Cuando la guerra fría llegó a Bogotá

18 de Septiembre de 2017. Por: Juan José Hoyos.
En El Colombiano.

No es una novela de espionaje. Aunque narra un episodio hasta hoy desconocido de una operación de la CIA que empezó en Bogotá y terminó en las calles de Moscú, a unos pasos de la Plaza Roja, es una historia de amor que acabó convertida en tragedia.

Es la “Historia secreta de un espía ruso en Bogotá”, el último libro del periodista Alberto Donadio, publicado por Sílaba Editores. Un libro apasionante que se lee como si uno estuviera viendo una película.

Los protagonistas son Aleksandr Ogorodnik –Sacha― y Pilar Suárez. Él era un diplomático ruso que llegó a Colombia en 1971. Tenía 31 años y hablaba bien el español. Ella era una joven nacida en Madrid que había llegado 10 años antes, en busca de trabajo. Era alta y guapa. Tenía 33 años. Trabajaba en relaciones públicas y era propietaria de una guardería.

Sacha y Pilar se conocieron en 1971 durante un desfile de trajes típicos de Colombia y otros países organizado por el Instituto Colombiano de Cultura en el Teatro Colón.

Su historia de amor empezó como una novela. “Ella se chifló por él”, dice una amiga. “Era el hombre de su vida”. En un comienzo, él la visitaba en la casa donde Pilar vivía con su madre, en Bogotá. A veces pasaban el fin de semana en el parador del lago del Neusa, que administraban sus padres. Cuando se encontraban en lugares públicos, tenían que ser muy precavidos, pues los funcionarios rusos tenían prohibido entablar relaciones personales con ciudadanos extranjeros. A veces se veían en restaurantes donde se sentaban de espaldas, en mesas distintas, y hablaban sin que nadie notara que conversaban entre ellos.

La situación de Pilar era dolorosa: Sacha estaba casado y su esposa estaba a punto de llegar a Bogotá; ella estaba soltera y empezaba a preparar su regreso definitivo a España, junto con sus padres.

El amor la obligó a cambiar sus planes: vendió la guardería, dejó su empleo, pero siguió viviendo en Colombia. A fines de 1972 regresó a España. Sin embargo, volvió a Bogotá, a visitarlo, al menos cuatro veces. Para entonces, la oficina de la CIA en Bogotá -que mantenía interceptados los teléfonos de la embajada rusa- ya estaba enterada de que un agente de la KGB “mantenía una relación íntima con una atractiva mujer” y le gustaban las fiestas y el dinero. La CIA sabía que este affaire lo convertía en un excelente candidato para un intento de reclutamiento.

En 1973, un agente concertó una cita con Pilar. Como hablaba muy bien el español, ella pensó que era un funcionario colombiano que la iba a acusar de alguna irregularidad tributaria. Luego se dio cuenta de que en realidad la CIA quería reclutar a Sacha. Le ofrecían un sueldo de 120 mil dólares al año.

Sacha aceptó. En 1974, ya había sido entrenado en el uso de minicámaras, buzones muertos, criptografía y otras técnicas usadas por los espías estadounidenses. Durante un año, llevó documentos de la embajada rusa a una casa alquilada por la CIA en Bogotá, donde eran fotografiados. Luego, el gobierno ruso lo trasladó a Moscú. Allí continuó trabajando tres años más como agente doble. Según James Olson, jefe de contrainteligencia de la CIA, “la calidad de la inteligencia que nos pasaba era alucinante”: Sacha generaba informes que llegaban directamente al escritorio del presidente de Estados Unidos y al escritorio del secretario de Estado Henry Kissinger.

Sacha murió en la prisión de Lubyanka en 1977 después de ser descubierto por la KGB. Sacha y Pilar tuvieron una hija llamada Alejandra. En 2016, ella no sabía aún quién era su padre. Alberto Donadio le ayudó a descubrir su historia. El encuentro de los dos hizo posible el milagro de este libro.