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Sobre “Toda la soledad que era mía”

Por: Carlos Ciro.

“En el desierto hay infinitos caminos. La sed es uno de ellos”
Carlos Ciro

Recuerdo, con facilidad, la primera frase de Carlos Andrés Jaramillo que me fue dado leer: «Hemos abierto nuestra soledad». Se trataba del primer verso de uno de los poemas de su libro ‘Extinciones’ (Sílaba, 2014). Bastó
para buscar el diálogo, para desplegar un camino.

Al conocerlo se percibe de inmediato. Carlos es, medularmente, un escritor. Las palabras salen de su boca limpias y precisas, tocan el aire como a un papel donde cala aún el asombro; pero es en su escritura donde más cómodas se suceden, donde se saben llamadas a representar también el papel de las palabras indecibles, de las palabras que en sí mismas callan. Los cuentos de Carlos Andrés Jaramillo, acompañan, tienden al lector su mano, abren su soledad. Comencé la lectura definitiva de este conjunto de narraciones un día templado en el que un poco de lluvia mantenía un aroma de suspensión, poco a poco, en el desplegado sosiego de la tarde, personajes y situaciones aparecían ante mis ojos como reflexiones corporeizadas sobre la vida, el arte, la historia, dejaban ver, de lado a lado, la amistad y el dolor, la belleza y la soledad infinita de los objetos y seres; los gestos y el tiempo.

’Toda la soledad que era mía’ es un libro de otro orden, su disposición es, a un tiempo, metafísica y científica, y su escritura, poética y narrativa. En estas confluencias brotan presencias sencillas que delatan la complejidad
de todo, el calado insospechado de toda superficie. He pensado, con los personajes de los cuentos de Carlos Andrés Jaramillo, en aquello que Michaux –escribe– querría pintar al hacer un retrato, «un fantasma interior…
un ser fluido que no corresponde a los huesos ni la piel… sino más bien aquello que los amigos, enemigos, parientes y conocidos ven de inmediato»; sin exageraciones ni contención y sin apelar a formulas manidas ni vulgares estereotipos. Como acuarelas que, desde la punta del pincel, sobre el papel húmedo persiguen la capilaridad de su emoción dormida, son palabras sencillas las que en estos cuentos acunan cariñosas la infelicidad y la miseria, la bondad y la compasión ante el dolor incompartible, ante el grito que nunca puede alcanzar un oído.

Un personaje, más entrañable para mí por un halagador gesto fraternal del autor en una de sus páginas, dice «Quiero despedirme del agua». Como lector, no tengo más remedio que ir en contra y saludar en este libro la
posibilidad de un agua nueva qué beber en la narrativa colombiana, un agua tranquila y limpia que, como la buena literatura no apaga la sed sino que la prolonga, que hace de ella camino y esperanza. Porque «hemos
abierto nuestra soledad» aún a sabiendas de que nada puede entrar en ella, pero también de que lo bello (lo humano, el amor, la verdad, la amistad) puede agrietarla.

Medellín, enero de 2018