perros. Después se iba para la calle, a encontrarse con sus amigas. Siento mojado un lado del cuello, cercano a la nuca. Encojo el hombro. ¿Te llegaron mis tarjetas? En la portada, una rosa goteaba sangre; las letras del interior mojadas y una flecha con una anotación: Una lagrimita por vos. La única comunicación que tuvimos en cuatro años. Cruzo los brazos sobre mi pecho: que no quede una abertura por el cuello. ¡Unos añitos por fuera y te encuentro así! La más linda de todas… Le hago señas para que hable pasito. Oigo a lo lejos el llanto de un bebé. No: es un maullido. Se acerca, se vuelve un sonido más agudo, ahora va por el tejado detrás de mi ventana, dicen que maúlla de esa manera cuando está en celo. No entiendo lo que significa: algo así como la hembra, o el macho, en busca de pareja. No sé… pero es un sonido desesperado. ¿Y el noviecito? ¿Si te hace cosas ricas? Pienso en sus visitas. En el sofá escuchamos música, conversamos, nos reímos, nos damos besos. Mamá se recuesta a ver televisión, se asoma, lee un libro, baja a la cocina, abre la nevera. A las once grita mi nombre tres veces para terminar la visita. Sólo se acuesta cuando Armando se va. A veces espera en la cocina para darme sermones, consejos; reza por mí. Mi hombro se junta con el cuello mojado. La piel se eriza. La limpio con la tela de la piyama. Una bata muy larga y muy bonita que me compró mamá. No importa si se enreda mientras duermo, si se sube hasta la cintura, pero ahora me fastidian sus botones desabrochados. 56 Oigo el latido de los perros. Seguro alguien pasó por la calle, frente a la puerta de la casa. Mira qué rico. Los perros dejan de ladrar y escucho su respiración. ¡Ojalá se metiera un ladrón! Es que vos sos una muñeca. Respira cada vez más fuerte. Suena un ruido de tuberías. ¿Dónde? ¿El baño de la habitación de Camila? ¿Una llave abierta? Recorro ese cuarto. Una salita, dos camas sencillas y tendidas con edredones, un armario, un baño que solo se usa cuando viene de vacaciones. Oigo bajar una cisterna. ¿Por qué no se va para su cuarto? Tiene muchas revistas Playboy. Una vez entré a su habitación a escondidas y me llevé tres para el colegio. Nos reímos mucho. Auxilio, el ruido es abajo, en el baño de mis papás. Trato de levantarme. Es difícil. Él se para de un salto y hunde el botón que cierra la puerta con llave. Vuelve muy pronto. Demasiado pronto. Estoy boca arriba. Formo un triángulo con las rodillas recogidas. Por favor por favor. Tengo que estirarlas. Así, así es. Junto los muslos cuanto puedo. Le arranco la cabeza de mi cuello. Está como desesperado. Me volteo de lado. Con el brazo, cubro el lado de mi cuerpo que no está sobre la cama. No, vení. Otra vez estoy bocarriba. Sí, mirá que vos sos mi favorita. Las extremidades no me alcanzan. Quiero ser pulpo. Mis rodillas se doblan hacia mis costillas; los pies contra las nalgas; las manos en forma de puños encima de los senos. Dejá. Mis brazos abrazan los muslos y las rodillas. Quiero ser tortuga. Mi cabeza metida entre los hombros. El cuello protegido. Quiero ser ostra, pantalla negra; un ovillo, un nudo ciego.